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«La Danza de la Realidad»: el desarrollo de una pasión

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Después de 23 años Alejandro Jodorowsky vuelve a la pantalla grande con su hiperpersonal y mágica “La danza de la realidad” (Chile, 2013), una propuesta bien particular que atrapa desde el momento que la proyección se inicia y que sólo puede disfrutarse en la oscuridad y silencio de una sala.

Recordando su pasado y eligiendo plasmar con imágenes coloridas y eternos travellings y paneos “La danza…”, además de adaptar su propio libro, del mismo nombre,  ahonda en cómo la infancia puede determinar, al menos en parte, la personalidad de un ser creador y desde ahí justificar también la disruptiva línea que lo ha marcado como realizador y artista.

“La danza…” cuenta como un joven Jodorowsky se relaciona con su entorno en la tienda familiar  Ucrania y cómo su origen judío/ucraniano y una educación fascista lo marcaron a fuego para luego convertirse en una de las personalidades más controvertidas de la cultura mundial.

Con una madre sobreprotectora (que canta todo lo que dice) y un padre pseudomilitar y exigente, el niño sufre porque le han negado la posibilidad de ser él mismo en su totalidad (pese a que la madre quizás le sea más permisiva en sus extraños pedidos).

El joven Jodorowsky (Jeremías Herskovits) interactúa con el director en la actualidad, para de esta manera justificar algunas de las decisiones o sucesos que se narran a lo largo del metraje del filme.

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Pero quien nos interpela mirando a cámara es el adulto, con un cuerpo y una cadencia completamente diferente a la del jovial y exótico niño que con trajes militares intenta asumir y respetar las indicaciones de su padre.

Jodorowsky propone así algunas máximas que son tan sólo el resultado de una profunda introspección, la misma que continuamente le permite generar su arte y acercarnos a él. 

El niño intenta avanzar en su vida, a pesar de todo, y tratando de escoger siempre la parte más difícil o el camino equivocado para los otros, y mientras espera la llegada de su padre, quien en un intento de poder recuperar su libertad se encamina a matar al dictador que los presiona y oprime, juega con su madre a cosas que ni el mismo se puede llegar a imaginar.

La película está dividida en tres partes bien marcadas, infancia, éxodo, retorno y en cada una de ellas decide escoger a un líder que narrará el “cuento”. Excepto la primera y la última, que son retazos de la vida del niño, en el éxodo, el papel del padre, un militar pro Stalin, cobra importancia y le permite detallar con imágenes crudas y violentas el proceso dictatorial del país vecino mientras es torturado por el régimen.

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Protagonizada por Brontis Jodorowsky, Pamela Flores y Jeremías Herskovits, que aceptan el juego propuesto por Jodorowsky, la entrega y exposición de todo el elenco es única, y eso seguramente se debe a la habilidad del realizador por encaminar la aventura que les acercó, nada fácil por cierto, pero que termina convirtiéndose en un evento y una experiencia cinematográfica única. 

Después de 23 años Alejandro Jodorowsky vuelve a la pantalla grande con su hiperpersonal y mágica “La danza de la realidad” (Chile, 2013), una propuesta bien particular que atrapa desde el momento que la proyección se inicia y que sólo puede disfrutarse en la oscuridad y silencio de una sala.

Recordando su pasado y eligiendo plasmar con imágenes coloridas y eternos travellings y paneos “La danza…”, además de adaptar su propio libro, del mismo nombre,  ahonda en cómo la infancia puede determinar, al menos en parte, la personalidad de un ser creador y desde ahí justificar también la disruptiva línea que lo ha marcado como realizador y artista.

“La danza…” cuenta como un joven Jodorowsky se relaciona con su entorno en la tienda familiar  Ucrania y cómo su origen judío/ucraniano y una educación fascista lo marcaron a fuego para luego convertirse en una de las personalidades más controvertidas de la cultura mundial.

Con una madre sobreprotectora (que canta todo lo que dice) y un padre pseudomilitar y exigente, el niño sufre porque le han negado la posibilidad de ser él mismo en su totalidad (pese a que la madre quizás le sea más permisiva en sus extraños pedidos).

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El joven Jodorowsky (Jeremías Herskovits) interactúa con el director en la actualidad, para de esta manera justificar algunas de las decisiones o sucesos que se narran a lo largo del metraje del filme.

Pero quien nos interpela mirando a cámara es el adulto, con un cuerpo y una cadencia completamente diferente a la del jovial y exótico niño que con trajes militares intenta asumir y respetar las indicaciones de su padre.

Jodorowsky propone así algunas máximas que son tan sólo el resultado de una profunda introspección, la misma que continuamente le permite generar su arte y acercarnos a él. 

El niño intenta avanzar en su vida, a pesar de todo, y tratando de escoger siempre la parte más difícil o el camino equivocado para los otros, y mientras espera la llegada de su padre, quien en un intento de poder recuperar su libertad se encamina a matar al dictador que los presiona y oprime, juega con su madre a cosas que ni el mismo se puede llegar a imaginar.

La película está dividida en tres partes bien marcadas, infancia, éxodo, retorno y en cada una de ellas decide escoger a un líder que narrará el “cuento”. Excepto la primera y la última, que son retazos de la vida del niño, en el éxodo, el papel del padre, un militar pro Stalin, cobra importancia y le permite detallar con imágenes crudas y violentas el proceso dictatorial del país vecino mientras es torturado por el régimen.

Protagonizada por Brontis Jodorowsky, Pamela Flores y Jeremías Herskovits, que aceptan el juego propuesto por Jodorowsky, la entrega y exposición de todo el elenco es única, y eso seguramente se debe a la habilidad del realizador por encaminar la aventura que les acercó, nada fácil por cierto, pero que termina convirtiéndose en un evento y una experiencia cinematográfica única. 

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