«The Hobbit: The Desolation of Smaug»: El año del Dragón

Hace un año salí de sala de ver «The Hobbit: an unexpected journey» con cierta sensación de incompletud. Si bien los elementos clásicos de Tolkien estaban ahí (y Jackson entiende perfecto como presentarlos en este tiempo sin que pierdan frescura), sentí que los protagonistas de la historia, tenían poco carisma para llevar adelante semejante trama con éxito.

Me pareció además, que su ritmo era lento (más de lo aconsejable) y que, no tenía intensidad dramática. Sí, estaba bien como producto de esa franquicia, pero, sin dudas era menos que la demoledora trilogía «The Lord of the Rings». Pero todo aquello que en la primera te parece sin consistencia, cambia y empieza a tomar forma en esta segunda parte.

Peter Jackson comienza a enfocarse en sus personajes como se debe, seguramente por los ajustes en su equipo de escritores: Fran Walsh, Philippa Boyens y Guillermo del Toro (quien estuvo a punto de sentarse en la silla del director) y orquesta una segunda parte, tremenda, no sólo ya desde lo visual sino desde la intesidad narrativa que logra.

Epica, a la altura de los mejores exponentes del cine de aventuras de la historia.

«The Hobbit: the desolation of Smaug» arde, y no sólo porque tenemos un dragón como gran antagonista, lo hace porque matiene el calor de la acción trepidante a lo largo de todo su extenso metraje. Aquí, continuamos la historia que ya arrancó en la casa del hobbit Bilbo Bolsón (Martin Freeman) cuando Gandalf (Ian McKellen, qué sería esta saga sin él?) reunió a 13 enanos para invitarlos a una gran aventura: llegar a la Montaña Solitaria y recuperar una gema que hará que su pueblo y el resto de la Tierra Media, reconozca su linaje y el resurgimiento de su imperio.

El tema es que un dragón muy poderoso (y locuaz, debo decirles) fue quien la robó y es el guardián de dicho tesoro. Lo que veremos en esta segunda parte es como el grupo liderado por Thorin-Escudo-de-Roble (Richard Armitage) atraviesa bosques, ríos, poblados y montañas para llegar a ese lugar con la intención de cumplir la profesía y recuperar el poder de su reino.

Sin embargo, hay un peligro mayor que acecha y Gandalf lo sabe: las fuerzas de lo Oscuro están incrementando su fuerza y amenazan con arrasar todo a su paso si nadie los detiene…

En términos técnicos, Jackson ha «empoderado» sus herramientas CGI y su manejo del 3D, por lo cual, logra que el film luzca increíble en escenas como el escape de los hobbits via acuática en la tierra elfa, los enfrentamientos con arañas y orcos y el gran finale en el templo de la Montaña.

Pero no sólo eso, sino que ha logrado que sus personajes estén auténticamente conectados con la historia en sentido dramático (al gran trabajo de McKellen hay que sumarle el progreso de Freeman y el aporte de Orlando Bloom, en un Légolas más crudo y visceral -aunque no figure en el texto original de Tolkien, pero bueno!), por lo cual, en ningún momento podremos despegar los ojos de la pantalla.

Seguramente si conocen la obra original, sabrán ya que hay cambios interesantes e incluso un desarrollo de subtrama de otro manuscrito llamado «The Quest for Erebor» que conectaría eventos con la trilogía de la década pasada.

Todos los cambios operados fueron para mejor y si bien hay algunas cosas que discutirle (estos hobbits son un súper equipo que no sufren ninguna baja luchando contra orcos enormes, feroces y letales?), lo cierto es que la película es un festín de aventuras.

Sin lugar a dudas, «The Hobbit: the desolation of Smaug» es uno de los films del año. Salve Jackson, lo hiciste otra vez. Como en los viejos tiempos. Excelente.

Anexo de Critica por Rolando Gallego

Las relaciones entre el cine y la literatura siempre han sido productivas. En oportunidades algún ultra fanático de un libro, autor o saga literaria, puede llegar a denostar alguna adaptación, pero esto siempre surge del propio amor exacerbado por sus ídolos de papel. También la decepción puede llegar a surgir porque el director de turno o las actuaciones de los protagonistas no estén al nivel de la ocasión.

No es el caso de “El Hobbit: La desolación de Smaug” (USA/Nueva Zelanda, 2013), segunda parte de la extendida trasposición de “El Hobbit”, de J.R.R. Tolkien, realizada por Peter Jackson, porque todo está hecho con pasión y amor por la obra original. El director transforma en imágenes generadas en 48 fotogramas por segundo y 3D una vertiginosa carrera fílmica para todos los amantes de la saga con personajes que atraviesan universos imaginarios y maravillosos, y hasta aún más logrados que los descriptos por Tolkien en sus libros.

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Porque Jackson continúa analizando la lucha entre el bien y el mal retomando la acción que “El Hobbit: Viaje Inesperado”(USA, 2012) dejó en suspenso y con un sabor amargo. Esta antagonía se potencia y arranca todo con una persecución (que continuará toda la película) de los orcos al grupo de hobbits. Así, la antigua sensación de: “acá faltó algo”, de la primera parte, es superada en esta entrega (y esperamos ansiosos ya la tercera y ¿última? parte) con una incorporación casi hacia el final que impacta e hipnotiza. Esta incorporación es la de Smaug (con la voz de Benedict Cumberbatch), que da nombre al título, y que no es otra cosa más que un enorme y avaro dragón, que aún en su ocaso, sigue tratando de mantener su poderío a fuerza de miedo y opresión.

Jackson se sirve de las últimas tecnologías de animación para dotar al personaje de una inmensa credibilidad hasta el punto que asusta en cada una de sus intervenciones y mucho. Hasta llegar al lugar en donde habita este animal mitológico, y que en “El hobbit: Viaje Inesperado” inició el camino a la libertad con el hallazgo de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) del misterioso anillo, deberemos atravesar varias peripecias del grupo de doce enanos, Gandalf (Ian Mckellan), Thorin (Richard Armitage) y los elfos (que pese a no estar incluídos en el libro original, e interpretados por Orlando Bloom y Evangeline Lily) hasta llegar a Smaug.

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En el medio toda la imaginería que Jackson tan bien ha creado y que se potencia narrativamente a medida que avanzan los 161 minutos de duración del filme (9 menos que la primera entrega) con un guión del que han participado grandes como Fran Walsh, Philippa Boyens y Guillermo del Toro (que por cuestiones económicas y de agenda finalmente dejó el lugar a Jackson en la dirección).

Hay una continuidad con las anteriores adaptaciones de “El señor de los anillos” y con su antecesora “El Hobbit: Viaje Inesperado”, una superación y una necesidad de reflejar en detalle la obsesión que Bilbo comienza a sentir por el anillo y hace olvidar que en esta entrega no esté el Gollum (Andy Serkis, quien se encargó de la dirección de la segunda unidad), personaje clave en todas las partes de la saga.

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Climas y paisajes conocidos, tonos cálidos en las imágenes para reflejar la paz del día y oscuros para la opresión y el miedo. Música que incita a prestar atención en cada momento y escenas claves que dividen la película en capítulos (la pelea con las arañas, mucho más logradas que cuando Frodo luchó con Ella-Laraña en “La comunidad del anillo”, o en el momento que Gandalf se enfrenta con Sauron) hacen que este sueño por tierras ancestrales sigan buscando respuestas a una pregunta que uno de los protagonistas se hace en un momento clave del film “¿Cuándo permitimos que el mal fuera más fuerte que nosotros?”. La destrucción de ese mal es el motor de una gran aventura para disfrutar sólo en la oscuridad de una sala.

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