«The Bride!» (¡La novia!): Más viva que nunca

Hay algo en este cuento sobre la creación, la ciencia como religión y el rechazo a lo diferente que evidentemente interpela en estos tiempos. Frankenstein viene siendo pensada y repensada de manera reciente o, así como hay temporadas en que se ponen de moda los vampiros o los zombies, le llegó el momento al monstruo creado por Mary Shelley. Como un mix entre el feminismo (sin la hipersexualización pero con la dosis necesaria de sexualidad, incluso cuando tiene que ser violenta) de Pobres Criaturas, el romanticismo pop (aquí más punk) de Lisa Frankenstein, y la sensibilidad y humanidad del Frankenstein de Guillermo del Toro, Maggie Gyllenhaal escribió y dirigió una película que es un poco de todo y al mismo tiempo diferente.

Así como en Bride of Frankenstein la actriz Elsa Lancaster interpretaba a la novia pero también en el prólogo daba vida a Mary Shelley durante la noche lluviosa en que, a causa de una apuesta, termina escribiendo la mítica novela, Jesse Buckley es Mary Shelley al principio. Desde el blanco y negro y un plano cerrado en su rostro exclama que muchos hicieron de esa historia sus propias lecturas pero ahora ella quiere reescribirla, no estaba ahí todo lo que tenía para decir. Y entonces nos presenta a la maldita novia, a quien poseerá y que en vida luce misteriosa y desenfadada, exultante y osada, como esas mujeres imposibles de domar en una época donde no había tantas gamas: o eras la niña bien con destino de esposa y madre, o eras una paria, una puta, impúdica y desmerecedora del respeto de la gente.

Una mujer es traída de la muerte a la vida otra vez pero con un fin específico: ser la novia de alguien más. Sin memoria y por lo tanto sin consentimiento al respecto. Incapaz de siquiera poder decir cuál es su nombre. ¿Quién soy?, se pregunta y esa búsqueda será uno de los ejes de la historia.

Verborrágica y desmemoriada. Desmemoriada de su vida pasada, sus amores o decisiones. Pero cargada de influencias cultas, en especial literarias. Preferiría no hacerlo, se anima a decir y repetir citando al personaje de Melville, diciendo NO en una época en que las mujeres no parecían tener esa opción la mayoría de las veces.

Si bien la idea es darle vida y carácter a un personaje históricamente relegado al título en servicio de un hombre y al silencio, durante más de la mitad de la historia su función sigue estando en base al hombre (así fue creada, es cierto) y parece más una manic pixie dream girl: esas mujeres jóvenes y bellas, excéntricas y distintas, una fantasía que mueve al hombre a conectarse con la vida de otro modo.

Maggie Gyllenhaal alza su voz feminista, lo hace sin vueltas, de manera directa, por momentos quizás demasiado subrayada (en una parte incluso repite Me too! y es imposible pensar que no fue deliberado). Y esa rabia se contagia y, con la marca en el rostro como un tatuaje, se expande en una especie de revolución que recuerda a Joker. Este es un punto que lamentablemente no termina de explotarse. De todos modos alrededor está la científica capaz de ponerse en el lugar de Dios y también la detective que es el cerebro detrás de su contraparte masculina y solo por ser mujer no siempre es escuchada o termina relegada al título de secretaria. Situar la historia en la década del 30 le sirve para poner en foco a mujeres que llamaban mucho la atención, no siempre de buena manera. Como el signo de exclamación en el título lo indica, ¡La novia! es como un grito de rabia. Es el de Mary Shelley, el de Ida, el de Penélope, el de todas las mujeres.

Jessie Buckley es una fuerza avasallante. La actriz a nada de ganar el Oscar por su interpretación en Hamnet continúa desarrollando una carrera de interpretaciones sólidas y versátiles. Se trata además de la segunda colaboración con Maggie Gyllenhaal como directora tras su ópera prima, The Lost Daughter. Christian Bale no falla en su rol de monstruo que se debate entre el corazón y un deseo que a veces lo lleva a comportarse del modo incorrecto.

Penélope Cruz y Peter Sarsgaard resultan una dupla simpática y atractiva en su subtrama policial y Jake Gyllenhaal da vida con mucha convicción a una estrella del cine clásico, a esa fantasía que se convierte en un motor y refugio para el solitario Frankenstein, quien hace un siglo que vaga de manera solitaria. Es fácil identificarse en ese aspecto: admiramos a aquellas personas que vemos en pantalla, no las conocemos pero nos hacemos una imagen a nuestra medida en la cabeza. Idealizamos, y en el amor a veces también.

El guion arroja sobre la mesa demasiados personajes y líneas argumentales y hacia el final se enreda en momentos que se parecen mucho a una serie de coincidencias. Al resolver algunos encuentros y reencuentros de esa manera arbitraria luce forzada.

¿Se trata de una historia de amor? Todo está contado para que creamos que sí y en cierto modo lo es. Necesitamos amor, dar y recibir, y amar requiere de valentía, coraje. Pero no se trata aquí de esos amores irracionales y pasionales que nos llevan a arrastrarnos o a perderse una misma en pos de un otro; la intensidad (esa palabra que parece mala y muchos suplantan de manera injusta con toxicidad) dice presente de la mejor manera: con convicción. Ya lo dijo Rupaul: si no aprendes a amarte a ti mismx, ¿cómo puedes amar a alguien más? ¡La novia! es un viaje de autodescubrimiento. A la larga son los dos seres a quienes les dijeron qué o quién tenían que ser: uno el monstruo, la otra la novia. Salirse del molde y apostar a escribir tu propia historia, tu propio destino, alzar la voz.

No se trata de una remake de la secuela de James Whale (para eso pueden ver la versión de Del Toro, que bebe mucho de aquella), sino que tiene vida propia. Furiosa, descarada, salvaje, divertida, frenética. Tiene onda, mucho estilo. ¡La Novia! es una película imperfecta y fascinante por igual.

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