Festival *Asterisco – «Hawaii»: Los juegos de la atracción

No son muchos los casos en que una ópera prima logra ser considerada una obra de renombre y quede en la historia como un film de culto, por muchas razones, pero principalmente por sus valores artísticos. Menos aún son los casos en que un director, luego de tan auspicioso debut sigue superándose película tras película; subiendo el tope de su propia perfección. Son casos excepcionales, es el caso de Marco Berger.
Berger se dio a conocer en 2008 con el llamativo corto «El reloj» con el que se permitió recorrer varios festivales recibiendo todo tipo de elogios y algún premio. Tan solo un año después lograría su primer largo, «Plan B», un emblema de “la nueva generación” de films sobre temática gay; pero es injusto catalogarlo así, el director había construido una comedia romántica naturalista de esas que se ven muy poco, llena de momentos encantadores y con un tratamiento realista que la convertía en infinitamente humana.
Tras su paso por la tragedia en «Ausente» – en la que salió muy airoso del cambio de registro –, llegamos a su tercer film en 2013(sin contar algunos trabajos colectivos, todos logrados), financiado bajo la metodología del crowdfunding tan en boga ahora,»Hawaii», que luego de ser exhibida en varios mercados y festivales, entre ellos BAFICI, recae ahora en el marco del Festival Asterisco.
Martín (Mateo Chiarino) llega al pueblo intentando quedarse en la casa de una tía; pero ni bien llega se entera que ella ya no vive más allí. Quedándose con su bolsito en un baldío, intenta pasar el verano sobreviviendo mediante changas varias a cambio de dinero y/o comida. En una de las casas que llega para ofrecer su trabajo es la de Eugenio (Manuel Vignau).
Martín y Eugenio se conocen de chicos, de pasar mucho tiempo en la casa de verano y fin de semana del último, la misma que ahora los alberga, pero en otras condiciones.
Eugenio contrata a Martín para arreglos varios, y entre ellos, durante ese caluroso período, surgirá algo más que una relación laboral o una amistad; surgirá o resurgirá.

Al igual que vimos en sus dos largos anteriores (más en el tono de «Plan B»), Berger nos introduce en un juego de seducción constante, consciente o inconsciente, no lo sabemos, no importa. La atracción es mutua y cada vez más irrefrenable.
Pero ojo, no estamos hablando de un film que ponga en tela de juicio las relaciones entre el mismo sexo; acá el freno viene por otro lado. Eugenio y Martín parecieran pertenecer a mundos diferentes, a clases distintas; pero no es la típica historia de la/el niña/o pobre enamorado/a del/a niño/a rico/a; para el director priman las sutilezas.
Lo vemos cuando Eugenio habla sobre el libro que está escribiendo, cuando hacen las competencias de tiro o de carrera, o en varios actos de condescendencia; cada uno pertenece a una formación diferente. Este juego de clases se traslada también a los artilugios de seducción de cada uno, Martín y Eugenio “se aprovechan” de sus “condiciones” para atrapar al otro, llevarlo al límite. Eugenio le regala una malla y ropa interior casi obligándolo a que Martín se desvista delante de él. Martín seduce desde un lado de indefenso, de aquel que necesita de cuidado y ayuda, y disfruta de “sentir” las cosas que pertenecen a su “deseado”.
Ambos son gay, pero ninguno se anima revelarse al otro, repetimos, no pareciera tanto por la condición sexual en sí, como por el miedo al aprovechamiento de clase.
Nuevamente Berger se recuesta en el naturalismo, en los silencios eternos, los lapsus mudos, y el sonido ambiente. Así es como el mundo real se siente. Las personas no hablamos solas, no verbalizamos todo lo que nos pasa, no vivimos conversando las 24 horas del día; hay hechos que los expresamos con gestos, con miradas, con actitudes, pero sin hablar, simplemente contemplando.
De este modo, «Hawaii» mantiene siempre un ritmo constante que oscila entre la felicidad y cierta melancolía, y no decae nunca, pese a que, quizás nos encontremos con más de diez minutos seguidos sin palabra pronunciada.

Este ritmo se siente también en las actuaciones, Berger ha sabido hacer siempre una correcta marcación actoral, y aquí Vignau (que vuelve de «Plan B») y el debutante Chiarino, transmiten lo que tienen que transmitir, amistad y amor naciente.
Si en el primer trabajo de Berger hablabamos de una comedia romántica pura, y Ausente incluía un clima tenso que la acercaba al thriller sin serlo, «Hawaii» es más complicada de encuadrarla en un solo género. Tiene algo de aquel NCA naciente de principio de siglo, pero sin la abrumadora abulia de esos personajes, por suerte.
Los cortes (no fundidos) en negro, y la eterna fotografía soleada ayudan a construir ese clima de enamoramiento eterno. El film, hay que decirlo a todas voces, no flaquea en ningunos de sus ángulos, y pese a su simpleza puede considerarse una pequeña (en el buen sentido) obra maestra de nuestro cine. Todo esto se lo debemos a una básica razón, hétero u homosexual, ¿quién no quisiera vivir una historia de amor como la que Berger nos presenta?
