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«Escuela de sordos»: maestra por la inclusión

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Ada Frontini debuta detrás de las cámaras con un documental que rebosa ritmo de pueblo, relajado y emocionante. El foco de trabajo es la labor que realiza una docente muy especial, coterránea de Bell Ville, Córdoba. Amiga y ex compañera del secundario de la directora, Alejandra Aguero, es el motor emotivo y ejecutor detrás de la Escuela Municipal para Discapacitados Auditivos «León Luis Pellegrino» y este registro, busca hacer conocer su trabajo, profundizar en las temáticas relativas a la inclusión y mostrar el compromiso con la profesión de una mujer comprometida con su comunidad.

Es común que el cineasta registre aquello que lo moviliza y que en ese registro, se juegue el afecto y la curiosidad por indagar críticamente un suceso o proceso. Frontini homenajea a Alejandra mostrándonos cómo se realiza su actividad, la pasión que pone para el contacto espontáneo con sus alumnos y cómo vive, una docente entregada a su actividad por completo.

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El documental tiene momentos de comunión y relax (el asado, por ejemplo) y otros donde hay un interesante debate con Juan, especialista en el tema y amigo de Alejandra, sobre el rol de las familias de los chicos sordos y los pro y contras del implante coclear. Hay riqueza en el acercamiento que atrae (sobresalen los momentos en que ella enseña, son casi mágicos),  pero la austeridad en la toma del material (no hay música de fondo) y el diálogo como referente neurálgico, a veces lleva al film a producir cierta sensación de letanía hacia la segunda parte del recorrido.

Frontini registra con una gran fotografía y logra una llamativa ópera prima, con sabor a tierra adentro. Se agradece el abordaje de la temática (cuántos hay que hacen actividades similares sin reconocimiento ni ayuda oficial?) y esperamos que abra un campo para más miradas críticas y cooperativas.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

La minuciosidad, el amor, la pasión y el detalle con el que Ada Frontini encara la propuesta de “Escuela de Sordos” (Argentina, 2013) excede el análisis de si estamos frente a un filme documental o a una docuficción profunda y sentida.

Alejandra, protagonista de la historia, es alguien que en la dedicación y el esfuerzo trabaja con jóvenes y niños sordomudos para intentar armarlos a que se relacionen con el entorno hostil. Ella es profesora de lenguaje de señas y reeducadora, pero sus alumnos saben que tiene algo que va más allá que la mera descripción y enseñanza, ella puede comprometerse hasta el punto de enseñarles cómo utilizar, por ejemplo, un teléfono móvil.

Alejandra recorre caminos de tierra y va de un lado al otro del pueblo llena de conocimiento y ganas de empujar e impulsar las vidas de aquellos que por cuestiones ajenas a su voluntad se encuentran con el impedimento de escuchar y poder expresarse correctamente.

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Los debates nocturnos con su hermano, en el que un disparador como la viabilidad de un implante coclear o las diferencias entre las señas utilizadas en determinada provincia y localidad, enriquecen un relato estático y tradicional. Ada Frontini no destaca la puesta en escena, siempre el mismo encuadre, la misma luz, la misma dirección de la cámara, para mostrar la reiteración de algunas acciones por parte de la maestra en su cotidianeidad.

Alejandra sube a su viejo Citroën destartalado y va a la escuela, trabaja con alguno de los alumnos, se relaciona con ellos profundamente fuera de la misma, cena con su familia y debate sobre su profesión. Ama profundamente su actividad, sino no se creería la impronta con la que asume sus responsabilidades y la paciencia y el esfuerzo que en cada fotograma Frontini puede desplegar la vocación y la pasión de la docente.

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Es interesante el juego que la directora realiza en varios momentos del filme de incorporarnos en la película hasta el punto de dejar de dialogar con palabras y colocar subtítulos para entender las señas y sólo exhibir charlas en las que las manos se apuran para formar frases y diálogos.

En ese punto del filme sabemos todo sobre Alejandra y sus alumnos y queremos conocer más, o sino ¿por qué nos quedamos con la duda final sobre el envío correcto o no de un mensaje de texto al celular de la maestra?.

Otro personaje quizás no llegaría tan directo como el de Alejandra y eso Frontini lo sabe y es la razón por la cual más que la Escuela (que brinda el nombre al filme) asistimos a una puesta en escena donde el recinto educativo queda en un segundo plano.

En las manos, en los gestos, en cada detalle de las largas y extenuantes clases de apoyo y enseñanza, y también en la resistencia de los alumnos es en donde “Escuela de Sordos” marca una diferencia sobre otras películas de la misma línea y temática. Entrañable.

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