«Sí, cambio»: A la deriva

La última edición del BAFICI dejó en evidencia la consolidación de un núcleo de cine argentino ultraindependiente encabezado por el prolífico Matías Szulanski. En aquella edición, dos actores que han trabajado de manera frecuente con él se animaron a  estrenar sus propias óperas primas. Una fue Tamara Leschner con su comedia de enredos, Te amo, Antoño, y el otro fue Juan Morgenfeld con su “antípelícula de detectives”: Sí, cambio.

En este universo pequeño de rostros que se repiten, es Tamara Leschner quien protagoniza como Santoja, una detective que pasa horas y horas sentadas en su auto esperando a alguien, observando señales, tratando de captar algo que le sirva. En el medio tiene encuentros con amigos, su madre o una vecina del sospechoso al que investiga, pero siempre desde su carácter entre apático y antipático, como si el mundo le resultara apenas tolerable. Hay un jefe que le encarga la labor, hay un par de sospechosos, pero todo eso queda pronto en un segundo plano.

Morgenfeld construye su película como a partir de viñetas donde retrata de manera irónica una especie de porteñismo snob, con jóvenes y no tan jóvenes que caen en todo aquello que cobra un poco de tendencia: el veganismo, los viajes por fuera del turismo tradicional, el tarot, etc. Personajes que trabajan, y a veces solo conectan también de otro modo, en la virtualidad, estando acá y allá al mismo tiempo. En cambio, Santoja parece existir en otra frecuencia: maneja un auto chiquito y viejo, usa handy, un celular viejo, toma notas con papel y birome.

Aunque al comienzo las preguntas inevitables son quién es la persona investigada y cuál es el motivo de esa vigilancia, el misterio pronto pierde relevancia, en gran parte gracias al magnetismo que se desprende de Leschner como esa joven de quien poco sabemos, de dónde viene y a dónde va, qué quiere y por qué hace lo que hace. Su dupla junto a la vecina a la que interpreta María Villar (una actriz que siempre da gusto ver en pantalla y Morgenfeld lo aprovecha), esos encuentros que en una primera instancia son fortuitos, son el corazón de la película. Lo que empieza como una serie de encuentros casuales va dando lugar a un vínculo inesperado. En un universo donde la comunicación parece fragmentada y los personajes a veces hablan más de lo que escuchan, ellas consiguen encontrarse.

La comida es otro protagonista, o quizás otro eje de este singular relato: los personajes pasan un buen tiempo relacionándose entre sí mientras almuerzan, cenan o comparten un postre.

¿Qué significa estar perdido? ¿Qué implica deambular? ¿Puede haber una forma de productividad en la errancia? Preguntas que suenan contemporáneas de estos tiempos marcados por la urgencia y la necesidad constante de avanzar, donde nos repiten que «nada cambia si nada cambia». Si bien está definida como una comedia, el absurdo con el que Morgenfeld retrata la historia y a sus personajes es bastante ligero y parco, más emparentada con Martín Rejtman, prolija pero todavía sin su timing y precisión que lo caracterizan. Hay pizcas de humor que se intuyen sin terminar de funcionar del todo, un aspecto de varios en los que se siente que se queda a mitad de camino.

Cargada de largos tiempos muertos, que en realidad no lo son porque debajo de esa aparente quietud algo siempre se está moviendo, Sí, cambio aprovecha las libertades que una producción independiente, de bajo presupuesto y pocas jornadas de rodaje pueden brindarle, para jugar con las convenciones, explorar, desviarse y de a poco quizás encontrar su propio camino y estilo. Algo ambicioso y arriesgado pero también valioso para estos tiempos de crisis, donde hacer cine resulta cada vez más difícil.

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *