«Victor Frankenstein»: la trasnformación

Hay veces que es preferible mantener vivo el recuerdo de un clásico del cine o la literatura para lograr que este permanezca en el imaginario popular de la mejor manera. En otras oportunidades es loable intentar reflotar, principalmente por los grandes estudios, historias que supieron conocer el éxito y que pueden llegar a revisitarse una vez más aportándole algo nuevo y generando un producto superador de la fuente que lo inspiró.
Pero hay veces que un clásico es un clásico, y en el placer de género también está incorporada esta impronta que exige en el visionado el reconocimiento rápido e instantáneo de las condiciones en las que se lo recuerda, y el sumarle mucha información o tergiversarla puede ser una mala decisión.
Estas son algunas reflexiones que surgen luego de ver «Victor Frankestein» (USA, 2015) de Paul McGuigan, un realizador que se ha destacado hasta el momento por producciones potentes relacionadas a la cultura popular como «Push», y que con el guión de Max Landis (basado en el «Frankenstein» de Mary Shelley) intenta realizar un producto híbrido que nunca termina de dejar en claro hacia donde apunta o a qué espectador quiere encontrar.

Como hace unas décadas Francis Ford Coppola sorprendió a todos con su adaptación de «Drácula», McGuigan, aparentemente, quiso emular ese filme atiborrando la pantalla con información, comedia, imágenes barrocas, desbordadas, pero que nada sirven para apuntalar la tragedia que realmente se intenta narrar.
En «Victor Frankenstein» lo que menos vemos es cómo este sujeto del título procesa su creación hasta cristalizarla, sino que asistimos a la historia de un personaje atribulado, sórdido como Igor (Daniel Radcliffe), quien es rescatado por Victor Frankenstein (James McAvoy) para asistirlo en su intento de ser Dios.
Igor, hasta el momento un fenómeno de circo, es cooptado por Frankenstein cuando ve que el joven deforme (posee una joroba enorme en sus espaldas) puede rescatar a una joven a la que se daba por muerta luego de un accidente.
Pero este hecho fortuito, con el que se intenta hablar un poco de la bondad del científico al «adoptar» a un adefesio para sí mismo, deja de lado el protagonismo de Frankestein para centrarse en la adaptación de Igor a su nuevo mundo, universo, vida, cuerpo, sin seguir profundizando en la cuestión ontológica de la creación de un nuevo ser a partir de la muerte.

Así, «Victor Frankestein» se importará más en cómo Igor se transforma e intenta conseguir el amor de una joven y bella trapecista (ahora convertida en cortesana) a quien, por su anterior aspecto, veía lejana.
Entonces la historia de Shelley deja su lugar a una almibarada serie de secuencias en las que el cortejo le permite a McGuigan avnzar en su intento de desbordar la pantalla con bellas imágenes de bailes, palacios y lujos, que se contraponen a la sombría historia que realmente se debía contar.
Porque si bien en «Drácula» de Coppola, todo lo bello que se mostraba era para avisar la inmediatez de una tragedia, acá toda la parafernalia no conduce a ningún lugar, dato que el director sabe y que termina confundiendo la estructura de un filme que del terror pasa a la comedia, el drama, la acción, sin reparar en los cambios que en el espectador se producen.
Hacia el final McGuigan se acuerda del monstruo que se debía presentar, y a las apuradas resuelve con trazos gruesos todo, pero lamentablemente eso ya es tarde para poder darle un broche a una historia que se preocupa más por la forma que por aquello que cuenta.
