«Sirāt: trance en el desierto»: El fin del mundo

Desde su estreno en Cannes la película ha conseguido reconocimientos hasta sus recientes nominaciones (como Película Extranjera y como Sonido) en los Oscars. Producida por Pedro Almodóvar, dirigida por Óliver Laxe y protagonizada por el catalán Sergi López, Sirāt sigue a un hombre y su hijo a través de raves en las montañas de Marruecos buscando a Marina, hija y hermana que desapareció hace meses en algún otro rave.
Padre e hijo erran por el desierto y en el camino se unen a un grupo de personas que viajan de rave en rave, pensando que podría ayudarlos. Entre ellos se crea una especie de comunidad, familia en trance compuesta por personajes rotos, mutilados, amputados. Muchos de los actores proceden de una subcultura con muchas ramas, y fueron seleccionados mediante un casting en distintas raves.
La premisa parece una excusa, al principio para adentrarnos de manera inmersiva en el desierto y estas fiestas que funcionan como una especie de escape, de burbuja dentro de un mundo cada día más hostil y peligroso. No se reúnen a escuchar música, ellos bailan. Hay un conflicto bélico que se siente en el aire con la presencia de ejércitos que irrumpen y controlan los caminos. Ningún lugar parece seguro.
Pero luego esa excusa se torna otra cosa. Ya no se trata de un viaje sino de un descenso a los infiernos, plagado de pérdidas emocionales. Es a partir de un golpe de efecto que además resulta un golpe bajo en la trama cuando la película muestra su verdadero rostro y cae y pasa a regodearse en la crueldad. A partir de ese momento, lo que parecía interesante e invitaba a dejarnos llevar por esa atmósfera de desconcierto hipnótico se pierde. Se puede percibir cada hilo del tramposo guion, que está escrito por Laxe junto al cordobés Santiago Fillol: en el mismo momento en que la calidez gana algo de lugar, llega el momento fatal y rompe todo eso en añicos.
El director de Mimosas y Lo que arde, películas que ya decantaban un estilo y temáticas afines, define a Sirāt como su película más política y radical. Pero todo luce tan forzado y al mismo tiempo superficial que parece tramposa. Es fría, calculada y pretenciosa y por lo tanto no permite que esa emoción, a la que evidentemente apela con tanta fuerza, se sienta genuina.
La suciedad, el polvo, el calor se pueden sentir a través de esos desiertos ventosos. La música invita a cerrar los ojos y dejarse ir. Notable desde lo visual y lo sonoro, se trata de una experiencia que, sobre todo por la primera parte, vale la pena disfrutar en pantalla grande. Lástima que eso se va perdiendo en el camino y ya no la sostiene, haciendo que la experiencia se torne tediosa.
“No se escapó, es una adulta, se fue”, aclara el hermano menor cuando le preguntan qué cree que podría haber pasado con Marina. La gente se va, abandona, necesita irse. Cada uno vive los duelos, las pérdidas y el fin de este mundo que se desmorona como puede.
