“Deadpool”: Súper pistola

Después de muchas idas y venidas, finalmente Deadpool logró tener su propia película: Las dudas, sobre todo luego de su fallida intervención secundaria en X-Men Origins: Wolverine abundaban, más aún cuando se anunció que repetiría el mismo interprete, Ryan Reynolds, cuyo currículum poniéndole la piel a superhéroes no era el mejor.
El personaje no es de los más sencillos en llevar a la pantalla, prueba de ello el fallido intento en aquel film de Gavin Hood. Entonces, lo primero que hay que decir para tranquilidad de los fans; la prueba ha sido superada. Deadpol es un film que no engaña. Desde sus primeras imágenes promocionales, sus múltiples y llamativos afiches, y trailers; podíamos adivinar cómo vendría la mano. Estamos frente a una comedia más que a un film de acción o aventuras (llamar a Deadpool Superhéroe sería complicado).
Desde los “originales” créditos iniciales (prepárense para tararear el clásico naif Angel of Morning durante días), uno de los mejores momentos del metraje, la sonrisa se instala en la cara y la carcajada se suelta a raudales sin abandonarla nunca. Estamos en medio de algo no convencional. Wade Wilson/Deadpool le habla a los espectadores, se ríe de todo, provoca, maneja referencias constantes a la cultura pop, se mofa de su productora, de su universo comiquero, de los clichés típicos de toda película de este género, y principalmente apunta sus mejores dardos al mundillo de Hollywood, Hugh “Wolverine” Jackman, y Ryan Reynolds, el actor detrás de la máscara.

La historia es sencilla, y quizás ese sea el punto debatible del asunto. Mediante constantes flashback nos presentan a Wade Wilson (Reynolds), un matón y asesino a sueldo de poca monta pero eficacia comprobada. Es una historia de amor (y una bastante buena en tiempos de San Valentín), en un bar conoce a su enamorada Vanessa (Morena Baccarin, dando justo en la talla para los requerimientos del personaje), la atracción es inmediata, pasan los años, se fortalecen, llega la desgracia. A Wade le descubren cáncer con metástasis varias, sin ninguna solución, por lo menos no de las tradicionales.
En el bar de su amigo hace su aparición un hombre de traje que propone curarlo haciendo despertar los genes mutantes en él (es el universo de X–Men) para que luego se una a una supuesta liga. Desesperado acepta, pero las consecuencias son terribles, el científico y villano principal Ajax/Francis (Ed Skrein) lo somete, tortura y desfigura su rostro.
De ahí en más, a la utilización del traje, la desaparición de la sociedad, y la búsqueda de venganza ya convertido en Deadpool, un implacable asesino a sueldo. Decimos que el argumento es lo más debatible, porque allí dónde Deadpool brilla en sus dardos cómicos, no es tan eficaz cuando de aventura se trate. Sus villanos, sobre todo el principal, Ajax, adolecen de peso narrativo y escénico.

Las escenas de acción son resueltas de modo apenas correcto, discreto. Algo similar sucede con los dos X-Men que aparecen en pantalla Colossus (voz de Stefan Kapicic) y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand). Como se burla el protagonista, son personajes de segunda línea, sin mucho más para agregar. Como si todo girase alrededor de Wade/Deadpool y sus constantes y muy eficaces humoradas, todo está puesto al servicio de ello, y lo único que sobresale es Vanessa por la solvente labor de Baccarin, su imponente presencia en pantalla y la química que logra con Reynolds.
Lo fundamental es que tal y cómo está concebida la propuesta, esta falta de peso argumental, no perjudica en gran medida al resultado del film del debutante Tim Miller. Deadpool es una comedia, uno entra a la sala a ver eso, y en ese aspecto, brilla, es novedosa (la ruptura de la cuarta pared, y la autoconciencia de “ser una película” es un hallazgo perfecto para la complicidad) y nos hace pasar una estadía muy placentera. Reynolds está a la altura de la circunstancia, y hasta aporta algún peso dramático en las contadas escenas serias; logra reivindicarse luego de tres intentos infructuosos en el mundo de lo heroico.
Deadpool probablemente sea un film menor no destinado a ser el tanque más grande del año (para eso, su productora Fox tiene otra entrega de la saga X-Men); ni siquiera intenta serlo. Es un pasatiempo alegre, zafado, irreverente, lleno de doble sentido (ojo padres que se tienten frente a la posibilidad de las copias dobladas), y brioso. Tal cual los orígenes del comic, violencia y carcajadas en dosis similares. Ideal para un balde gigante de pochoclo.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
El personaje Deadpool es un personaje de quiebre dentro del universo Marvel, tan alejado de estereotipos del héroe clásico que se acerca, en la adaptación fíllmica de Tim Miller “Deadpool”(USA, 2016) a la reciente “Ant-Man”, principalmente en cuanto a no tomarse en serio el cine de comics y reinventar un nuevo sistema narrativo que además centrifuga la cultura popular en cada escena.
“Deadpool” se centra en Wade Wilson (Ryan Reynolds), un matón que un día ve como su mundo perfecto junto a su mujer (Morena Baccarin) y sus anhelos se derrumban al detectarle un cáncer terminal e irreversible. Mientras toma la decisión de alejarse de Vanessa (Baccarin) le aparece una posibilidad de entrar en un programa que lo convertirá en un ser poderoso, pero nunca terminan de aclararle las verdaderas consecuencias.

Así, desde la clandestinidad, no sólo deberá intentar buscar venganza y aniquilar a aquellos que no fueron claros a la hora de ofrecerle la panacea, sino que, además, deberá mantenerse alejado de su mujer para evitar que ella vea cómo realmente es. Leyendo así la simple línea de la historia, uno puede pensar que una vez más la venganza como motor frente a la inevitable aceptación de lo imposible de revertir (en este caso la apariencia), puede ser reiterativa como tema del universo creado por Stan Lee (que por cierto tiene en “Deadpool” uno de sus más divertidos cameos), sino basta ver los conflictuados Hulk y La cosa, como para mencionar sólo a dos personajes, pero en “Deadpool”, el humor es aquello que termina redoblando la apuesta y reforzando su idea central.
Wade es un malhablado, buscapleitos, negador de la realidad y que a fuerza de puño y patadas se ha hecho un lugar dentro del mundo de la lucha contra el crimen. Si bien intentó mantenerse alejado de la captura sentimental, al conocer a Vanessa su idea sobre las relaciones cambian, y así como la película va y viene con flashbacks hasta el momento inicial de su poderosa transformación y lucha, también sus pensamientos mutaron al enfrentarse primero a la cruel realidad de la enfermedad y su mortalidad, y luego ante un cambio inevitable que lo convirtió en un ser de la oscuridad.

El hábil e ingenioso guión de Paul Wernick y Rhett Reese, además, pudieron condensar no sólo el cinismo y la ironía del personaje, sino que, además, fueron más allá potenciando esa veta única e inimitable de Deadpool con las mútiples referencias a la cultura más popular, aquella a la que el personaje termina perteneciendo. Si Ryan Reynolds hace bromas con sus anteriores participaciones como héroe de filme basado en comics (por favor no me den un traje verde), es también porque acepta que el contrato de lectura de “Deadpool” permite la infinidad de licencias en las que la identificación del espectador evitará considerar a la película como un filme de ruptura.
La presencia de la mirada a cámara (más allá que detrás de la máscara del personaje no veamos los ojos) y la mención constante a la cuarta pared y su corrimiento, también hacen de “Deadpool” un objeto interesante más allá de su propuesta, en la superficie, de filme de género. En “Deadpool” se hace todo bien, y el disfrute es innegable e imposible de no asumir que estamos ante una de las comedias más bizarras e irreverentes, en el buen sentido, que el cine americano ha dado en los últimos años.
