«The history of sound» (La historia del sonido): Lo que permanece

Paul Mescal y Josh O’Connor son dos de los actores que más se destacan en la industria actualmente, ambos capaces de balancear su trabajo entre el cine independiente y las grandes producciones. Tras protagonizar la serie Normal People y luego la ópera prima de Charlotte Wells, Aftersun, Mescal se puso la armadura para la secuela de Gladiador y actualmente está en cartelera con Hamnet, una de las películas que más nominaciones acumuló para los próximos premios Oscars. Con menos reflectores sobre sí pero una carrera quizás aún más interesante, O’Connor viene forjando una filmografía versátil con directores como Alice Rohrwacher (La quimera), Luca Guadagnino (Challengers), Kelly Reichardt (Mente maestra) y Rian Johnson (en uno de los éxitos más recientes de Netflix: la tercera entrega de la saga Knives Out: Wake Up Dead Man). El director Oliver Hermanus (Living) y su guionista Ben Shattuck (quien adapta su propia novela) cuentan con estos dos protagonistas para dar vida a una historia de amor y música de manera poética, elegante y sutil.

A principios del s. XX, Lionel es un joven que abandona la granja de su padre para asistir al Conservatorio de Boston a estudiar Música. Una noche en un bar, escucha una melodía que le resulta familiar y se encuentra a otro joven, David, tocando el piano. Esa misma noche, a través de largas conversaciones y la música como nexo empieza a florecer una relación que tendrá muchas intermitencias pero será indeleble para los dos.

La película está narrada mayormente de manera cronológica a través de varios tiempos con elipsis importantes en el medio. Desde aquella vez que se conocen y se separan cuando David es llamado al frente de la Segunda Guerra Mundial, el próximo reencuentro será tres años después, donde Lionel vuelve a dejar su casa y su familia para acompañarlo en un viaje a las Islas de Maine en la tarea de recopilar canciones populares para preservarlas para las generaciones futuras.

Siempre seguimos a Lionel, y es David quien va entrando y desapareciendo de su vida a lo largo de varios años, entre ese estar y no estar que descoloca. En el medio, él intenta continuar su vida, un poco del modo en que él desea y otro poco del modo en el que está marcado por defecto, por mandato, por costumbre.

Si bien se trata de un melodrama de época, donde los prejuicios y conservadurismos priman, el ojo del director está en otra parte. El contexto influye porque siempre va a existir, pero su corazón radica en los sentimientos y las sensaciones. Con diálogos precisos, que no sobran porque se le da prioridad a la imagen y a los climas, los miedos y las contradicciones propias de saber que lo que les sucede no va con la corriente son reflejados más que nada por gestos, miradas o acciones a simple vista pequeñas.

El sonido, la música, es el otro protagonista. Las historias, en este caso no relatadas sino cantadas, que van pasando de generación en generación y si no se las preserva corren el peligro de extinguirse. Es en este aspecto donde aparece la parte más histórica de la película, con tintes antropológicos. Más allá del título de la película, no es la primordial pero está muy bien combinada con la trama principal, la intimista, le aporta otras capas de sentido.

Mescal y O’Connor entregan dos interpretaciones muy bellas, tanto por separado pero sobre todo cuando se juntan. Las escenas entre ambos transmiten mucha intimidad y ternura. Es sobre todo una película de emociones contenidas, al menos la mayor parte del tiempo, por eso aquellas escenas en que ambos están juntos, solos, encerrados, son las que mayor calidez transmiten.

Hay un tono melancólico sobre toda la película, que se acentúa con la gama de colores grises y marrones que prevalecen. De tiempos pausados y algo distante en su modo de narrar algunas largas escenas. A tono con aquello que está pero le cuesta salir a la superficie. Sensible sin ser sensiblera.

Hacia el final, la participación especial del actor Chris Cooper viene a reforzar un poco lo emocional; todo converge en esa escena donde un sonido, una voz, es capaz de trasladarnos a otro tiempo, con otra persona, un recuerdo que nunca nos abandonó pero hoy cobra mayor fuerza y nos ayuda a comprender que la pérdida es parte natural de la vida pero eso no significa que todo lo que se haya vivido se pierda también. Nos queda la memoria, las sensaciones, los sentimientos, lo impermeable.

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