«Tenemos que hablar»: Galperín desafía a la crisis con una original cena de cumpleaños

En un inicio de 2026 marcado por la crisis en la industria cinematográfica local, donde no hay fondos desde el INCAA para producir ya desde principios de 2024, el estreno de una película como «Tenemos que hablar», de Mariano Galperín, se siente como un acto de insurgencia cultural. Sin dramatizar, utilizar el ingenio para enfrentar las imposibilidades y hacer arte, tiene su mérito.

Ya lejos de la importante producción indie del cine argentino de hace unos años, promover una realización sin contar con capitales del streaming o algún gigante de la industria global local, se hace prácticamente imposible. Por suerte, no ha sido esto un impedimento para que el legendario Mariano Galperín (“1000 boomerangs”!), luzca una audacia formal envidiable, para recordarnos que el milagro de lo auténtico todavía puede filtrarse por las grietas del sistema.

La premisa de la película es, en sí misma, una transgresión al ritmo frenético del streaming actual. Un grupo de amigos y conocidos se reúne para celebrar el cumpleaños número 55 de un exitoso empresario en una casa elegante. Hasta aquí, el escenario podría parecer una comedia dramática convencional de reuniones sociales. Uno podría esperar diálogos filosos, situaciones cambiantes, personajes que irrumpen en la escena… Sin embargo, Galperín decide romper el contrato del diálogo: en la cinta no escuchamos lo que los personajes se dicen formalmente, sino lo que les pasa por la cabeza. Sí, como leyeron. Ésta es una peli donde no hay voces físicas, sino “mentales”, por así decirlo.

Este elemento cambia radicalmente la percepción del espectador. Este formato —un verdadero ejercicio de estilo, audaz— nos sitúa en un lugar de «voyeurs» de la psique humana. En lugar de la cortesía social y formal de una cena, oímos pensamientos sobre apuestas, malestares físicos, paranoias, depresiones y el deseo reprimido de fumar de nuevo. Nos descoloca, nos incomoda, pero a la vez nos atrae. ¿A quién no le interesa saber que piensa realmente otro, más allá de lo que exprese verbalmente?

Y como siempre digo (no digo yo, lo dice McLuhan) “el contexto es el texto”… La película, que dura poco más de una hora, fue rodada en una sola noche y con mínimas pautas para la producción. En una industria local asfixiada por la falta de fondos, donde los títulos parecen más activos financieros que historias, Galperín demuestra que la creatividad es la única moneda que no se devalúa. Con ingenio y colaboración de colegas, logró armar un cast muy interesante y generar una película en tiempo récord.

A pesar de los pocos medios con los que se contó, la edición de la película sorprende por su ajuste y precisión, logrando sincronizar las imágenes de la velada con textos grabados previamente en estudio.

El elenco es, sencillamente, un lujo para la escena nacional: Marina Bellati, Luis Ziembrowski, Moro Anghileri, Guillermo Pfening y Diego Cremonesi, entre otros. Destaca especialmente Bellati, quien aporta el nervio cómico y expresivo a través de sus gestos, en una interpretación que debe sostenerse sin el apoyo del diálogo hablado. Ziembrowski, interpretando a un ganadero argentino radicado en Australia y primer amor de la anfitriona, encarna perfectamente la pedantería y la incomodidad que atraviesa todo el relato.

Es cierto que el argumento se centra en una «clase acomodada», lo cual podría restarle interés a ciertos públicos que busquen temáticas más transversales. Asimismo, el ingenioso formato de escuchar solo lo que los actores y las actrices “piensan”, puede resultar poco natural, ya promediando el film, con lo cual la tensión va perdiéndose a medida que el metraje avanza. Es lógico pero eso no resta valor al tono de la propuesta.

«Tenemos que hablar» es una pequeña gema dentro de la carrera de Galperín, quizás no tanto por el resultado final (recordemos que ésta es casi una experiencia sensorial en sí misma), sino por la valentía de seguir rodando en un contexto como el que atraviesa al cine argentino.

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