«Amarga Navidad»: La autoficción de Almodóvar

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida

Pedro Almodóvar continúa explorando y explorándose con su cine. En Amarga Navidad, película que compitió recientemente en el Festival de Cannes (aun tras haber tenido estreno en su país), juega con lo meta de manera todavía más directa que en su Dolor y gloria y se torna más autorreflexivo y autocrítico que nunca.

Hay dos historias que convergen en Amarga Navidad. Una es la del director de cine (interpretado por el argentino Leonardo Sbaraglia, que ya había trabajado con él en Dolor y Gloria pero acá lo tenemos hablando con acento español) que tras una crisis creativa para encauzar su próximo guion con una historia que lo expone a él pero también a la gente que lo rodea. La otra es la historia que está escribiendo, ese borrador de una película, protagonizado por Bárbara Lennie (bajo su dirección la habíamos visto en un papel menor en La piel que habito) como Elsa, enmarcada a más de veinte años de distancia que el presente.

Elsa es una directora de cine frustrada que ya no dirige películas y trabaja en publicidad, oficio al que se dedica de manera obsesiva tras la muerte de su madre y un duelo que no culmina. La compañía de su pareja, un joven stripper y bombero al que conoció trabajando, no es suficiente consuelo y cuando su amiga tiene una crisis con su marido, deciden irse a una casa en medio de Lanzarote a escribir.

Entre ambos hilos argumentales, Almodóvar va tejiendo, enredando y desenredando todas las temáticas que lo obsesionan hoy y siempre. Allí aparece el mencionado tema del duelo por la madre pero también por un hijo o simplemente por una vida que ya no es como era, el deseo, el arte como forma de expresión, la culpa, la salud mental. Aparece Chavela Vargas todo lo que tiene que aparecer, dos veces cobrando protagonismo porque al director se le canta, porque lo obsesiona y emociona y se hace cargo. Se hace cargo de todo: se cuestiona sobre el modo de usar la vida propia y la de quienes los rodea para hacer arte y se posiciona como un cineasta al que el cine le importa tanto como para no caer en muchos requisitos de estos tiempos regidos por plataformas.

Porque ese director que al principio parece estar escribiendo sobre sí mismo empieza a utilizar el dolor de su amiga, quien no aceptará de manera amable verse reflejada en ese guion. Ese hombre que a veces aparenta seductor y carismático hasta que se muestra como el egoísta y egocéntrico, se convierte en un vampiro, que chupa la vida de quienes lo rodean.

Almodóvar se expone, se cuestiona, mas no se justifica. Es una de sus películas personales y más allá de que las temáticas que ronde suelan ser siempre las mismas no se siente repetitiva, al contrario, acá se condensa casi todo lo que es su cine, su arte (marida bien con su libro El último sueño). Incluso la resolución es diferente a lo que acostumbra, acá más abierta que nunca. 

Las icónicas Rossy de Palma y Carmen Machi tienen cada una su  momento estelar y la cantante Amaia es quien da vida a uno de esos dos momentos protagonizados por la música de Chavela Vargas, aquí con la canción Las simples cosas que ella supo popularizar. El vestuario de Paco Delgado y casas como Saint Laurent, Chanel y Prada y la música imprescindible de Alberto Iglesias terminan de conformar y acompañar el característico estilo de un director cuyo apellido se convirtió en un sello. Nadie puede ya ver ciertos decorados y colores junto a actuaciones de intensidad melodramática y no pensar en Pedro Almodóvar.

Es probable que ya no pueda ser muy objetiva con quien quizás sea mi director preferido (quién ha sabido plasmar mejor que él toda la intensidad con la que se pueden vivir las cosas) pero recomiendo mucho sumergirse en esta película, en este ejercicio, hacerse preguntas y seguir escribiendo, filmando, haciendo arte con todo ese dolor inevitable de la vida.

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *