«La memoria del agua»: el nido destrozado

Matias Bize es un hábil realizador chileno que sabe como explorar zonas del comportamiento humano con un distanciamiento y a la vez un acercamiento total hacia el objeto que muestra que sorprende por su sencillez y claridad en lo que plantea.
Si en sus dos filmes anteriores «En la cama» y «La vida de los peces» la curva narrativa se transformaba por momentos en una meseta en la que, aparentemente, nada sucedía, en su nueva producción «La memoria del agua» (Chile, 2015), protagonizada por Elena Anaya y Benjamín Vicuña, la meseta termina por implosionar dentro de la misma estructura narrativa.
La premisa del filme es bien conocida por todos, pero en la película sólo se la evoca con resoluciones específicas, claras e ingeniosas, que evitan el regodeo con el morbo sobre esta pareja que por un accidente doméstico ha perdido a su hijo.
Él (Vicuña) se mantiene como «shockeado», en un estado de alerta que le imposibilita manifestar sus verdaderas emociones hacia el resto de su entorno, por el contrario, ella (Anaya) está tan absorta por la situación que en vez de retrotraerse como su marido, explota en llanto en cada momento que el recuerdo la lleva hacia lugares de su historia reciente y pasada junto a su pequeño de cuatro años.
Ambos, en la dificil tarea de reconstruir su vida luego de la tragedia, se verán complicados para poder acercarse al otro, y en vez de tratar de atravesar juntos el duelo y la angustia de saber que nunca más volverán a ser como eran, ella decide alejarse.

El tiempo avanza, y la casa en la que fueron felices junto a su niño es un lugar vacío ocupado por recuerdos que ninguno puede manejar, por lo que la decisión de venderla y también de deshacerse de todos los objetos del pequeño, si bien es algo que postergan, finalmente deciden hacerlo.
Pero él quiere volver con ella, y Bize relata solapadamente con una contundencia inusitada para este tipo de filmes que bucean en historias trágicas, la historia de un desamor nacido de la imposibilidad de vincularse nuevamente como aquella pareja feliz que alguna vez fueron, a al menos, creían serlo.
Ella rehace su vida, él busca en la noche el placer físicio y fisiológico que necesita, pero hay algo en ambos que nunca termina de alejarlos, que es el recuerdo de ese niño que ambos tuvieron y que regresa inesperadamente cada vez que algo les hace recordar su ausencia.
El guión, brillantemente elaborado para ir con una tensión in crescendo hacia el explosivo monólogo final del personaje de Anaya que intenta ubicar a su marido en la ficción en el lugar que realmente ella cree que debe estar, principalmente por el niño fallecido, se apoya en planos detalles, musica incidental que envuelve y en una textura de la imagen áspera, tan necesaria para generar empatía y compasión por la historia.
Hay algunas escenas obvias en las que el director no hace otra cosa más que reafimar una posición frente a la tragedia y que abusan del golpe de efecto, como aquella en la que al personaje de Anaya, una traductora, le toca poner en su idioma una conferencia sobre asfixia que claramente le hace una vez más pensar en su hijo fallecido.

Pero más allá de esos lugares que rozan el cliché escandalosamente, hay un inmenso trabajo actoral, medido, justo, minimalista, que acompaña la propuesta que Bize ha creado para esta pareja que se enfrenta a lo más doloroso que como padres les podría pasar.
«La memoria del agua» es un filme sobre la pérdida, pero principalmente es una película sobre la negación de la realidad y la imposibilidad de enfrentarse a una vida diferente aún a pesar de uno.
El trabajo actoral es sorprendente, y no sólo el de la pareja protagonista, también el de los actores secundarios, que como en una coreografía sobre música lacrimógena, se acercarán o alejaran de ellos para generar la necesaria tensión sin aumentarles el dramatismo a aquello que ya están atravesando.
Lo más interesante del filme, es la evocación de la ausencia del niño, con una escena de realismo mágico en la que la nieve une nuevamente aquello que parecía inevitablemente destinado a no volver nunca más a estar junto.
Inmensos Anaya y Vicuña, en una película que trabaja desde un lugar preciso una propuesta sólida que evita la lágrima fácil preponderando las sensaciones que genera.
