«Ted 2»: ser o no ser («persona»)

Nadie tuvo dudas que cuando el box office global de la primera «Ted» alcanzó los 550 millones de dólares (y costó apenas un diez por ciento de esa cifra) la secuela era un hecho consumado.
Nacido de la ingeniería de un comediante muy popular en USA (que aquí, por temas de idiosincracia, no prende), Seth MacFarlane, creador de «Family Guy», vuelve a atacar con los mismos guionistas y una idea que, claramente, no sorprende para nada.
A ver, Ted ofrece una dualidad que potencialmente atrae: un osito adorable y querible capaz de comportarse como un adicto y parrandero de primera. Es indudable que MacFarlane generó un producto con gran potencial, pero que curiosamente no logra sostener (otra vez) desde la trama. Las dos Ted son una sucesión de gags sin unidad, destinadas a lograr impacto, y nada más.
Eso sí, es justo decir que esta entrega, de a ratos divierte. No vamos a decir que su humor corrosivo no funciona. Su incorrección política extrema, cada tanto, logra alguna situación donde el director encuentra una sucesión de bromas cortas muy efectivas . En esos momentos, la naturalidad y velocidad de los gags que craneó MacFarlane generan movimiento en la platea, pero esto, no dura demasiado.

La cinta tiene problemas de guión importantes, e intenta disfrazarlos con mucha liviandad sin importar mucho la historia que presenta. Ese es lado flaco de «Ted 2». Esta es una película que genera chispa, parece que va a encender en cualquier momento, pero nunca logra sostener la llama por mucho tiempo. ¿Por qué? Simple: que el personaje sea pintoresco no significa que su historia atraiga y convoque.
Ted vuelve al ruedo, con su amigote de siempre, John (Mark Wahlberg). Todo comienza en su boda con Tami-Lynn (Jessica Barth), donde se puede anticipar que los amigos no tendrán tiempos tranquilos por delante. Ted y Tami, a poco tiempo de casarse, comienzan a tener problemas maritales. Y deciden, que la solución es buscar un heredero. Claro, ya lo adivinan, cómo hará el osito para embarazar a su mujer? Fácil, buscando un donante de esperma.
Luego de un pasaje donde no todo sale como debería, la pareja despareja intentará un proceso de adopción, en la cual su aplicación le dará bastantes problemas: la ley (el Estado americano) no reconocerá a Ted como «persona» (por no ser humano) y todo el universo que ellos han creado, dejará de existir, a no ser que se enfrente el tema por la vía legal.

Allí es donde conocerán a Samantha (Amanda Seyfried, lo mejor de la película, lejos), una novel abogada que pro-bono (es decir, gratis) se ocupará de llevar el caso al estrado local.
Bueno, hay un villano, muchos cameos, alguna situación simpática, pero lo cierto es que nada hace despegar la aguja del amperímetro. MacFarlane no es un buen guionista (sino recuerden «A million ways to die in the west») y si bien el absurdo es un punto de partida válido (toda esta cuestión de lo que el oso puede hacer y lo que no, sumado a lo transgresor que es), la historia no reviste interés y lo que podría ser rico en el análisis, (esta cuestión de la lucha por los derechos civiles), se vuelve panfletario y chato, hasta el absurdo final que cierra este capítulo.
Pero, si buscan una comedia súper liviana, con mucho humor físico y sexual, probablemente «Ted 2» tenga algo para ofrecerles. En lo personal, esperaba mucho más, conociendo el talento de MacFarlane, pero está visto que hasta ahora, la pantalla grande no le sienta bien.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
Seth MacFarlane tiene muy claro qué quiere hacer en Hollywood. Por eso es que «Ted 2» (USA, 2015), secuela del irreverente y corrosivo bromance entre el pequeño oso y su amigo (Mark Whalberg), decide superar la clásica narración sobre algunas de las consecuencias de los personajes en el marco de un contexto en el que viven lleno de drogas, prostitutas y alcohol, y ponerse un poco más serio (dentro de lo que se puede) para terminar generando un relato judicial sobre la búsqueda de identidad del oso.
Es que Ted, junto a su reciente mujer, deciden que para poder recomponer el matrimonio lo ideal es poder tener un hijo, y ante la clara imposibilidad de realizarlo por los métodos tradicionales (biológico, científico), deciden adoptar un bebé.
Pero cuando esta necesidad de avanza, la justicia cree que Ted no es una «persona», tan solo una «propiedad», por lo que avanzarán, luego que una joven abogada inexperta (Amanda Seyfried), decida aceptar el caso para revocar así la justificación de no entidad del oso.

Lo que continúa en la película es una serie infinita de gags, chistes, humor negro, bromas, que no dan respiro y que otorgan el campo necesario para que MacFarlane pueda criticar el sistema judicial norteamericano, la clara desatención de las verdaderas necesidades de la sociedad, el consumo, la cultura, etc.
Si en «Ted» el chiste sobre la amistad entre un hombre adulto y el oso de la infancia que ha cobrado vida y que decide hacerse adicto a las drogas funcionaba, en esta oportunidad se potencia, con una trama que además suma villanos interesados en descubrir el «secreto» del oso para producir cientos de Ted’s inteligentes que llenen las jugueterías.
Una comic con será el epicentro de la segunda etapa del filme, que, con algunos momentos de más, y una narración menos dinámica y mucho más episódica, termina resintiendo la idea de incorrección política, porque justamente lo que termina produciendo es un discurso mucho más convencional.

A pesar de esto, la habilidad del director en ir dejando algunas «perlitas» a lo largo de la trama, principalmente aquellas relacionadas a la cultura popular, y en dotar de cierta cohesión temática a la película (búsqueda de identidad, búsqueda de lugar de pertenencia, etc.), permiten que el disfrute del filme avance sin pedirle, claramente, una justificación política a cada una de las escenas que se suceden.
«Ted 2» intenta separarse de su primera entrega, y justamente es eso lo que no termina de cerrar de una idea tan revolucionaria como la de mezclar acción real con la animación del oso, porque es en la continuidad en donde tendría que haber puesto su foco y no tanto en el de buscar otro tipo de estructura discursiva para generar algo diferente.
Más allá de esto se disfruta, aún sin las sorpresas de la primera parte. En la comparación «Ted 2» pierde, pero aislada de su predecesora puede disfrutarse plenamente, con algunos momentos para la antología, como esa escena inicial homenajeando a los clásicos filmes musicales de la época dorada de Hollywood, una etapa que MacFarlane añora y apela constantemente (principalmente en sus productos televisivos) para construir sentido en el sinsentido del mundo cinematográfico.
