«The Devil wears Prada 2» (El Diablo se viste a la moda 2): Todos quieren esto

No seas ridícula, Andrea, todos quieren esto.
Veinte años tuvieron que pasar para que llegara la esperada secuela de una de las comedias más incisivas sobre el mundo de la moda. El director David Frankel y la guionista Aline Brosh McKenna retoman largos años después a sus icónicos personajes basados en el libro de Lauren Weisberger, ahora con un mundo editorial y periodístico diferente al que tienen que terminar de adaptarse.
¿Dónde se encontraría Miranda Priestly veinte años después? Es fácil imaginar que aunque los retos sean nuevos su rol sería el mismo: como editora en jefe de la importante revista de moda, Runway, donde se quedó y donde se quedaría siempre que pueda y se lo permitan pero también con la sombra del retiro (sobre todo si se piensa en el personaje real en el que está inspirado, Anna Wintour, que dejó Vogue de manera reciente después de 37 años), en especial cuando la revista cambia de dueño de manera imprevista.
El mayor misterio recaía en Andy Sachs, aquella periodista que cae como ayudante en Runway solo con el fin de luego poder entrar en otro medio más afín a sus intereses porque «un millón de chicas matarían por este trabajo»: ahora se la encuentra como una periodista seria y reconocida que de todos modos cae víctima de una realidad actual de su profesión. La otra sorpresa radica en ver qué fue de la vida de Emily, a dónde la ha llevado su pasión y devoción por su trabajo, y la encontramos trabajando en Dior.
La trama vuelve a unir a estos personajes mientras se intenta salvar a Runway de la quiebra, para lo cual deben adaptarse a tiempos distintos: las redes y lo digital se han apoderado de los medios, la moda circula de manera más rápida y la gente lee cada vez menos o más corto.

Mucha escena, momento de esta secuela es un poco un guiño o una actualización de algo que ya vimos en la anterior (hay respuestas a varias de las citas inolvidables pero también por ejemplo, en la anterior hay viaje a Francia y aquí a Italia). Con esto no digo que sea una mera repetición, al contrario: el guion se encarga de homenajear y al mismo tiempo se siente fresco y novedoso. Quizás lo que se pierde un poco es la ambigüedad moral de aquella: Priestly como la villana que no es en realidad más que una mujer poderosa (un poco como pasaba en siglos anteriores, que a mujeres que tomaban decisiones y eran libres se las consideraba brujas solo por salirse de los mandatos esperados) y Andy con su dilema sobre la entrega al trabajo por sobre la vida personal. Acá hay menos grises, más adaptado todo a estos tiempos políticamente correctos, aunque al menos es algo de lo que se apropia y expone con humor. Aun así, más allá de ser un poco más liviana y optimista, logra funcionar como espejo de la rápida transformación de los medios de comunicación y su desmantelamiento.
La producción está a la altura, con grandes despliegues de escenarios y vestuarios. La legendaria diseñadora y vestuarista Patricia Field es reemplazada por su colaboradora Molly Rogers. Desde lo cinematográfico, como en la primera no encontramos una búsqueda de estilo en la fotografía de Florian Ballhaus, cada plano es más bien funcional a la trama y la música pop acentúa el ambiente. Las canciones nuevas y la participación de la propia Lady Gaga se sienten naturales en este universo.
El poderoso trío femenino mantiene su energía y no decepciona y las mejores escenas son las que comparten entre sí; junto a Stanley Tucci se potencian y retoman sus personajes con gracia y confianza, como si nunca se hubiesen ido. Entre las incorporaciones, Lucy Liu, Kenneth Branagh y Justin Theroux cada uno brindan de manera efectiva su aporte, aunque a veces sus personajes quedan un poco en la superficie.
El diablo de viste a la moda 2 tiene todo lo que se esperaba de esta secuela: por un lado el regreso de aquellos personajes inolvidables, un gran reencuentro del que queríamos ser testigos, por el otro la dosis suficiente de glamour y outfits extravagantes y por último, una mirada sobre los medios gráficos y su estado actual, sobre esa profesión que a veces parece tan anticuada pero es más importante que nunca. Además no faltan tampoco los cameos, de personalidades como modelos, diseñadores o músicos. Es una película divertida y respetuosa de su antecesora que al mismo tiempo tiene algo nuevo para decir y entonces no se siente prescindible como tantas otras secuelas de hoy. No la necesitábamos pero la deseábamos y vinieron a cumplir.
