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«La Paz»: no estamos todos bien

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El cine de Santiago Loza siempre es complicado de resumirlo en las escasas líneas de una reseña; su expresividad, su sensibilidad, y su apego por lo abstracto y subyugante pertenece al mundo de las imágenes y no de las letras. Es un cine que dice más cuanto menos dice.

Ahora, luego de su paso por el Festival de Berlín, llega La Paz, su último trabajo en la gran pantalla; y todas sus expresiones vuelven a ser confirmadas. Esta vez el protagonista es Liso, un joven de una familia bien, que sale de un instituto neuropsiquiátrico y es recibido en casa de sus padres para continuar con su rehabilitación. Es claro desde el principio que Liso no está bien, pero sus padres (pretendidamente) parecen ignorar esto.

Con su madre mantiene una relación de simbiosis extraña, ella lo ve como a un chico, lo trata de un modo incómodo para alguien en sus treinta y algo, es más en algún punto hasta pareciese que le teme y no lo entiende, o hasta lo rechaza, lo trata como a un nenito extraño.

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Su padre actúa como si nada hubiese pasado, le enseña a usar armas lo incita a tener sexo con prostitutas y lo pone en situaciones bastante incómodas, en definitiva, también lo trata como a un chico. Esa es la manera que tienen de negar que su hijo tiene problemas psiquiátricos graves.

Así las cosas, los únicos contactos reales que mantiene Liso son con la mucama boliviana y su abuela, en donde abundan los silencios más que las palabras; y por supuesto, los contactos consigo mismo. Siente un peso que lo agobia, una existencia que lleva a muy duras penas, y esa clase social que intenta ocultar lo ayuda poco.

Como si necesitase de un motor para vivir, se maneja con pastillas, se aleja de lo que no puede manejar y obligadamente se refugia en sí mismo, es su única manera de escapar de ese terrible panorama que lo aguarda. Como es usual, Loza no sigue un argumento lineal y comprensivo de estructura básica, por ,o tanto, lo arriba relatado es una aproximación a todas las sensaciones a las que será sometido el espectador.

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La Paz es una película difícil, apesadumbrada, reflexiva y muy introspectiva. Su director cuenta con la cámara, con la fotografía, y en cada primerísimo plano hay algo que nos quiere decir. Quizas La Paz sea su film más directo en cuanto al mensaje, a lo que quiere demostrar, y eso de algún modo lo convierte en su trabajo más accesible, pero igualmente no se escapa de su estilo artístico más relacionado al mundillo festivalero – esto sin ánimos de prejudicializar – .

Lisandro Rodríguez (Liso) soporta muy bien el peso de un duro protagónico, y el resto de los personajes quedan algo más periféricos, y dependerá mucho de la visión que Loza dé de ellos. Obra seca, áspera, pretendidamente adormecida como su personaje, con La Paz, Santiago Loza vuelve a hablar de sus inquietudes, de sí mismo, porque por sobre todo, su cine es muy personal.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

En “La Paz” (Argentina, 2012) el protagonista, Liso (Lisandro Rodriguez), vuelve al mundo “real” luego de una internación en un psiquiátrico. Allí fue contenido por un grupo de especialistas que pudo entender algunas de sus inquietudes y necesidades, pero en el regreso a su hogar, en el que convivirá con sus padres (interpretados por Andrea Strenitz y Ricardo Felix), se siente perdido. No hay nada ni nadie que lo pueda guiar hacia el lugar que en ese retorno necesita.

Santiago Loza es un hábil narrador que hace de la digresión y los primeros planos el motor para contar historias pequeñas, pero que a su vez hablan de temáticas universales. La apatía, los desbordes de índole psiquiátrica, como así también lo efímero de algunos vínculos, interesan aquí y en cualquier lugar en el que sea visionado el film. Los pequeños movimientos de la cámara, casi imperceptibles, transforman la estaticidad de la acción en un nuevo devenir del relato. Tan hipnótico es el resultado que ni siquiera la decisión de estructurarla a través de episodios puede generar una disrupción en la línea de tiempo.

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En “La Paz” Liso deambula como un zombie por los cuartos de su casa, buscando complicidad en su mucama (Fidelia Batallanos Michel), alguien que lo ayudará con pequeños gestos a orientarse, o en las palabras de su abuela (Beatriz Bernabe), con la que compartirá más que un helado. Es en estas dos personas en las que podrá volcar sus necesidades, más allá que su madre lo esperaba con ansiedad. Porque en las palabras y obsequios de ella justamente lo único que hace es transmitirle angustia. Algo que en un momento como el que está atravesando no le ayuda mucho. Liso se escapa de la observación todo el tiempo, buscando su lugar arriba de una moto (reciente regalo).

Pero las cosas no le resultan fáciles. Intenta recuperar a un viejo amor. Es rechazado. Todo lo expulsa. No hay una sonrisa ni capacidad de disfrute en nada. Así una alegría se transforma en un dato más en su memoria. Un encuentro sexual cambia a un acto rutinario casi mecánico, desprovisto de toda libido y pasión. Liso habla con la mucama, comparte momentos con ella en el cuarto, se conocen, la simbiosis es casi espontánea. Esto contrasta con otros momentos con climas opresivos que subrayan la increíble actuación minimalista de Rodriguez, un actor que justamente en la economía de gestos compone el infierno mental que vive Liso sin siquiera parpadear.

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La puesta en duda y juicio de los valores de la clase alta. La reivindicación de la facilidad para juzgar y apoyar al qué dirán son algunos de los puntos de “La Paz”, que además erige un discurso sobre la falta de emoción y vinculación entre los seres humanos, aun cuando se hace tan obvia la necesidad de los mismos. El padre se relaciona a través de las armas con Liso y le exige una pronta definición sobre su futuro inmediato “¿Qué querés hacer vos? Algo tenés que hacer”.

Nunca se detiene a pensar sobre qué lo puede hacer seguir inspirando a su hijo y vivir en “paz”. Porque Loza trabaja en el filme con la idea de paz versus incomodidad, ese es el punto fuerte del filme. Todo el tiempo sus personajes están incómodos y se incomodan, y a su vez nos incomodan, promoviendo y exigiendo una resolución óptima para el estado mental de Liso. No había posibilidad de otro final. “La Paz” es aquel lugar en el mundo en el que volvemos a encontrar nuestro rumbo. Loza lo sabe. Liso también.

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