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«Room» (La habitación): un cielo tan lejano

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La historia de «La habitación» está basada en un hecho real pero construida en la novela escrita por Emma Donogue (quien además se encarga de escribir el guión de su versión cinematográfica) a través de la ficción con el fin no de contar la historia de un secuestro, sino de indagar en relaciones filiales, en especial en el de una madre con un hijo, y desarrollar una diferente perspectiva sobre el mundo en el que vivimos.

Dirigida por Lenny Abrahamson, director que hace unos años nos regaló una hermosa rareza llamada «Frank» (inédita en nuestro país), sorprendió primero con un premio en el festival de Toronto y luego haciéndose imprescindible en cada entrega de premios, no sólo con su película en sí, sino con las interpretaciones de sus dos protagonistas que se entregan brillantemente a sus complejos personajes.

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Brie Larson es Joy, una joven que alguna vez tuvo una vida normal hasta que fue secuestrada y mantenida encerrada durante largos siete años en un diminuto cuarto que tuvo que hacer de hogar. Ahora vive con su hijo, que acaba de cumplir cinco años, y que no conoce otro mundo más que el que se halla dentro de esas cuatro paredes, y ambos son visitados cada noche por el Viejo Nick, el hombre que los mantiene encerrados.

Larson es una joven actriz que ya ha demostrado sus talentos tanto para la comedia como para el drama pero resaltándose especialmente en este último, siendo antes de esta película, «Short Term 12» su mejor ejemplo. Pero la sorpresa real del film es la del niño que le toca interpretar a Jack, este niño que vive aislado del mundo, Jacob Tremblay. Tremblay es capaz de generar mucha emoción a partir de una mirada, de un gesto, o incluso con la voz en off que se percibe quebrarse en determinados momentos. Puede saltar de transmitir el miedo de su personaje, a su alegría, su ira, su confusión o su tristeza.

Con una puesta en escena más bien minimalista, acorde a la historia que se quiere contar, «La habitación» puede dividirse fácilmente en dos partes. La primera siendo la que retrata esta convivencia casi asfixiante por momentos, pero que a la vez se percibe cotidiana en la relación entre madre e hijo, cotidiana hasta el momento de la noche, en que él debe dormir en el armario porque sufren la visita del viejo Nick. La segunda, trata más bien sobre la posibilidad de adaptarse a situaciones nuevas, o a situaciones que quedaron tan lejanas que resultan ajenas.

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Sin decir mucho más de la trama, porque lo interesante del film pasa por ir descubriéndolo todo junto su protagonista, Jack, vale decir que «La habitación» es una gran película que explora antes que nada las relaciones filiales. La figura de la madre como figura principal, pero también la del padre, y no sólo a nivel biológico, que a la larga es la menos importante, sino quiénes son realmente los que están y actúan como tal. «Un padre es un hombre que ama a su hijo».

«La habitación» es tan simple como compleja. Su historia es chiquita pero todo lo que sucede se ve enorme, como lo ven los ojos de un Jack que se crió creyendo que el mundo era un lugar muy pequeño y que cosas que nos resultan tan cotidianas a todos para él sólo eran producto de algo irreal como la televisión. Profunda, conmovedora, desgarradora, intensa, «La habitación» es una gran película que sin dudas merece la atención que repentinamente se posó sobre ella. Así también como se merecen ser reconocidos sus dos protagonistas, que se ponen la película a cuestas, que se entregan completamente a esta experiencia y nos brindan dos de las mejores interpretaciones del año.

Recomendadísima, imperdible diría.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Una pequeña historia que mantiene en vilo al espectador hasta el último momento, bien podría resumir el espíritu de «La habitación» (Canadá, 2015), dirigida por el irlandés Lenny Abrahamson, y que, partiendo de un hecho policial, construye un atrapante relato sobre los vínculos y los espacios, pero también sobre cómo éstos afectan a los protagonistas

En la habitación del título se encuentran privados de su libertad Joy (Brie Larson) y Jack (Jacob Tremblay), madre e hijo nacido en cautiverio. Un pequeño espacio que los contiene hace más de cinco años y que, en el caso de Jack, es el único universo y contexto que conoce desde el día en que nació.

En el lugar, además de recibir las esporádicas visitas de su captor, ambos pudieron construir su propio mundo, uno lleno de amor, paciencia y pequeños objetos, que son elevados a la categoría de tesoros por ambos y a los que Jack saluda diariamente al abrir sus ojos.

Un pequeño tragaluz hace que el tiempo transcurra sin órdenes biológicas, pero también sirve para que tanto Joy como Jack guíen sus tiempos de descanso, o al menos, puedan tener alguna referencia del afuera y así también soñar con otro lugar en el que puedan seguir teniendo su relación.

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La dicotomía dentro/fuera es trabajada con Abrahamson con solvencia, y mientras la empatía con el adentro es inevitable, el afuera, aquel que en determinado momento decidió dejar encerrados a madre e hijo, se convertirá rápidamente en el escollo a superar, mediante un plan, y que permita, además, alejarlos de esa trampa en la que se encuentran sin que sepamos cómo ni por qué.

Evitando entrar en detalles, cuando el afuera los recibe nuevamente todo será visto como un daño a esa pequeña simbiosis que Joy y Jack tuvieron y tienen, y pese a poder contar con algunos beneficios y comodidades, en el caso del más pequeño, comenzará a extrañar el único mundo, el de la habitación, aquel que durante cinco años lo identificó y formó y que ahora es rechazado por su madre.

La habilidad del director, con un registro muy similar al de Denis Villeneuve, es poder apoyarse en las notables interpretaciones del dúo protagónico, al que se sumarán los siempre efectivos Joan Allen y William H. Macy, para completar el nuevo grupo familiar de Joy y Jack en el afuera que los cuestiona e inquiere sobre su estadía en la habitación.

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La narración en off del niño, potente, a pesar de su registro vocal ínfimo, quiebran la solemnidad de un relato que por momentos se acerca a viejos telefilmes de los años ochenta que tomaban casos policiales para disparar historias.

La principal diferencia de éstos con «La Habitación» es por las preguntas que se desprenden de ella, y que evita responder para poder seguir avanzando en la historia de una madre afianzada en la única esperanza de supervivencia que tuvo durante el último tiempo: su hijo.

Hay golpes bajos y escenas predecibles, pero también hay mucha pasión al narrar una de las historias más desgarradoras que el cine canadiense ha dado en el último tiempo (la otra es sin dudas «La sospecha») y también una de las más enigmáticas y atractivas. Atención a Jacob Tremblay, un notable intérprete.

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