«The Master»: Culto al hombre

Cualquier película de Anderson no necesita mucha presentación. Después de Magnolia y Petróleo Sangriento ya tiene nuestra alma y nosotros lo seguimos. Si a esta fórmula volvemos a sumar al impresionante Phillip Seymour Hoffman, ya cerramos trato.

The Master tiene lugar en 1945, cuando Freddie (Phoenix), un marine, vuelve a casa. Pero la reinserción a la sociedad no le resultó nada sencilla. En vez de mostrarnos toneladas de flashbacks, Anderson opta por hacernos testigos de su comportamiento errático y violento como una tensión constante en pantalla y es lo que al final siempre nos tiene en vilo con el personaje.

Todo el tumultuoso mundo de este hombre llega a someterse cuando conoce a The Master, que no es otro que Seymour Hoffman. Como todo líder de un culto, este hombre cuenta con el carisma y la oralidad que harían envidiar al resto de los mortales. Despierta a su alrededor fascinación y odio y será el nuevo depósito de la obsesión de Freddie. Phoenix no hizo mi rol favorito en su carrera (es un actor que respeto mucho) pero creo que cumple. De todas formas, me aburre verlo casi siempre como ese adicto border a punto de quebrarse.

El método que utiliza este culto es una mezcla de hipnosis y vidas pasadas, en sesiones eternas de preguntas en las que el Master tiene la información para luego hacerte encontrar la respuesta a tu situación actual. Dejar de sufrir. En una época en la que tanta gente había perdido tanto, no es loco que haya tenido éxito. Imperdible el duelo verbal con sus detractores.

Tengo que hacer una mención aparte para Adams que se merece, a esta altura del partido, ganar todo. Todo. Hasta el Bingo de la vuelta de su casa. Lo que logra esta actriz es monumental. Con esa expresión austera y dulce, se yergue con todo su esplendor como la verdadera fan y titiritera que en otra ocasión podría hasta martillar las piernas de su escritor favorito en Misery. Los matices de su personaje y cómo termina de construir el magnetismo de The Master, es brillante. Yo lo quiero más a Phillip después de verlo a través de los ojos de ella.


Seymour Hoffman tiene ese poder de aparecer en pantalla y que todo lo demás desaparezca. Está divino. Con su dicción, su postura y lo difícil que es recrear el carisma, que es algo fundamental para este tipo de personajes y que si no se iría despedazando la película.

La película me gustó pero no me deslumbró. Creo que Anderson ha probado ser un director de muchos más recursos que éstos y aunque tengamos esos bailes que sugieren orgías y a una monumental Amy Adams ofreciendo su mano a su marido y ejerciendo el control, dista mucho de la genialidad que hemos visto antes. Por momentos el guión se cae a pedazos o entra en mesetas eternas que las perdonamos por la minuciosa ambientación y la gran fotografía (ese desierto por lugares quemado por la luz en motocicleta es realmente una belleza).

Claro que tiene cosas maravillosas como el cortar los lazos, o la búsqueda constante. La idea cíclica tampoco nos abandona pero creo que la película se sostiene más por sus actores que por mérito del guión. Aunque nos deja reflexiones como: “Si alguna vez llegás a ser libre de algún Master, cualquier Master, hacénoslo saber. Serías la primera persona en la humanidad.”

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