«La princesa de Francia»: el sueño de un seductor

Matías Piñeiro es uno de los grandes valores locales de este Nuevo Cine Argentino. Eso es indiscutible. Llega hoy el cierre de una trilogía en la que el director trabajó sobre tres obras de William Shakespeare (a saber, «Rosalinda» contenía textos de «Como Guste», «Viola» de «Noche de reyes» y esta última, «Penas de amor perdidas») buscando transpolar y conectar esos clásicos con situaciones cotidianas, de mujeres (principalmente) viviendo en nuestro tiempo y ciudad. Los resultados han sido (en todos los casos y dejando de lado particularidades) alentadores y originales, siendo «La princesa de Francia» el último opus de esta serie que desde mañana podrá verse en la Sala Lugones y en el Malba.
No es usual entre nuestros cineastas condensar un texto puro y generar una conexión con un escenario moderno, en el cual esas palabras e ideas tengan espacio para ser recreadas. Piñeiro ha demostrado ser un especialista en esto. En esta entrega que cierra la saga, tenemos sin embargo una gran novedad con respecto a las anteriores, aunque no necesariamente una que haga la diferencia.

Por primera vez hay una figura masculina central dentro de la propuesta. A diferencia de «Rosalinda» y «Viola» que eran «universos femeninos», «La princesa de Francia» trae a un joven seductor que regresa de una larga estadía fuera del país para concretar un proyecto de dramatización shakespeareana en formato radio. Víctor (Julián Larquier Tellarini) pasa a ser figura medular de una trama donde la seducción y la traición (amorosa) se juegan en cada momento. Tiene novia, amigas, ex-amantes y toda una troupe que se ve conmovida con su regreso, aunque nadie tenga muy claro que sucede realmente a nivel vincular hasta el cierre mismo de la historia.
A pesar de que podría pensarse que la llegada de un hombre convocaría a un quiebre positivo (disruptor, pienso), eso no sucede. Tellarini ofrece un perfil de hombre contradictorio a la hora de encarar su composición y no logra despertar interés en el espectador. Las musas del director ( a saber: María Villar, Laura Paredes, Agustina Muñoz, Romina Paula, Elisa Carricajo y Gabriela Saidón) regresan con su fuerza interpretativa intacta. Pero esta vez, la ecuación se desbalancea, los chicas son fibra y encanto, y el seductor, no alcanza la misma intensidad.

Dentro de ese encuadre, hay más escenas al aire libre (la secuencia de apertura muestra el talento de Piñeiro) y una saludable intención de migrar hacia un cine más abierto y menos hermético en su concepción que los anteriores (en definitiva, es una historia de amor con los vaivenes que se produce entre gente joven). Sin embargo, en algunos tramos, el exceso verborrágico de los diálogos originales de la obra en que se basa, apabullan al espectador promedio, alejandolo de la empatía que las mujeres de la obra convocan.
Quizás un poco por debajo de «Viola» (que ostenta un timming único y fantástico, según este cronista), pero manteniendo la calidad habitual en sus trabajos, Piñeiro cierra estos episodios que homenajean al gran dramaturgo inglés. Festivalera y ganadora de la competencia argentina en BAFICI de este año, «La princesa de Francia» es un producto con inconfundible sello propio para tener en cuenta.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
Es imposible hablar del «La princesa de Francia» (Argentina, 2014) sin hablar antes de su realizador, Matias Piñeiro, y sus filmes, porque con pocas películas supo forjar una obra hermeneútica y específica, apoyándose en el claro homenaje al teatro y a la dramaturgia de William Shakespeare como punto disparador de historias.
Si en «Rosalinda» y «Viola» el director alcanzaba el punto más alto en la construcción de una narrativa potente y concreta, en «La princesa de Francia» el disparador de un texto permite la edificación de una historia que irá variando el punto de vista para poder así enfatizar en cada uno de los protagonistas con los que cuenta.
Un joven regresa a la vida de un grupo de personas, quiere hacer un proyecto radial en el cual Shakespeare será el motor de la puesta y comienza a convocarlos, sin saber si la respuesta sería afirmativa.
Pero ese regreso no sólo será motivo de «trabajo» porque justamente en ese volver habrá algunos reproches y también algunos histeriqueos entre los protagonistas que resucitarán algunos temores y miedos en unos, pero también una pasión irrefrenable ene otros.

Un libro, una postal, un museo en el que el jugar a la escondida del «tercero» en cuestión, habilita algún roce basado en mentiras, que van conformando el microuniverso de «La princesa de Francia» y sin dar respiro al espectador.
En la escena inicial, en la que música clásica acompaña a un grupo de jóvenes jugando al fútbol, Piñeiro establece el campo de acción. ¿A quién corren? ¿Por qué lo corren? ¿A dónde van?
Los jóvenes deambulan por la noche y por los lugares en los que tienen sus rutinas expectantes por el devenir de sus pares. Dialogan, muy verborrágicamente, porque si hay algo que les gusta hacer justamente es eso, hablar, rápido y mucho.
Este punto es uno de los claros rasgos identificatorios de la obra del director, sean diálogos originales o la lectura y preparación de alguna escena clásica del teatro de Shakespeare, la palabra como generadora de sentido y margen de la puesta en escena.

Y mientras hablan, la cámara se reposa en detalles, en cuerpos, en rostros, en objetos sin siquiera pensar en cuáles, como cuando dos mujeres dialogan mientras una intenta recuperar el estado de un viejo sueter con una máquina de afeitar. Tan solo en ese gesto que recupera impone su estilo.
Piñeiro cuenta anécdotas, e hilvana situaciones para conformar sus historias, y para esto convoca a un elenco de actores, muchos de ellos desconocidos para la mayoría del público general, pero que en el ambiente son sumamente conocidos y agregan un gran interés para aquellos que vienen siguiendo la filmografía del director.
En esta oportunidad el trabajo de Julián Larquier Tellarini es de un nivel notable que termina opacando al resto del grupo, casi la situación similar que en su anterior filme sucedía con María Villar, pero que sin el apoyo del resto, y la notable dirección de Piñeiro, quizás no lo podrían conseguir por sí solos.
«La princesa de Francia» no es la mejor película del director, pero logra con dinamismo y lo concreto de su historia (breve, por cierto) generar empatía, una vez más, con un grupo que busca algo y que seguramente nunca llegarán a encontrarlo.
