«327 cuadernos»: un escritor releyendo sus pasos

El mayor mérito de una película como «327 Cuadernos» (Argentina, 2015) es poder, a partir del registro personal en cuadernos/diarios del escritor Ricardo Piglia, reinterpretar la historia argentina con una impronta lúdica y erudita que atrapa desde el primer momento.
Porque el realizador Andrés Di Tella acerca, gracias a ese punto de partida personal y en papel de Piglia/Emilio Renzi (seudónimo con el que escribe sus esquelas), imágenes de una belleza inusitada, archivos con los que complementa el relato oral en off y en presencia de una de las mentes más lúcidas que la literatura nacional supo dar en mucho tiempo.
Proponiéndole la idea al escritor de poder recuperar sus diarios íntimos, Di Tella puede hablar de temas dolorosos para el «ser nacional» como el desarraigo, la gesta peronista, la construcción de la identidad, la guerrilla, la lucha, los recuerdos, pero también de temas más personales como su necesidad de plasmar en el papel listas, pensamientos que hoy permiten rastrear su propia cronología y documentarla.

La película deambula entre la reflexión ensayística y la ontología del saber, tomando como partida diarios que en algunos casos solo reflejan un estado de ánimo y posibilitan conocer detalles de ese punto y otros a partir del relato oral de anécdotas del propio Piglia.
Claramente la idea de Di Tella es poder ir avanzando en su narración, pero hay cosas que se lo impiden, como por ejemplo el propio cuerpo del escritor, que necesita tiempo ya no solo para procesar sus diarios, sino para su vida personal.
Pero justamente en esos impedimentos es en que estas oportunidades se convierten en vías de apertura del filme, convocando a amigos personales de Piglia (algunos escritores) para poder completar el ejercicio de acompañamiento que hace con el autor.
A Piglia le da miedo releer sus memorias, de hecho casi se le imposibilita leer su propia letra manuscrita en voz alta, y pese a que, como él lo indica en alguna escena, tuvo intención de trascribir sea a máquina o más acá en el tiempo digitalizando los renglones de los cuidados diarios, nunca pudo afrontarla, porque también un poco es encontrarse con lo que él es.

Algunas máximas sobre el exilio luego de su primera mudanza «nunca más me importó el lugar donde he vivido» también profundizan su necesidad, pese a la negación, de avanzar con sus diarios, porque en ese volver también su mirada sobre su pasado y su propia historia puede iluminar su presente.
Di Tella piensa esta idea: ¿cuál es el presente de un diario? Y la respuesta la brinda en imágenes, porque el presente es Piglia releyendo sus pasos, pero también es la imagen de archivo y es el registro directo del diario aportando información sobre escritores, boxeadores, etc., sobre cuestiones que se han modificado desde su propia mirada, manteniendo intactos los diarios, lo único que nunca cambió a lo largo del tiempo.
La ficción imperceptible que avanza, la música que envuelve el relato con imágenes, las diferentes texturas con las que Di Tella acompaña las palabras van conformando un corpus único en el que el devenir del tiempo y la ausencia del escritor por momentos, configuran una experiencia única, visual, sensorial, vívida, como sólo el cine más analítico y original puede hacerlo.
