«Ricardo Bär «: autoconciencia

¿Qué es un documental? ¿Qué lo diferencia de una ficción o una ficcionalización? No sabemos si estos eran los planteos originarios de este trabajo de Nele Wohlatz y Gerardo Naumann; pero el resultado final los evidencia. Ricardo es un joven misionero, perteneciente a una comunidad cerrada, que mantiene a la religión como su epicentro.
Es hijo e chacareros y parece que su destino indefectiblemente será ese. Pero él quiere dedicar su vida a la religión con la que se creó, es seminarista de la Iglesia Bautista.

Si uno sólo ve la primer capa, podríamos decir que es esto lo que los directores fueron a filmar, tomara l joven como botón de muestra, mostrar la vida en comunidad, la influencia de la religión, la necesidad de romper un esquema de destino tradicional, y quizás ver cómo se interactúa con el afuera. Pero Wohlatz y Naumann deciden de primera plana ubicarse dentro de su película, otorgarse un lugar fundamental. En un principio como una voz en off guiadora y explicativa de lo que vemos, algo regular en varios documentales.
Pero también, no sabemos si porque se vieron desbordados o porque realmente lo buscaron, exponen la cocina de creación, una suerte de detrás de escena, o de cómo se consiguió filmar lo que se ve. Ricardo no está muy convencido de participar en la filmación, pero si lo hace tendrá la oportunidad de una beca para ir a estudiar a Buenos Aires.

Menos convencidos aún están el resto de los habitantes, que no los aceptan y los miran como extraños; y ahí veremos como el dúo intenta convencer a las personas de entrar, dejarse filmar. Esto queda mucho más expuesto en la relación con la familia de Ricardo, con la cul deberán realizar un trabajo compensatorio por la cantidad de tiempo que le ocupará al joven actuar, sí, actuar.
Ricardo Bär habla de asumirse a sí mismo y en esa búsqueda romper el molda, reconocerse a sí mismo como lo que uno es. Pero esa autoconciencia entra también en este film al que cuesta encasillarlo completamente como un documental, aunque definitivamente no es un ficción. Se habla de guión, de actuación, de lo que tienen que decir o hacer frente a la cámara. Sí, muy probablemente, todos o l gran mayoría de los documentales mantengan esta estructura de organización, pero Ricardo Bär decide exponerla y darle un lugar preponderante.
En este sentido, lo que se ve es una mezcla, una pulsión entre dos factores que hace que ambas puntas pierdan fuerza. Por momentos pensamos si no se decidió cambiar el foco de atención porque lo que se estaba consiguiendo no tenía la suficiente profundidad; en todo caso, la decisión tomada, sólo evidenció más la problemática. Frente al espectador traspasa algo que no sabemos si es lo que fue a buscar – con la consiguiente pérdida de interés –, simplemente porque no sabemos si es lo que los directores fueron a buscar.
Anexo de crítica por Rolando Gallego
Ricardo vive el día a día y cumple con todas sus obligaciones y sus responsabilidades. No piensa en otra cosa más que en estar en contacto con el otro desde un lugar de acercamiento y contemplación y finalizar sus tareas.
Estudia y dedica parte del día a poder comprender aquellas palabras que el mañana desplegará en sermones (quiere ser pastor bautista). Los espacios en los que se maneja son cerrados, no por que sean específicamente lugares sin salida, sino porque se circunscriben a repeticiones incesantes sin vuelo ni otra meta mas que terminar la jornada. Liberado del materialismo y el consumismo, sus creencias religiosas son el pilar para sacar provecho a las horas de sus extensas y apacibles jornadas.

El filme «Ricardo Bar» (Argentina, 2013) de Nele Wohlatz y Gerardo Naumann, bucea en la personalidad de su protagonista como un relato documental, por momentos ficcionado, que además incluye el discurso de sus directores para explicar los inconvenientes de producción que tuvieron para acercarse a él y su grupo de pertenencia. Con la censura religiosa y los propios cerrojos que Ricardo pone al registro de su cotidianeidad, como asi tambien el ir y venir en la historia, «Ricardo Barr» habla de una realidad presente en una argentina que resiste al avance y progreso.
Una Argentina que en rutinas simples y básicas sigue forjando un destino que cree como propio. Hay cierto snobismo de parte de los realizadores por ponerse como narradores omniscientes en algunos momentos, descolocando así la fluidez del relato y trastocando el objeto/sujeto del que hablan.

Pero también hay algo relacionado con Ricardo y sus pares que solo en un una tradición de filmes intimistas (Hernán Crespo, Santiago Loza son grandes hacedores de este estilo) y relatos narrativos como por ejemplo los creados en la prosa de Selva Almada («El viento que arrasa») puede ser comprendido.
La inercia como punto de partida y el detalle de una observación meticulosa como la que Wohlatz y Naumann utilizan en cada plano, generan una empatía inmediata con la historia de un joven que nunca deja sus creencias en manos de otro.
Película dura, de contrastes y oposiciones (creer/no creer, estancamiento/progreso, libertad/encierro, etc.) «Ricardo Barr» habla del otro intentando incluirlo, pero en el extrañamiento y la negación (de filmar, de permiso, de evolución) termina por alejarse, tal como lo hace Ricardo, del proyecto que lo tiene en pantalla y omite repensar un estilo propio que la defina.
