«Juste une illusion» (Tiempos de ilusión): La nostalgia de aquellos años

Olivier Nakache y Éric Toledano (Amigos intocables) escriben y dirigen una comedia ochentosa sobre una familia de clase media compuesta por un matrimonio y sus dos hijos varones. Una familia judía, con raíces argelinas por parte de madre y marroquíes por parte de padre. El menor, Vincent, está en pleno paso de la infancia a la adultez: se enamora por primera vez, pero también descubre, en medio de ese crecimiento, que el mundo es mucho más complejo y grande de lo que imaginaba.

Los talentosos Louis Garrel y Camille Cottin dan vida a este matrimonio trabajador que hace todo lo que puede para sacar adelante a su familia. En realidad, el padre los mantiene dentro de una ilusión a punto de romperse: mientras finge ser un hombre corporativo y ocupado, intenta conseguir trabajo después de haberse quedado desempleado, como tantos otros hombres que atraviesan la misma crisis. Por su parte, la mujer va logrando ascender y aggiornarse a los tiempos que corren, lo que le permite crecer laboralmente. Pero las diferencias y los desencuentros entre ellos van más allá de lo económico: han dejado de mirarse y, cuando hablan, discuten.

Sus hijos, mientras tanto, están demasiado ensimismados en sus propios universos como para darse cuenta de lo que pasa entre sus padres. El mayor se las ingenia para montar su propio negocio rentable a partir de la música que tanto le gusta, mientras que el menor lucha por conseguir un pequeño espacio propio en ese dormitorio compartido que cada vez les queda más chico. Si bien debería estar enfocado en preparar su bar mitzvá, Vincent se distrae intentando conseguir una película porno con sus amigos o buscando la manera de acercarse a la chica que le gusta, a quien va encontrando formas de dejarse conocer de a poco.

Con un aire nostálgico que acompaña una lograda dirección de arte y una banda sonora plagada de canciones reconocibles de la época, las idas y vueltas, los encuentros y desencuentros entre los personajes (a los que se suma el particular encargado del edificio donde viven, interpretado por Pierre Lottin) nos permiten acompañar a Vincent en su descubrimiento de ese mundo enorme en el que la identidad, la familia, el amor, las amistades, la religión, los ideales y también las desilusiones van dando forma al adulto en el que se está convirtiendo. Que la película esté atravesada por la mirada del joven le aporta esa impronta tierna y encantadora propia del coming of age.

Una película amena, con un guion divertido e ingenioso y su necesaria dosis de sensibilidad, que nos conecta con aquellos tiempos en los que las cosas parecían más fáciles… hasta que nos dábamos cuenta de que, en realidad, todo era bastante más complicado. Nos traslada a otra época que, como suele pasar con el pasado, miramos con añoranza.

Si bien los nombres de los actores adultos ya son garantía de calidad en sus interpretaciones, sorprende la frescura y naturalidad de Simon Boublil, el joven protagonista.

Después de convertirse en un éxito en su país de origen, es fácil entender por qué. De esas películas para ver en cualquier momento y con cualquier compañía, especialmente en familia. Una historia sencilla y cercana, más que suficiente.

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