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«Un dia gris, un dia azul, igual al mar»: Un amor en el ojo de la tormenta

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Luciana y Melina Terribilli son las encargadas de retratar la fisonomía de las penas en «Un día gris, un día azul, igual al mar», documental que funciona como disparador de muchas preguntas, en relación a las trabas culturales que impiden que algunas personas vivan sus deseos libremente (cuando no afecten los de los demás) y reflexiona sobre cómo esto afecta la interioridad de quienes ven coartada esa posibilidad. Elige una historia para ficcionar, pero básicamente, accederemos a una reconstrucción de hechos que dan bastante cuenta del problema que presentan.

Deciamos entonces que los signos de la naturaleza dibujan con naturalidad el mundo de las emociones que atraviesan a Carmen, protagonista del mismo, quien tiene 21 años y vive en Almanjáyar, un temido suburbio gitano de la ciudad Granada, en España.

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El devenir de sus acciones cotidianas suceden entre los espacios del propio hogar, prácticamente inaccesible, sellado hacia el afuera, en el cual ella debe cuidar de su padre, un hombre maduro, de una rigidez muy marcada con costumbres arcaicas y ultraconservadoras dentro del marco social al que pertenece. Su madre, cuyo perfil es desdibujado y débil, sólo es una presencia que circunda la casa de un modo espectral, no porque genere miedo, sino por lo intangible de su presencia.

Cada mañana estudia en su barrio un curso de asistencia a domicilio para el cuidado de ancianos y enfermos, con el objetivo de lograr la “inserción social” de la comunidad gitana. Aunque la historia transcurre en estas escenas sofocantes, claustrofóbicas, ella logra prenderse de un halo de luz que no es mas que la esperanza del amor que la hace sobrevivir.

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Cada noche, Carmen espera a Sheila, la mujer de la que está enamorada y con quien comparte secretamente todas sus noches, una mujer que además de contrastar la discreta imagen que sostiene la protagonista durante el día, no pertenece a la comunidad gitana.

Ambas viven una relación intensa, desafiante, audaz, sumidas en las sombras de la noche que las ocultan a los ojos de su entorno . Las rejas forjadas con su propia circunstancia en un contexto que ofrece rigidez y quietud, la mantiene cautiva a Carmen aunque no plenamente inmóvil.

Sin embargo, el deseo de una vida mejor la sobrepone del naufragio, en medio de la tempestad y gracias a su fuerza para sostenerse, nuestra protagonista emergerá de ese bravo universo que es la vida misma.

Valor, esa es la palabra que define su actitud, la de enfrentarse a sus miedos y al de los demás. Fortaleza es la llave que tiene para lograr el quiebre de esa estructura que la contiene, comprimida en un micromundo que no le da el aire que precisa para ser quien ella quiere ser.

Las directoras logran un registro prolijo, simple, emotivo y rico para acercarse a esa historia. Dentro de los recursos utilizados, la contemplación y el juego de miradas cumplen un papel fundamental para subrayar algunas ideas que el film transmite, y descubrirán rápidamente.

«Un dìa gris, un dia azul, igual al mar» ofrece la posibilidad de dejar dando vueltas en la cabeza la idea de arriesgarse a subir con determinación a la barca de las propias aspiraciones y adentrarse en ese vasto mar, siempre dispuesto a mostrar su ferocidad sin advertencias.

Anexo de Crìtica por Fernando Sandro

Al mirar este documental de Melina y Luciana Terribili se me vino de inmediato el extraordinario film israelí Einayim Petukhoth/Eye Wide Open que tristemente no pasó por nuestras salas. Las similitudes entre ambos son varias salvo el diferente sexo. Una relación homosexual, una sociedad ortodoxa y opresora, una familia detrás, la situación económica adversa, y el deseo profundo de liberarse y mostrarse como uno es.

Sí es distinto el cambio de registro. Aquí se opta por el registro documental, en primera persona, íntimo de Carmen, habitante de Almanjáyar, Granada, España. Que tiene el profundo deseo de irse a vivir con su novia, Sheila, pero queda bien claro que no se puedo, no está permitido, y no pueden permitírselo ellas mismas.

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Carmen, tiene 21 años y vive para el cuidado de sus ancianos padres conservadores, estudia un curso estatal de acompañante terapéutico para personas mayores; y reniega, reniega de la vida que lleva, de tener que vivir su pasión a ocultas.

Las documentalistas arman una historia, dejan la cámara imperceptible y deja que todo fluya como en un argumento de ficción, salvo que esto es real, y escuchamos testimonios.

Carmen siente que su familia no lo aceptará, que la sociedad de Almajányar no lo va a aceptar; porque además, Sheila viene de afuera.

Ambas tienen un deseo ardiente de convivir como una pareja normal, pero el contexto les es adverso y se les opone como una realidad innegable.

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Sin necesidad de ningún armado artificioso, despojado de cualquier irrealidad, las Terribeli crearon una historia de amor mucho más potente que varios melodramas de los que se estrenan por semana.

No todo es cuestión de rosas, lao que se ve, ese registro intimista al máximo, atento a los gestos y a los detalles del día a día, mostrará también que a veces con el amor sólo no alcanza, y que tantas adversidades pueden hacer mella y hacer aparecer dudas donde no las había.

Un día gris, un día azúl, igual al mar es un film delicado que habla del amor de la forma más franca posible, sin ningún tipo de prejuicios.

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