“The BFG: Big Friendly Giant” (El Buen Amigo Gigante): Cosa de grandes

Roald Dahl es uno de los escritores infantiles, cuyas adaptaciones al cine, mejor han sido plasmadas; Matilda, La Maldición de las Brujas, James y el Durazno Gigante, y las dos (bien diferentes) versiones de Charlie y La Fábrica de Chocolate son prueba de ello.
Esta vez, es un libro suyo escrito en 1982, conocido por acá como El Gigante Bonachón, que ya había sido llevado a la pantalla – televisiva – en 1989 en un injustamente olvidado film animado dirigido por Brian Cosgrove.
Ahora la batuta recayó en mano de uno de los directores más influyentes de los últimos cuarenta años, Steven Spielberg. El resultado, de un gran narrador y un gran realizador, queda a la vista en El Buen Amigo Gigante.
Sophie (Ruby Barnhill) es una huérfana que vive en un oscuro orfanato londinense. Por las noches, las calles de la ciudad son visitadas por el gigante que transporta los sueños logrando que nadie note su presencia.

Una serie de accidentes y tropiezos, llevan a que Sophie termine descubriendo cara a cara la existencia del gigante, quien se verá obligado a secuestrar a la pequeña para que no divulgue su secreto, y la lleva hasta su tierra.
Una vez allí, el BAG (o Buen Amigo Gigante, como se autodenomina) deberá ocultarla de los otros gigantes, que no son ni tan amistosos ni tan nobles como él.
Es posible que BFG, como es globalmente conocido, no sea el relato más inspirado de Dahl, su desarrollo es casi lineal y apunta a un público bien pequeño. Sin embargo, todos los ingredientes que lo hicieron famoso se encuentran ahí.
El toque retorcido de oscuridad tamizado con algo de inocencia, la mirada al mundo adulto desde los ojos de la infancia y algún adulto aniñado, y la permanente ubicación en ese período de crecimiento entre la infancia y la pre adolescencia.
También encontramos en el film todo lo que hizo de Spielberg un indiscutido en el mundo del entretenimiento made in Hollywood. El sentido de la aventura permanente y el mundo o misterio por descubrir, los personajes que persiguen fines nobles, el ritmo constante que ni decae ni se apresura, y cierto sentido del humor filtrado en medio de algo de oscuridad.
Los puntos en común entre el autor y el director son varios y aquí quedan traslucidos con ayuda del guion de la experta y recientemente fallecida (la película está dedicada su memoria) Melissa Matheson.
Con dos segmentos bien diferenciados entre la primera y segunda hora, el cuento (que en definitiva eso es), no se apresura, se toma el tiempo para que la niña y esta especie de anciano de 24 pies de altura, se conozcan, se desafíen, y descubran el porqué del ¿nombre? ¿apodo? del gigante. Para luego sí, pasar a un tramo de aventura que los llevará de regreso a Londres, al Palacio de Buckingham, y a la debida batalla. Esta segunda etapa resulta mejor definida en el conjunto gracias a un mejor aporte de la comicidad y un timing más ágil y aceitado.
Todo es inocente en el mundo de BAG, aun cuando las imágenes se tornen oscuras, los niños (el público al que está apuntada) se identifican con la curiosidad y la valentía de Sophie, un pesonaje desbordante de carisma que encuentra en Barnhill una simpática intérprete.

Pasará un buen tramo hasta que podamos ver a otro humano, en el medio, es casi una obra de dos personajes, una humana y un mundo definido por una animación digital que no busca ser realista, y de este modo sale bien parada.
Si bien está plagada de detalles, y el avance en la creación de personajes (sobre todo en lo que siempre era un punto flojo, los ojos) es notorio, el hecho de todo parezca algo caricaturesco nos hace recordar que estamos en un cuento, uno de Roald Dahl, y estas podrían ser las ilustraciones libro.
En esa simbiosis de casi una hora en donde hay un humano en medio de un ambiente digital, no solo el 3D se potencia, sino que la amalgama es muy cómoda y no se siente impostada, puesta por encima.
Las piezas son las correctas y los artífices son los adecuados. El BAG quizás sea una película menor y de pretensiones más bien medidas, pero que encuentra en su tono amable un gesto que al espectador caerá como encantador. Hay gracia, hay risas y carcajadas, y una sonrisa que se mantiene permanente. Allí donde el relato parece decaer y tornarse algo monótono, aparece la mano de un gran creador como Spielberg para recordarnos por qué se ganó ese merecido título. De seguro, en manos de cualquier otro realizador hablaríamos de otros resultados.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
“¿De qué murió?” preguntó uno, a lo que el otro respondió “de filmar por encargo”. Así bien podrían plantearse la situación entre dos espectadores que salen de ver “El buen amigo gigante” (USA, 2016) o simplemente “El BAG”, reciente producción dirigida por un Steven Spielberg que se va desdibujando en cada escena que presenta de la propuesta.
Si con “Tintín” ya había conocido el sabor amargo de no terminar de llegar al público, en esta oportunidad, una vez más, termina por desconcertar tras la lograda “Puente de Espías” (USA, 2015), por citar sólo uno de los casos más recientes.
Acá, Roahl Dahl sirve de inspiración para una historia fantástica, que comienza con un misterioso ser que se mueve sigilosamente por las calles de una ciudad que bien podría ser Londres, pero también cualquier recoveco que en los años 60/70 del siglo pasado se hubiese quedado parado en el tiempo.
Además del misterioso ser, una niña llamada Sophie (Ruby Barnhill), huérfana, habitante de un hogar para pequeños sin familia, curiosa, inquieta, será “secuestrada” por el BAG y llevada a tierras lejanas en donde éste habita.

Sophie, sorprendida, porque entiende que el BAG, el gigante, de buen amigo nada, y que intentará comerla como si fuese uno de los asquerosos alimentos a los que éste está acostumbrado a ingerir.
Pero no, Sophie conocerá la verdadera faceta del gigante, un ser sometido por sus pares, también gigantes, quienes acuden a verlo para que pueda solucionarles temas de salud o algún detalle menor relacionado a la ropa y alimentos.
Entre ambos se forjará una amistad entrañable, hasta el punto, que aún a expensas de poner en riesgo su propia integridad, el BAG, defenderá a Sophie de los intentos del resto de gigantes, que querrá encontrarla para comerla.
Durante la primera parte del filme, Spielberg acompaña a los amigos en su viaje de conocimiento mutuo, acercando la propuesta a otros filmes anteriores del director como por ejemplo “E.T”, en el que un ser “extraño” conecta con un “terrestre” y a partir de allí la épica del filme desandará los caminos por los que el encuentro y conocimiento devuelven una entrañable historia de amor y amistad.

Pero en ese filme, Spielberg supo poner todo, alma, pasión, esmero, inventiva, etc., mientras que aquí, al excederse en efectos visuales generados por computadoras, todo suena muy artificial, tanto, que hasta por momentos se distorsiona el verdadero vector de la historia.
“El BAG” luego desarrolla la narración hacia un lugar en el que la unión de Sophie y el BAG, junto con la Reina de Inglaterra (Penelope Wilton), deberá detener la posible invasión de los malvados gigantes que viven acosando a éste en la Tierra.
Ya para ese entonces la película pierde su encanto y se vuelve un sinfín de bromas escatológicas acerca de gases, del vocabulario inventado de el BAG y otras cuestiones de las que Spielberg nunca pudo volver, que terminan por configurar un producto menor y artificial, dirigido para personas que fueron niños en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, ubicando el filme dentro de la obra de un autor que debe enfocarse, inevitablemente, en sus propios proyectos para seguir cautivando al público.
