«Nuestra Tierra»: La voz de una comunidad

Uno de los momentos más esperados del cine nacional de este año sin dudas era la nueva película de Lucrecia Martel. Esta vez deja de lado la ficción y presenta un documental sobre el asesinato de Javier Chocobar, un cacique de Tucumán. En un año donde la industria nacional está siendo constantemente golpeada y parece agonizar, hay que celebrar que podamos ir al cine a ver no solo una película de una de las directoras argentinas vivas más importantes y lúcidas que tenemos, sino también que sea un documental (género al que le cuesta mucho conseguir pantalla) el que genere tanto entusiasmo.

Nuestra tierra empieza con Señor, ten piedad de nosotros y una imagen del planeta desde el exterior y sigue con largas imágenes que un dron capta de paisajes verdes naturales. Esas imágenes se colarán en medio del documental a cada rato, para remarcar siempre esa belleza impoluta, eso que tenemos en nuestro país y a veces damos por sentado, descuidamos. La inmensidad.

Con una filmografía breve pero concisa, compuesta por las ficciones La ciénaga (2001), La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008) y Zama (2017), Martel y su equipo se tomaron cerca de 14 años para trabajar en un documental. Junto a la actriz protagonista de su segunda película, María Alché, escribió el guion. Este documental el resultado de muchos años de colaboración estrecha con la Comunidad Chuschagasta y del trabajo de un gran equipo de realización e investigación, agradece la directora.

Martel ha contado que la idea de hacer esta película partió del video que vio subido en Youtube en el que se grabó el crimen. El enfrentamiento entre un empresario minero y dos ex policías que llegaban con armas a tierras que querían apropiarse para un negocio suyo y la gente que vivía y cuidaba de esas tierras, una comunidad que no tiene ni usa armas de fuego. Irónica y simbólicamente, fue un 12 de octubre de 2009 el día en que el cacique perdió la vida. El juicio recién empezó en el 2018.

La directora presencia y registra lo que sucede en ese tribunal, las recreaciones de la escena del crimen, los careos. Escucha los dos bandos, sus defensas, sus cómplices. Y desde allí va abriendo capas, desmenuzando, abarcando mucho más que un crimen. Una vez más el sonido se convierte en algo más que un recurso. Si hay alguien que ha sabido explorarlo y aprovecharlo es Lucrecia Martel. El silencio es un sonido más y también sabe dónde acentuarlo.

Como en todo notable documental, sabe enfocar, poner el ojo, abrir sentidos sin bajar líneas. Así, el crimen y el juicio terminan siendo el puntapié inicial de algo mayor. En uno de sus puntos álgidos de este mosaico, a través de fotografías y recuerdos, desde las voces de quienes quedaron hoy, se presenta todo un abanico de otras historias, todas de estos pueblos originarios que ponen en juicio el concepto de propiedad privada. Personas que están desde antes de que la nación surgiera como tal, a quienes constantemente se les exigen papeles cuando las propiedades coloniales se respetaron pero los terrenos indígenas no, como si no existieran si no lo dice un papel, a quienes la historia generalizó como «indios» con un cuento que se repite y que ni siquiera provino de estas tierras.

Una historia de lucha y resistencia y un ejercicio de lenguaje cinematográfico. La película se abre, se expande incluso terminada, no deja de crecer. Un true crime que apela a interiorizar, que se despoja de la violencia propia del crimen para desplegar una temática profunda y urgente. Es pasado, es presente y es futuro.

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