Entrevista a Tatiana Mazú y Joaquín Maito, directores de “El estado de las cosas”

En “El estado de las cosas” (2014) Tatiana Mazú y Joaquín Maito se meten de lleno con el mundo de los remates de objetos. Con su particular mirada y atenta dedicación, la historia de cómo las cosas pasan de mano en mano con un dejo nostálgico, atrapa desde un primer momento. En esta entrevista los directores cuentan cómo fue acercarse al mundo de los remates para crear uno de los documentales más interesantes de los últimos años.
¿Cómo llegaron al mundo de los remates?
Hace cinco años que empezamos a dedicarnos a la escenografía y vestuario para cine. O eso intentamos empezar a hacer con “Los Espigadores”, colectivo de directores de arte del que formamos parte junto a Gabriel Sassaroli. Este oficio nos encuentra revolviendo ferias americanas, mercados de pulgas y hasta la propia basura en busca de objetos de utilería única y barata o gratuita -de ahí el nombre “Los espigadores”, entendiendo el espigar como juntar las espigas que han quedado del rastrojo-. Así conocimos “Artigas 1030”, el remate en el cual transcurre la película.
¿Cómo decidieron qué querían mostrar de ese mundo?
Empezamos a ir a Artigas 1030 y nos empezó a resultar profundamente llamativo cómo el rematador, Andrés, era capaz de vender literalmente cualquier cosa, por más que se tratara de una valija llena de impresoras fuera de funcionamiento. Empezamos a observar a las personas que habitaban ese lugar. Comenzó a llamarnos la atención el nivel de ironía absurda que se daba en estas relaciones afectivo-mercantiles entre las personas y los objetos, lo mucho que se ponía en evidencia en la plena cotidianeidad aquello que Marx llama fetichismo de la mercancía. El momento en que nos empezamos a tomar realmente en serio esta idea fue una vez que fuimos y estaban preparando un brindis de fin de año. Esta situación de comprar-vender todo el tiempo y ni siquiera parar para brindar, nos pareció una gran ilustración irónica de la lógica de mercado que nos rige actualmente, que jamás se detiene o duerme. Un año después estábamos filmando un nuevo brindis de fin de año.
¿Les dio curiosidad o compraron algo que les llamó la atención durante el rodaje?
La asistente de dirección, mientras rodábamos, se tentó con un gran lote de CD’s originales de diversas bandas. Eran realmente muchísimos, una colección, y le pareció que estaban vendiéndose baratísimos. Ofertó y ganó la subasta. Al finalizar la jornada de rodaje, cuando fue a pagar, se dio cuenta de que el precio que había ganado era por unidad y no por el lote total. La suma era relativamente alta y abandonó los discos. También en esos días nos compramos una cámara fotográfica espía. Y nos arrepentimos mucho de no haber comprado la botella-caja musical de Ginebra Bols, con la pareja bailando dentro, que se ve en la película.
La idea de los objetos como continuidad de los seres a los que les pertenecían sólo está presente en alguna de las entrevistas a los rematadores, ¿por qué creen que a ellos les surge esa idea?
Creo que hay en algunos de los personajes una especie de culpa (que no se malentienda) con respecto a su oficio. Quizás hacia dónde guiábamos las entrevistas, el tipo de cosas que les preguntábamos y que nos llamaban la atención de lo que nos contaban hacía entrar un poco en contradicción en ellos mismos lo que hacían con lo que sentían. Algo así como si ese distanciamiento que nosotros aplicamos a la hora de plantar la cámara y narrar la película se hubiera trasladado a la situación de entrevista y ellos hubieran podido observarse desde afuera a través del diálogo. “(…) Estoy vendiendo los afectos de la gente… pero bueno, es mi laburo (…), dice Estela, anticuaria del Mercado de las Pulgas.
¿Cuánto tiempo investigaron sobre el tema antes de rodar?
Como decíamos, es un mundo que frecuentamos por nuestro oficio. Ya veníamos observándolo hacía tiempo. Y también el punto de vista conceptual a la hora de abordarlo y que se plasma en la película, nos es propio en términos ideológicos en todos los aspectos de nuestras vidas. Lo que sí hicimos fue llevar al director de fotografía, al productor, al sonidista y al músico al remate para que conocieran las dinámicas del espacio, los personajes, los tiempos propios de esa tarea. Al margen de eso, “El estado de las cosas” fue una película que se hizo en muy pocas jornadas, distribuidas a lo largo de varios meses -cuando los equipos de Francisco Bouzas, nuestro director de fotografía, no estaban siendo alquilados y podíamos usarlos gratuitamente-. Esto implicaba que entre jornada y jornada pudiéramos tomarnos el tiempo necesario para pensar y repensar la que seguía.
¿Cómo seleccionaron a los entrevistados?
Entrevistamos solamente a la gente que se nos acercó mientras estábamos filmando en el remate, a todos aquellos que nos hicieron preguntas y se sintieron interesados por lo que estábamos haciendo. Les propusimos realizar una entrevista y aceptaron inmediatamente. Todas las entrevistas que hicimos aparecen en la película y, a la vez y fortuitamente, son las entrevistas que habíamos pensado en hacer a la hora de escribir un pseudoguion: aquellas que «cubrieran» cada uno de los involucrados en el proceso de compra-venta. Estamos muy contentos y agradecidos para con nuestros personajes y con los resultados de las entrevistas. Creemos que son un punto fuerte de la película.
¿Cuánto material quedó fuera?
Sobre todo, mucho material de las entrevistas. Damos fe que todo el descarte de cada una de ellas no tiene ningún tipo de desperdicio. Fue una tarea ardua editarlas junto a Josefina Llobet, que creo que nos ayudó muchísimo a llevarlas a buen puerto. ¿Cuáles son sus expectativas ante el estreno? Las películas están hechas para ser vistas. Es para lo que todos los que las hacemos -o la mayoría, para no generalizar- salimos a filmar. En ese sentido, la situación de estreno se plantea como el gran momento en que los ojos de los espectadores deben direccionarse hacia lo que uno ha hecho, compulsivamente. Uno estudia cine, se forma, crece, filma con un ideal de estreno de cuento de hadas, donde la película se mantiene muchas semanas en cartel, se inunda de público las salas y se difunden muchísimas notas y críticas.
Pero en la práctica, es necesario deshacerse de estas expectativas porque lamentablemente no se condicen con la realidad que atravesamos: para una película independiente -sea innovadora formal y temáticamente, sea una película política o militante- es muy difícil concretar un estreno acorde a las expectativas soñadas, porque hoy por hoy no existen políticas de apoyo a la exhibición y distribución del cine nacional que se realiza por fuera de las grandes productoras. Igualmente, estamos contentísimos con el estreno y haremos todo lo posible para llevar gente a las salas. Esto es también y ante todo un impulso para seguir haciendo películas.
¿Creen como uno de los rematadores que ”TODO SE PUEDE VENDER”?
Sí. Vivimos en un mundo signado por la explotación del hombre por el hombre. Esto implica que las relaciones estructurales que se dan entre las personas son históricamente económicas. El mercado influye en la forma en la que amamos, comemos, nos hacemos amigos, habitamos el espacio y utilizamos nuestro tiempo. También en cómo filmamos. En ese contexto, todo se vende, como diría Andrés. Y si retomamos ese “todo” es porque es literal: desde una caja de llena de tuppers usados hasta los propios seres humanos.
