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«Cinderella» (La Cenicienta): encanto clásico

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Moda paralela de las superproducciones de Hollywood a la par de los films de superhéroes, nuevas adaptaciones live action de los cuentos clásicos infantiles.

Aquello que venimos viendo hace ya unos años con distintos matices en Espejito Espejito; Hansel & Gretel Cazador de Monstruos, Blancanieves y El Cazador, Maléfica, Oz El poderoso, y La chica de la capa roja, entre otras, toma un nuevo vuelo en esta adaptación que los Estudios Disney hace no tanto del cuento de los Hermanos Grymm como de su propio clásico animado de 1950.

En realidad, hablar de nuevo vuelo resulta más bien un eufemismo, ya que la decisión tomada por el Estudio, el guionista Chris Weitz (Un Gran Chico, La Brújula Dorada, Antz) y el director Kenneth Branagh es precisamente retornar a las fuentes.

Allí donde las adaptaciones nombradas querían introducir un dejo de realista, se volcaban por el terror o la acción, la sexualidad precoz, la estética gótica y/o plástica, o invertían los roles; esta nueva Cenicienta dice no, hagamos con humanos lo que hicimos animado. El resultado se distancia positivamente.

No hace falta que contamos mucho de su argumento porque es harto conocido, todo está ahí; la niña huérfana criada por su malvada madrastra junto a sus hermanastras, la degradación a ser servidumbre, el príncipe, el baile, el Hada Madrina, el vestido, el zapato de cristal, todo todo, con pequeñas modificaciones más que nada en los personajes que no hacen a la esencia.

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La Cenicienta se ve como lo que es, un cuento infantil y clásico, de estructura primaria y valores morales altos. Nada de invertir los hechos. Esa idea post Shrek de querer otorgarle otras características, de adaptar las heroínas al feminismo de los años ’60 en adelante, de mechar el doble sentido en cuanta oportunidad hubiese; eso es descartado de plano. Habrá quien pueda considerar esto como un retroceso del estudio que entregó Valiente, Mulan, o la mismísima Maléfica; en un análisis más profundo se entenderá que cada cosa va en su lugar, y que La Cenicienta debe entenderse como el epítome del cuento de hadas rosa, con sus pros y sus contras.

Lo cierto es que, como film, son varios los aciertos de esta adaptación, la brillosa fotografía de Haris Zambarloukos, el completo diseño de arte, el acertado tono naïf con justas pinceladas de humor por parte de Weitz, y la ajustada dirección de Branagh.

Alejado del pastiche de CGI de Thor, y mucho más cerca de la rigurosidad barroca de La Flauta Mágica o sus intervenciones como actor y/o director Shakespereano, Branagh logra agilidad en el relato a través de la imagen, consigue un traspaso perfecto de la animación a la acción real sin que suene a caricatura, utilizando también sabiamente un catarata de efectos que en todo momento son funcionales a la trama y no al revés.

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Párrafo aparte para las interpretaciones, Lily James es una Ella/Cenicienta justa, dulce y amorosa, no tardará en conquistarse tanto a las niñas como al público adulto con un correcto desenvolvimiento. Algo sobreactuada (más de lo normal que le permitimos y amamos) luce Helena Bonhan Carter en el rol del Hada Madrina, haciéndonos recordar parcialmente a las molestas haditas de Maléfica, además cuenta con el peso de llevar el relato adelante mediante una acertada decisión de voz en off narrativa. Por supuesto, a nadie asombra, quien se lleva todas las palmas es Cate Blanchett como la madrastra, paródica, pérfida, glamorosa, histriónica sin caer en la burla, ella se divierte y nosotros también; no hay nada imposible para esta actriz, no hay rol menor para ella.

Volviendo a Branagh y las actuaciones, su marcación actoral también resulta un logro, teatral y precisa pero no acartonada.

La Cenicienta respira clasicismo, nos hace acordar a un tipo de filmes que no veíamos desde los tiempos de aquella Emperatriz Sissy. Innovar, avanzar y adaptarse a los nuevos tiempos es bueno y necesario, pero también retornar un poco  lo antiguo para recordar lo que antes se hacía bien no está para nada mal. Como muestra, esta nueva adaptación que no hace más que pasarle el trapo a sus contemporáneas.

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