«The housemaid» (La empleada): Nada es lo que parece

El director Paul Feig, generalmente asociado a la comedia pero que ya ha venido coqueteando con el thriller, se pone tras la adaptación del best seller «La asistenta», de Freida McFadden. Esta historia que tiene intriga, misterio y una necesaria dosis de erotismo y violencia está protagonizada por Sydney Sweeney y Amanda Seyfried.

Cinnamon in my teeth
From your kiss
You’re touching me
All the pills that you take
Violet, blue, green, red to keep me
At arm’s length don’t work
You try to push me out
But I just find my way back in
Violet, blue, green, red to keep me out
I win

Atrás quedó la época de los thrillers eróticos de los 90, cursis y algo grasa pero con una osadía y tratamiento cuestionables en estos tiempos. Acercarse a ellos ahora suele implicar una mirada nueva, con mujeres que se salgan del rol de simple objeto de deseo, fetiche o sexualización. «La empleada» intenta repensar ese subgénero y consigue alejarse lo suficiente y abrazar otro poco aquello que lo hacía atractivo, ese tono por momentos exagerado y algo ridículo.

Teniendo como base uno de esos libros que, aseguran, se leen rápido, atrapan, no se pueden soltar. La historia empieza con Millie Calloway, una joven que acude a un aviso de trabajo a simple vista demasiado perfecto. Ella también parecería estar sobrecalificada para el trabajo, pero en realidad es una mentira, la primera que descubriremos como espectadores: vive en su auto, su única posesión, y se percibe como una de esas mujeres que han tenido que aprender a la fuerza a sobrevivir en un mundo no siempre amable. La empleadora, Nina Winchester, también muestra en esa primera entrevista un rostro que pronto se desvanece: se la percibe educada y calma pero cuando finalmente la contrata, con un trabajo de buena paga y cama dentro, empieza a mostrar atisbos de un desequilibrio mental donde puede romper cosas, gritar y enojarse sin razón.

El trío se completa con Andrew, marido de Nina, un hombre aparentemente paciente y protector, siempre dispuesto a calmar las aguas cuando Nina estalla en uno de sus ataques. Además está la niña, la hija que parece difícil de conquistar para Millie, cuyo trabajo consiste en mantener la casa limpia y ordenada pero también hacer mandados y un poco de niñera. Millie se encuentra en una situación que se le va presentando cada vez más hostil pero cuenta con Andrew, cuya disposición parece estar siempre disponible para sus mujeres.

En esos gestos de amabilidad e interés que percibe de Andrew es que Millie empieza a sentirse seducida, como vista por primera vez en mucho tiempo, como si él fuese la única persona en esa casa tan particular que la entiende o al menos la acompaña un poco, la escucha. Es entre ellos donde empieza a jugar la parte del thriller erótico, con cuerpos que se acercan y sienten temblar, no sólo por la atracción sino por esa sensación de lo prohibido, lo peligroso. Feig y sus actores se divierten en este aspecto, con escenas con un erotismo barato y a veces tan cursis como una musicalizada por Lana del Rey -cuya letra de la canción sorprendentemente se introduce en la trama con mucho sentido.

Pero nada será idílico ni transparente. Las capas se irán revelando, alguna más tarde que temprano. El guion, adaptado por Rebecca Sonnenshine, va planteando diferentes pistas pero, como podemos imaginar, se trata de una de esas tramas con vueltas de tuerca que hacen difícil hablar de ella sin que a una la acusen de dar spoilers. En el medio quizás quede algún otro personaje desaprovechado pero el modo en que se vuelca al terror, hasta con algún eco a Jane Eyre incluido (y por supuesto a El cuento de la criada, de manera menos sutil), no se siente forzado. A la larga es una historia de secretos, mentiras, locura y venganza, a lo que se suma las dinámicas de clases.

El trío de actores hegemónicos, que se suman a este juego de lo perfecto que parece lucir algo que es evidente que no lo es, se entregan a la propuesta pero no todos con la misma soltura y talento. Amanda Seyfried, actriz que ha crecido mucho en estos tiempos (y para quienes no se han convencido aún tendrán que esperar un poquito más para verla en The testament of Ann Lee), es sin dudas quien se destaca y mejor entiende el juego al que se presta. Su registro entre la calma y la locura elevan una película que de todos modos nunca pierde el interés y que aún entre la oscuridad por la que navega la historia cuenta con una justa dosis de humor.

Se trata de un thriller ideal para el verano, lo suficientemente intrigante y entretenido, uno de esos placeres culposos a los que no les exigimos tanto. Es pasatista, ni tan audaz ni tan provocadora pero eso no le impide dejar su impronta feminista.

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