«4 historias increíbles»: Viñetas de vínculos

Como su título lo indica, la película que escribe y dirige el cineasta, artista visual y escritor argentino-israelí-cubano Enrique Rottenberg tiene un carácter episódico. Lo cierto es que hay un hilo conductor: un hombre que habla de historias tan distintas entre sí que es imposible saber si hay algo de cierto en todo lo que está contando, historias que exploran el humor y algo del fantástico, todas protagonizadas por el mismo actor ¿y personaje?
Héctor Díaz es quien tiene el arduo trabajo de cargar la película al hombro. Una producción modesta, con un poco de riesgo pero también un humor y enfoque algo anticuado. Todas las historias pasan por la relación de este hombre con alguna mujer.
En la primera de las historias, el protagonista es un hombre que sufre una enfermedad que hace que de a poco vaya quedándose sin palabras. Imposibilitado de repetir la misma palabra, tiene que encontrar una manera de comunicarse en una cita pautada a través de tinder con una profesora de idioma.
La segunda está inspirada en Frankenstein y tiene como centro a un hombre que trabajando en una morgue encontró la manera de intercambiar el cerebro de su mujer para moldearla a su antojo, sin que ninguno de estos terminara nunca de convencerlo, todos demasiado planos y estereotipados.
En la tercera, el hombre desarrolla una app para poder leer los pensamientos, pero con una inteligencia no solo artificial sino también emocional que le brinda consejos sobre cómo conquistar a aquella chica linda que acaba de conocer. Y por supuesto tampoco saldrá como estaba previsto.
En el cuarto y último, el foco parece correrse: Lola Berthet entra en escena como la aparente protagonista, una mujer adinerada y coqueta que compra un misterioso espejo en una casa de antigüedades. El vendedor (interpretado por Roly Serrano) le advierte que es un espejo que dice la verdad, algo que no todos estamos dispuestos a aceptar. El hombre aparecerá después para darle una vuelta a la historia.
Todas estas tramas están atravesadas por una mirada de género que, aunque tenga algún guiño que aparentara querer ser un poco más moderno, se siente bastante rancia. Aunque la premisa diga que su protagonista es un “hombre cercano a los 50”, lo cierto es que el actor ya pisa los 60 y lo emparentan con mujeres siempre más jóvenes.
El humor funciona a cuenta gotas y en general se siente como una serie de malos sketchs televisivos. El nexo entre las historias se siente forzado, azaroso, porque aunque el actor sea el mismo todos los personajes son distintos, con vidas distintas. La salva de a pequeños momentos un absurdo que le permite casi cualquier cosa.
A la larga, se trata de una serie de cuentitos sobre el amor en tiempos de la incomunicación y la desconexión.
