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“Al Final del Túnel”: Gente detrás de las paredes

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A pleno con la temporada alta de estrenos nacionales, esta semana llega a cartelera una grata sorpresa destinada a convertirse en pasión de multitudes. La jugada de Rodrigo Grande era arriesgada, pasar de la escritura y la dirección de dos films de estructura pequeña, local, cotidiana si se quiere; a una película industrial, a gran escala. Por más que él mismo en la conferencia de presentación del film lo haya negado y dicho que cuando presentó el proyecto no pensó que se convertiría en algo tan grande.

El realizador de las rosarinas Rosarigasinos y Cuestión de Principios se anima a más y presenta Al Final del Túnel, diferente a las dos anteriores pero manteniendo su estilo propio. Con buena recepción de público y crítica, los dos trabajos anteriores de Grande ya se animaban al género, a la comedia ambas, y al policial y cine de mafias en el primer caso.

En el caso de Al Final del Túnel redobla la apuesta en una historia de suspenso y tensión que atrapa desde el principio y realiza todos los giros necesarios para que esa sensación nunca decaiga. Joaquín (Leonardo Sbaraglia) es un técnico en computación, que vive encerrado en un típico caserón porteño oscuro de estilo de principios del Siglo XX, postrado en una silla de ruedas. Pasan pocos minutos hasta que hace su aparición Berta (Clara Lago) con su pequeña hija que hace algunos años dejó de hablar repentinamente. Ambas responden a un aviso buscando inquilino para el piso superior de la casa.

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Pese a la reticencia inicial, Joaquín termina cediendo, y Berta y la pequeña terminan alquilando y entrando en su vida. Pero hay algo más; la casa de Joaquín se encuentra en el medio entre un banco y otra casa que una banda de ladrones liderada por el despiadado Galereto (Pablo Echarri) ¿alquiló? para poder realizar un robo en las cajas fuertes de la entidad bancaria mediante un túnel conector. Joaquín sabe de los planes de sus “vecinos”, se obsesiona, los escucha con micrófonos, los espía con cámaras, está atento a todos los pasos que piensan dar. De acá en más comienzan los constantes giros que por acá no se adelantarán.

Si el argumento se presenta como típico para un film de género, Grande se encarga de llenar el ambiente de detalles. La casa representa el estado de ánimo de Joaquín, quien en un pasado parece haber perdido a su familia; y Berta viene traer luz y pasión (no sólo sexual) a esa zona apagada. A modo de los grandes directores del suspenso – De Palma, Chabrol, Spielberg en boca del propio realizador, y si Hitchcock – no debemos distraernos un solo segundo, el meticuloso guión inteligentemente nos irá indicando qué debemos recordar para el desarrollo posterior de la historia.

Nada está puesto allí al azar, pensado todo como gran juego en su conjunto. Otro gran aporte lo encontramos en el rubro interpretativo. Previamente Grande había demostrado ser un sólido director de actores, aquí los guía a cada uno en personajes que a simple vista parecen lugares comunes, pero que lejos están de ser puntos encasillados. Pablo Echarri (quien también oficia como productora con su empresa El Árbol debutando en cine) aprovecha la pantalla grande para escaparle al galán, para mostrarse en personajes distintos, su Galereto es un villano para temer, sombrío, turbio, sin ningún prurito ni piedad, y el actor lo interpreta desde la postura, los gestos adustos, y la mirada negra y penetrante. Lo mismo para Clara Lago que es fuego puro, una bomba, que también sufre y lo hace sentir.

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Un plus es su perfecta porteñización que no se queda solo en las voces sino que adopta posturas y modismos propios de nuestras mujeres. Sumémosle una participación de Federico Luppi (¿podemos hablar de actor fetiche del director?) pequeña pero fundamental y magistral en su composición. Párrafo aparte para un Leonardo Sbaraglia que no deja de maravillarnos.

El carisma le brota de los poros. No necesita hablarnos de su historia para comprender todo el dolor que sufre (¡esa escena de llanto! invita a acompañarlo). Se adentra en la obsesión y lo seguimos en todas sus decisiones y cambios. Además, el agregado de unas destrezas físicas increíbles en el manejo de la silla de ruedas y los movimientos de un cuerpo semi muerto en condiciones complicadas. No nos queda otra que aplaudirlo de pie. Film en Co-Producción con España, es un lujo notar como las uniones cinematográficas entre ambas países se fortalecen cada vez más en calidad con el tiempo, otorgando resultados tan nobles como este.

Al Final del Túnel es de esos grandes films de que producen sensaciones para la historia; no es uno más. Un dechado de suspenso, con dosis de acción, y una comicidad natural imposible de resistir. Rodrigo Grande cambia de registro, juega en las grandes ligas, pero mantiene vivo ese espíritu lúdico que lo caracteriza. Al espectador no le queda otra que aferrarse a la butaca y disfrutar de un juego que nos invita a dilucidar cuáles serán los próximos pasos. Lo anticipo, estamos frente a una de las mejores películas de este 2016.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

El cine de género nacional pocas veces atravesó un momento tan pleno e interesante como el actual. No importa si se trata de cine de terror, acción, o comedia, sí importa que, al tomar las bases de estos y crear una propuesta o producto, se pueda consolidar un verosímil, utilizando estereotipos, que, al menos, al ser adaptados, puedan aportar una mirada local sobre historias que ya fueron contadas desde otras latitudes.

Y el caso de “Al final del túnel” (Argentina, España, 2016), del realizador Rodrigo Grande (“Rosarigasinos”, “Cuestión de Principios”) no es la excepción, todo lo contrario, porque en la historia de Joaquín (Leonardo Sbaraglia), un hombre al que una tragedia familiar lo terminó por dejarse perder en la oscuridad de su casa, la que habita sin siquiera intentar ordenar y limpiar.

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En su casa Joaquín se siente poderoso, y en la silla de ruedas en que se encuentra va y viene apresurado por el tiempo y las obligaciones que él mismo se ha impuesto sin que nadie le solicitara nada. Pero todo cambiará cuando un día decida alquilar una de las habitaciones de la casa para juntar algo de dinero para sus proyectos relacionados con la tecnología, llegando una mujer (Clara Lago) y su hija y modificándole las rutinas que él y su perro tenían.

“Al final del túnel” a partir de ese momento comenzará a narrar otra historia, una mucho más luminosa en la que el vínculo entre el hombre y la mujer, intentarán explicar cuestiones relacionadas a la vida, la muerte, los deseos y las pasiones hasta que, claro está, la trama se complejice por la incorporación temática del robo a un banco que se cometerá desde el galpón lindero a la casa de Joaquín.

Grande construye un relato atrapante, que va perdiendo fuerza hacia el final, y que necesita del “robo al banco” para poder seguir contando la historia de Joaquín, su drama personal (del que nunca sabremos mucho más que en un accidente automovilístico perdió a alguien importante en su vida y fue lo que lo terminó postrando en una silla de ruedas) y la incapacidad para poder relacionarse con el mundo y el sexo opuesto.

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Pero cuando Berta (Lago) comience a invadir ese oscuro mundo junto a su hija, Joaquín caerá rendido a sus pies, por lo que esa parte del relato en la que el filme potencia su costado de historia que busca en la atracción de opuestos la guía, será la más fresca y a la vez honesta que se presente. Porque luego el filme se va complejizando, al sumar las historias particulares de los miembros que participarán del robo al banco, y, principalmente del vínculo de uno de ellos (Pablo Echarri), con Berta y su hija.

En la ambición de Grande de querer sorprender con algunos giros, en la necesidad de explorar la oscuridad de los personajes, y, básicamente en la decisión de dejar de lado algunas cuestiones relacionadas a personajes secundarios, que aparecen graficados de una manera burda (el policía que interpreta Federico Luppi, o el costado reforzado de la mujer de la banda), “Al final del túnel” no logra potenciar su relato, el que, si hubiese sido narrado de manera mucho más limpia, bien podría haber sido la gran película de género que el cine argentino aún está debiendo.

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