Festival *Asterisco – «Tom à la ferme» (Tom en la granja): Los niños del maíz

La carrera del joven canadiense Xavier Dolan viene como una tromba invasora que ha tomado por sorpresa al cine en los últimos años. Con tan sólo cuatro largos en su haber (más uno por venir) como director y guionista, se transformó desde su debut en 2009 con «Yo maté a mi madre» en una promesa de festivales y carteleras curiosas.
En realidad, proviene del mundo de la actuación, ámbito en el que trabaja desde muy chico y se nota palpablemente en la dirección actoral de sus películas. Siempre provocativo, ágil y escurridizo, *Asterisco nos presenta su último film estrenado, uno de los platos fuertes y más esperados del festival.
Tom en la granja presenta un giro en su corta filmografía, demostrando influencias más clásicas que las exhibidas hasta ahora. Ganadora del premio FIPRESCI en el Festival de Venecia, cuenta la historia de Tom (el propio Dolan) un publicista de Montreal abatido por el fallecimiento de su novio Guillaume.
Quizás para zanjar su dolor, quizás por obligación “moral”, viaja a Quebec, al funeral de Guillaume, y ahí se encontrará con la familia de este. Pero estamos hablando de un pueblo tradicionalista, no se puede conocer la homosexualidad de Guillaume, la madre, entre el dolor y el caos lo niega; y el hermano del muerto es aún peor, enfrenta a Tom, le inventa una novia a Guillaume, y empuja al visitante a aceptar esas reglas, a presentarse como “un amigo” y a callar en la mentira del noviazgo heterosexual.

La situación se irá volviendo cada vez más tensa e intolerable, algo sucede también con el resto de los integrantes del pueblo; algo entre ellos y Francis, el hermano (Pierre Yves Cardinal), y Tom empieza a percibirlo… y no vamos a delatar nada más.
Dolan crea un drama puro, de relaciones humanas, profundo, de secretos y mentiras, de represión y liberación sexual complicada; y le impregna un clima de thriller y suspenso clásico, de intriga paso a paso; casi como si estuviésemos en la época dorada de los films noïr.
Esa granja, esos maizales, se transforman en otro personaje fundamental, algo sucede cada vez que los personajes se adentran en el campo hasta que sus figuras de desvanecen en el dorado negrusco del lugar. Dolan transmite la sensación de opresión, de no poder respirar.
En esta analogía constante de la represión en la cual se habla y no se habla del tema, pareciera que lo que se siente es más que lo que pasa. La historia (una adaptación de la obra teatral homónima de Michel Marc Bouchard) pareciera más pequeña y hasta anecdótica de lo que Dolan la “disfraza” con el ambiente hostil, violento y sofocante.

Tom en la granja atrapa hipnóticamente, pero también transmite su pesadumbre al espectador, que en un momento, por más que no quiera, necesitará despegar los ojos de la pantalla para mirar hacia los costados buscando el relajo que el film no ofrece.
Actoralmente sobresaliente en los tres protagónicos fundamentales, estéticamente subyugante y emocional; no termina de redondearse por determinados excesos en su sistema. Como si el propio director/guionista/protagonista no hubiese sabido frenarse a tiempo (frase contradictoria en un ámbito como este en el que lo que menos se busca son los frenos).
Si Los amores imaginarios sigue siendo su mejor film con esa luz, esos bríos, y esas ganas de todo; Tom en la granja representa al giro, el abandono del jolgorio, tal vez, la caída en cierta realidad oculta. Con sus imperfecciones, este nuevo trabajo de Dolan es un muy digno ejemplar de cine para el debate, de apertura, de fin de los silencios y mentiras. El viaje puede ser agotador, pero la llegada puede valer la pena.
