«Eva no duerme»: sin descanso después del ocaso

Eva no Duerme. Eva no declama más. Eva no puede llorar, pero su cuerpo recorre lugares insospechados luego que sea embalsamada y convertida en un objeto de bronce y de deseo.
Ya en el cuento «Esa Mujer» el maestro Rodolfo Walsh hablaba del recorrido del cuerpo de Eva Perón y la obsesión con la que, algunos personajes nefastos del período más oscuro de nuestra historia, se ensañaron con los restos mortales de la líder del partido peronista.
Ahora Pablo Agüero toma en «Eva no duerme» (Argentina, 2015) el mito popular acerca de las idas y venidas del cuerpo de Eva desde la perspectiva de los personajes que mantuvieron una relación cercana con Eva ya muerta, unos preservándola para la eternidad y los otros cumpliendo órdenes y tratando de ocultar o encontrar (según el caso) su cuerpo.
Agüero define a su película desde cada plano, cada decisión estética, cada secuencia sonora que acompaña la ficción, pero también las imágenes de archivo, y se arriesga, mucho, así, y si en el arranque la música castrense sirve de elemento diegético para poner distancia del objeto que intenta retratar, por otro lado luego la banda sonora le permitirá apoyar y potenciar su impactante propuesta.
En el arranque, los primeros planos de un militar que tilda de bestias a todos los argentinos (Gael García Bernal), estigmatizando y refiriéndose a la líder espiritual de los descamisados como una «yegua» que con su voz se termina convirtiendo en «una plaga», serán el anclaje con el que partirá la narración, una toma de posición bien clara frente a los antagonistas en el relato.

Este militar, obsesionado con recuperar el cuerpo de la mujer, se regodea en el odio hacia Eva con frases del estilo «esa hembra supo morir a los 33 años como Jesús» o «la voz de esa yegua es una plaga», y Bernal juega con su personaje, mucho, imaginándolo desde un lugar en el que no hay opción para las medias tintas.
Y del militar obsesionado Agüero nos llevará luego al embalsamador (Imanol Arias) otro ser completamente magnetizado por el cuerpo con el que trabaja, de una relación amor odio con el cuerpo de Eva, creando cual arcilla sobre él un extenso proceso de relajamiento y mejoramiento que sólo lo terminará cuando ya nadie reclamará por la tarea finalizada. Pero nadie tampoco lo querrá ver, porque esa empleada (Ailin Salas) que lo acompaña, pobre, dolida por la muerte de Eva, tampoco la querrá ver.
Y luego se sucederán otros dos seres desagradables, el (Daniel Fanego) y el transportador (Denis Lavant) quienes sumarán su mirada particular sobre la obediencia debida y el exceso de poder hasta el punto que se verán encerrados en sus propias trampas cuando nadie los avale como figuras de autoridad.
El poder está en los sistemas que cohesionan a los sujetos, pero también en un cuerpo inerte, vejado, vapuleado, dañado, santificado y elevado a la categoría de obra de arte, y que sólo necesita poder reposar en algún lugar para terminar de una vez por todas con el mito creado a su alrededor.
La estructura episódica con la que Agüero trabaja, como así también la clara toma de posición ante lo que se narra, siendo esto verdadero o no, o tan solo la continuación de un trascendido que termina por convertirse en real y certero, construyendo un filme irreverente, ágil, dinámico y oscuro, sombrío y muy pero muy doloroso que revela detalles sobre el recorrido con obstáculos que hizo el cuerpo de Eva para poder terminar finalmente en un mausoleo alejada de todo.

«Eva no duerme» provoca, busca un impacto que a partir de un cuidado trabajo de la fotografía, lúgubre, pesado, molesto, con el apoyo en una banda sonora atractiva, que conforma la parte ficcional de su propuesta.
Pero también hay archivo, mucho, de hechos contextualizadores sobre lo que se cuenta mucho más al pasar y que logra traspasar la falsedad de la incorporación forzada al relato de éstas, generando un verosímil único y preciso sobre el ser nacional y un movimiento que supo recuperar al pueblo como objeto de discusión y lucha y que continuó, como lo afirma el militar, siendo la «madre de la insurrección» y la propagación de las clases más vulneradas del estrato social argentino.
Pablo Agüero asume riesgos, sabiendo que su relato puede provocar acercamiento o rechazo, pero es contundente en su propuesta, y acepta que esto se desprenda de, justamente, trabajar con el mito fundacional del pueblo y el populismo desde un relato innovador, atrevido, transgresor, superando cualquier laguna o exageración que el guión contiene y que logra impactar desde su primera escena.
«Eva no duerme» es una provocación, pero también es la expresión concreta de muchos pensamientos desafortunados sobre esta mujer y su carrera política, y su estrecho vinculo con el pueblo y el imaginario popular.
