«El tren fluvial»: Soñar, soñar

«There is an unknown land full of strange flowers and subtle perfumes, a land of which it is joy of all joys to dream, a land where all things are perfect and poisonous».
Oscar Wilde – El retrato de Dorian Grey
El largometraje dirigido por Lorenzo «Toto» Ferro y Lucas A. Vignale, fallecido este año de manera trágica con solo 28 años, es una película madura y conmovedora sobre la parte temprana de la vida, sobre esa época donde todo siempre resulta nuevo y enorme y tentador, extraño y fascinante.
Milo (Milo Barria) es un niño presionado por su padre para ser un gran bailarín de malambo. Sin embargo no es ese el destino con el que sueña él. Como muchos niños, sueña con irse y hacer su vida, dejar de depender de las miradas e imposiciones de los demás, viajar y conocer la ciudad; una mirada alimentada por las películas que mira. Ahí aparece Favio, con una de sus películas desde una pantalla de televisión, pero en realidad el legendario director está todo el tiempo, con una mirada poética sobre la infancia, los personajes marginales y la mezcla entre realidad y fantasía.
El viaje que realiza Milo empieza de manera organizada y meticulosa, encargándose de armar el escenario y momento ideal para irse, para que no lo frenen ni se lo impidan. Pero a medida que éste sucede, las cosas van saliendo de un modo más incierto. Los personajes que se cruzan en su camino son igual de impredecibles. Se trata de aprender a dejarse llevar. Mira, escucha, se sorprende y avanza.
Ferro y Vignale filman ese recorrido con una sensibilidad profundamente ligada a la imaginación infantil. Hay algo de cuento, de aventura y de sueño en las imágenes, pero también una sensación de posible peligro que impide que la película se vuelva ingenua. Como en Favio, los personajes parecen habitar un mundo donde la ternura y la tristeza pueden convivir en un mismo plano. Además se puede percibir la influencia más cercana en tiempo y espacio de Luis Ortega, quien dirigió a Ferro en El Ángel. Cierta fascinación por personajes que se mueven al margen de las reglas y una mirada capaz de encontrar belleza en aquello que, a primera vista, puede resultar extraño o incómodo.

La ciudad para Milo será un territorio enorme, misterioso y peligroso. Es decir, como la vida. Pero la mirada de sus jóvenes directores la imprimen de una belleza y poesía que para encontrarla a veces hay que saber buscarla. La interpretación del joven actor protagonista le aporta naturalidad a la película, dando lugar a una conexión emocional que evita que el film parezca demasiado calculado o frío. Entre los secundarios aparecen Rita Pauls, Fabián Casas y Pehuén Pedre.
Una película pequeña en escala pero enorme en aquello que intenta capturar, esa sensación de estar descubriendo el mundo por primera vez. La infancia como una tierra desconocida, llena de flores extrañas, perfumes sutiles y peligros que todavía no sabemos reconocer. Una tierra a la que alguna vez todos pertenecimos y a la que el cine, de vez en cuando, nos permite regresar.
El título encuentra otro posible germen de inspiración en un poema que, al igual que sucede con la película de Favio, aparece de manera directa, en este caso desde su narración. Viaje estival con Lucio está escrito por Francisco Madariaga recita
Todo aquello quedaba atrás, y el sueño del viejo
tren casi fluvial nos envolvía.
Sin una estructura clásica y con tiempos que priorizan la contemplación y sensaciones antes que la acción, El tren fluvial es una especie de gema dentro del cine nacional. Una película que exige un espectador dispuesto a dejarse llevar, a construir su propio sentido del viaje mientras acompaña a un niño que, sin proponérselo, lo invita a mirar el mundo de la misma manera en que alguna vez supimos hacerlo: cuando todavía éramos niños y todo estaba por descubrir.
