«Taxi»: el arte no tiene límites

A Jafar Panahi le prohibieron realizar películas a lo largo de 20 años. Sin embargo, Taxi es la tercera película que el director filma desde tal prohibición. Esta vez, el lugar elegido para filmar no es tras las cuatro paredes de su casa, pero sí dentro de las puertas de un taxi.
Es así que la cámara nunca sale de ese auto. Porque la necesidad de filmar de Panahi es tal que no puede estar sin hacer películas, aunque eso lo lleve a rebuscársela para poder hacer su película pasando desapercibido, motivo por el cual el film, que no tiene créditos, está protagonizado además de por él mismo por gente anónima (en una mezcla de ficción con realidad), no utiliza otra luz que no sea la natural y está rodada con tres cámaras pockets.

Taxi es un desfile de personajes extraños y singulares que se suben al medio de transporte e interactúan con un Panahi que es siempre él mismo. Este peculiar desfile da lugar a diferentes tipos de historias, algunas más relajadas y divertidas, otras simplemente extravagante (dos señoras que antes del mediodía necesitan trasladar dos peces a un estanque y el motivo por el cual tienen que hacerlo), y algunas más fuertes e impresionables (un ciclista que es accidentado y puede estar viviendo allí dentro sus últimos minutos mientras la mujer llora desconsolada). Pero todos impregnados de mucho realismo.
Panahi tampoco teme, a través suyo y de sus personajes (porque cada uno parece ser un costado del propio director), cuestionar la prohibición de hacer películas y describirla para el que, probablemente como muchos de nosotros, no entiende ni se imagina lo que puede suceder en otro país al respecto. Porque todo esto no hace más que dejar en evidencia el poder que tiene el cine. «Propaganda contra el Estado» lo denuncian cuando en realidad lo que hace es reflejar del mejor modo que puede la sociedad iraní.

Así, recorremos con Panahi una ciudad y una sociedad, de la mano de un guión pero también de mucha espontaneidad. Al final, nos quedamos esperando los créditos pero en su lugar aparece la siguiente leyenda: «El Ministerio de Orientación Islámica autoriza los créditos de las películas para su distribución. A mi pesar, esta película no tiene créditos. Expreso mi gratitud a todos los que me han apoyado. Sin su valiosa colaboración este filme no habría visto la luz».
«Taxi» es una road movie valiente que supo alzarse con el Oso de Oro en Berlín, galardón que Panahi no pudo recibir porque tampoco está habilitado para viajar al extranjero ni dar entrevistas.
Anexo de Crítica por Pluma Paz
«Taxi» de Jafar Panahi es una joyita que vale la pena no perderse. No todos los días se encuentra una película iraní en cartelera y el cine iraní no es para nada difícil para los ojos de occidente, ni en su factura ni en su contenido.
Con sutil ironía y poniéndose al volante de un taxi, el del título, Panahi recorrerá las calles de Teherán exponiendo, a través de una cámara que toma a los pasajeros, la vida en esa ciudad, y en la totalidad su Irán natal.
Es muy recomendable para todo aquel que estudie comunicación y para los que estudien cinematografía también. Panahi fue encarcelado en 2010, dice el gobierno que no fue por motivos culturales; es decir, por sus películas, sino por haber cometido delito.
El hecho es que luego de las denuncias que hicieran Amnesty International y otras asociaciones que están vinculadas al mundo del arte, mismo se hizo una foto en el Festival de Mar del Plata pidiendo su liberación, pudo volver a su vida, aunque no puede realizar películas por 20 años (esto quiere decir que en Irán su cine no es «distribuible» y no puede llevar créditos de artistas y equipo de producción, ni nada).

Esta película ya obtuvo el Oso de Oro en Berlín y el Premio FIPRESCI en el mismo Festival. Es la transgresión misma a su situación y la representación máxima del verdadero cine independiente.
Antes de que el filme fuera anunciado para ser exhibido en la Berlinale, Panahi emitió una declación oficial en el que prometía continuar realizando cine a pesar de la prohibición que pesa sobre su persona y dijo: «Nada puede evitar que siga haciendo cine, sobre todo desde que me confinaron a límites extremos y pude conectarme con mi ser interior y en tal privacidad, sin importar las limitaciones, la necesidad de crear se convierte más aún en una urgencia». (Fuente: IMdB)
Todos los actores son no profesionales y permanecen en el anonimato aunque se podrá reconocer, en las historias a compañeros de infortunio del director y a una personita, que yo creo que es familiar en serio de Jafar Panahi. La sobrina es todo un caso: una pequeña que explica cómo su maestra les da las reglas sobre cómo filmar sin causar escozor en los funcionarios públicos y que su cine sea distribuible.
Los mandamientos cinematográficos la hacen preguntar que es «realismo distorsionado» y por qué hay que filmar la realidad sin que esta realidad parezca fiel. La niña tiene olfato y su tío lo sabe muy bien ya que ha padecido cárcel por contar cosas que le molestaron al gobierno como en «Offside» donde se muestra a un grupo de chicas, que disfrazadas de varones, intentan entrar a un estadio de fútbol pues les está prohibido asistir a estos espectáculos deportivos.

«Taxi» también se meterá en la pasión de los iraníes y, en general en todos los países de Oriente Medio, por los celulares y sus camaritas. Recuerden qué importantes fueron en la llamada «Primavera Árabe». Otras dos discusiones se centrarán en qué pena sería la justa para un ladrón que roba a los pobres y otro que roba a los poderosos; qué rostro tiene un ladrón (Panahi pensando en los que le robaron su libertad); qué cosa hace que un ladrón no llegue a ladrón.
El tráfico de películas norteamericanas por medio de un emprendedor que reconoce al director y lo hace su socio por unos instantes, -logicamente, sin su consentimiento-, y la búsqueda de un cine propio, con reglas auténticas y no las que impone la política.
No se la pierdan, es encantadora. 82 minutos que atraparán con sencillez y profundidad.
