«Faro»: Transitar el duelo

Esta co-producción entre Argentina y España es la ópera prima en solitario de Ángeles Hernández, un film que transita entre el drama y el terror para retratar a través de metáforas y simbolismos el proceso de duelo de una joven que pierde de manera trágica a su madre.

El mar, capaz de fascinar, de brindar una sensación de tranquilidad pero también abrumar o atemorizar en su inmensidad. Símbolo de la maternidad, del vientre materno. Con ese elemento fundamental comienza Faro.

Un matrimonio y su hija adolescente disfrutan de un momento de paz y relajación sobre el mar. El padre pone la música que les gusta, la joven se echa sobre el bote a tomar el sol y la madre se echa a nadar estilo plancha. De repente unas medusas se acercan a la mujer y ésta pide un auxilio que nadie escucha y se ahoga entre ellas.

Un año después, padre e hija regresan a ese pueblo tratando de sobrellevar cada uno a su manera el dolor con el que cargan. Lidia, la joven, toma pastillas y fue rescatada de un intento de suicidio que le dejó cicatrices en su muñeca. El faro está allí, como acechando. El lugar donde suceden cosas mágicas, le había dicho su madre. Un faro que no funciona, porque debería cumplir con su función de advertir el peligro, dicen en el pueblo. Mientras tanto, algunas desapariciones se hacen notar a través de carteles en la calle.

Escrita por la directora junto a Álvaro Urtizberea y José Perez, Faro es una película de terror intimista que se apoya en escenas ominosas y simbólicas, sueños que la protagonista empieza a tener de manera cada vez más recurrente. La sensación de sentirse atrapada, entre medusas, en medio de un laberinto, o ahogándose en su propia cama, son algunas de las imágenes que consigue plasmar la directora con una fotografía destacable. Buceando entre eso que no se sabe si son fantasmas reales o los que habitan en la cabeza de alguien que lidia como puede con su salud mental tras una pérdida traumática es que se sucede gran parte de esta historia. Sin embargo ese recurso atractivo en lo estético con los simbolismos se agota en su repetición.

La aparición de un joven pueblerino promete brindarle a Lidia un poco de paz, de esa sensación que parece haberse olvidado entre tanta oscuridad, entre tanto peso que amenaza siempre con aplastarla. Algunas de estas escenas están rodadas con un tono más romántico, propio de lo que se siente a esa edad donde la intensidad prima, pero por momentos la hace parecer otra película. Lo que empieza como una amistad toma otros tintes pero pronto también se torna extraño, incómodo. ¿Es ella? ¿O hay algo más?

Esas preguntas le rondan durante gran parte de la película. Porque en su estado frágil no termina de saber en qué y en quiénes confiar. El padre hace lo que puede pero hasta él parece esconder algo, su relación es inestable. Como si toda la realidad que la rodea fuese pura extrañeza.

Faro es una historia de crecimiento enmarcada en el proceso de duelo. Si bien hay otra trama que parecía de fondo y hacia el final cobra relevancia, lo interesante radica ahí, en ese símbolo de luz, de esperanza, lo que nos guía para que podamos salir a flote y llegar a tierra a salvo. Pero en esa inestabilidad que transita su protagonista se cae también la película, que parece ahogarse en escenas reiterativas y agujeros de guion hasta que, quizás más tarde que temprano, logra emerger con su necesaria resolución. Lo mismo sucede con el terror, no es una película que se entregue al género más allá de algunas imágenes potentes. Es un drama bastante adornado de terror.

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