«Santa Lucía»: el silencio no es salud

El documental de Andrea Schellemberg lleva el nombre de un pequeño pueblo tucumano, testigo de una época oscura en nuestro país. El inicio del relato sacude las herrumbradas caparazones que cubren a sus habitantes, aquellos que estuvieron y sucumbieron al mandato del silencio que se instauró en aquellos tiempos de la última dictadura en La Argentina.

Una jóven profesora de historia, Lucía Aguilar, de Santa Lucia, un pueblo de la provincia de Tucumán que fue ocupado militarmente durante el Operativo Independencia y hasta que llegó la democracia, es la protagonista que inicia la investigación.

Ella intenta dar luz y a los años de penurias que atravesó el pueblo y reconstruir parte de la historia que permanece sumida en el ocultamiento, a la vez que quiere conocer que le pasó a un tío suyo, desaparecido, justo en el momento que su madre la tenía en el vientre.

Lucía nació durante la ocupacion de los soldados del ‘Operativo Independencia’ del pueblo que fue el principal centro de operaciones del Ejército. Los testimonios de las distintas personas entrevistadas, parecieran darle el sabor de «presente» se percibe la hiel y la amargura de los actos ocurridos durante la represión de hace ya más de 30 años.

Aún persiste el miedo. Si bien se recogen muchos testimonios en este film, la gente aún, tiene miedo; miedo a contar, preguntar, saber… Los militares que se negaron a participar de las matanzas inescrupulosas y de las salas de tortura eran arrestados y se les impedía ascender.

Horror y espanto. Los hechos sucedían con total impunidad y a plena luz del día.

A 30 años del fin de la ocupación, aún entre sus habitantes pesa el temor y el ocultamiento. Es por eso que Lucía profundiza la búsqueda de datos para intentar esclarecer los hechos sucedidos allí durante el terrorismo de Estado. En todo este período, jornaleros, empleados del ingenio que llevaba el mismo nombre del pueblo, habitantes comunes eran quienes padecían una realidad ausente de derecho.

Con presencia en varios festivales, Santa Lucía se vio en Cuba, Mar del Plata, Roma, París, Montevideo, entre otros. Schellemberg cuenta entre otros trabajos con los documentales Puente La Noria; El Angel de los pobres; Cuatro días en Berlín o Infancia en la Argentina.

El film intenta no solo poner de manifiesto una vez mas, el horror acaecido en la década del 70, sino que invita a las propias víctimas a hacerse escuchar y encauzar esas voces a denuncias concretas que tiendan a lograr acciones hoy, no que reparen precisamente, pero sí, talvez, con la intención de ir cerrando heridas ,heridas que sangran todavía, con huellas profundas, visibles, papables, pero que marquen el cierre de una época nefasta que pertenece al pasado. Que finalmente se conviertan en pasado…

Anexo Crítica Fernando Sandro

El pueblo argentino, por qué no el latinoamericano, vive en la problemática de las heridas abiertas. La historia política ha sido dura con ellos, y durante muchos años, desde las mismas instituciones, se pregonó el olvido como un manto de silencio, un perdón inexistente que disimulaba un mirar hacia otro lado.

Pasaron ya treinta años del regreso firme de nuestra democracia, tan anhelada durante muchos años, y sin embargo, hay temas que siguen siendo tabú. Los gobiernos militares de facto continúan en el centro de la discusión – cuando la lógica explicaría que debería haber consenso sobre el tema – y aún hoy, para muchos el callar es mejor que el expresar.

El documental de Andrea Schellemberg, Santa Lucía es una muestra abierta de este silenciamiento, y de la necesidad imperiosa de poner fin al miedo, de que por una vez, el pueblo argentino se una en una causa común.

Santa Lucía ubica como “protagonista” a Lucía Aguilar una profesora de historia que investiga la historia de los años duros en su pueblo, llamado como el título del film, ubicado en medio de la selva tucumana. Ella lleva adelante el relato recabando testimonios e información.

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Pero hay algo que de inmediato llama la atención, que marcará la impronta, la mayoría de los entrevistados prefieren no hablar de ciertos temas, buscan eufemismos, ocultan, dicen no saber; y la búsqueda de información tampoco será fácil. Aun cuando hable con autoridades la información no será desbordante.

Lucía encuentra un lugar bajo la tierra, ocultado una vez entrada la democracia, y todo indica que eso fue usado como centro clandestino para torturas, y hasta sospecha que varios cuerpos se hallan ahí. Pero, otra vez, nadie parece conocer el lugar, ¿acaso serán como el avestruz que es conde la cabeza en el pozo?

Claro, hablamos de Tucumán, una de las provincias en dónde mayor fue la represión; represión que comenzó antes del ’76 como queda aquí demostrado. Sus ingenios están manchados de sangre; y parece que ahora impera el mejor no hablar de eso, quizás porque tampoco sienten un gran respaldo de las autoridades, y de un amplio sector con vinculaciones en aquella época y aún vigente.

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De estructura formal, Santa Lucía, claramente, destaca más por lo que no se encuentra que por lo que hay (aunque la investigación haya servido para que se reabra la causa). El trayecto de Aguilar se sigue con interés aunque no se llegué a profundizar demasiado.

Hay sobre el final un gesto, una suerte de disculpas, que en definitiva termina convirtiéndose en lo más cercano a una declaración de principios. ¿Hasta cuándo vamos a callar? ¿Hasta cuándo se discutirá si la represión de un gobierno impuesto a la fuerza es o no válida? Es hora de avanzar.

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