“Nive lives” (Mi papá es un gato): cambio de cuerpo

Era difícil a priori, decidir apostar por una película cuyo principal atractivo es la voz de Kevin Spacey. Y mucho más, cuando esa voz no está y hay un doblaje neutro y sin gracia, que no tiene nada que ver con el estilo personal del gran intérprete ganador de dos Oscars y en el candelero actualmente por su serie “House of cards”. Sí, está bien. Esta es una propuesta familiar. Spacey no está. A Christopher Walken lo doblamos… pero… ¿entretiene a los chicos? ¿conmueve a los grandes?
Ahí está la cuestión central de “Nive lives” o su título local, “Mi papá es un gato”. Esta es una comedia clásica de cambio de cuerpo. Una historia moral donde alguien hace las cosas mal, recibe una prueba a superar y hace una curva de aprendizaje que lo conecta con los valores que necesita modificar. Nada nuevo bajo el sol. Claro, tenemos a Kevin Spacey en el rol principal! No, esperá… Es la versión doblada. Bue, otra vez será.

Tener todo en la vida y ser un multimillonario exitoso te hace tomar demasiada distancia de tus afectos. O al menos eso parece ser el caso para Tom, quien a pesar de tener una hermosa esposa (Jennifer Gardner) y dos hijos, no logra entender que la familia necesita de él mucho más que sostén económico. Es así como va a una tienda de animales, a comprarle un regalo a su hija (ella le pidió un gatito, animal que Tom particularmente odia), y se topa con un enigmático Felix (Walken) quien ve en él un hombre que necesita ayuda inmediata.
Habrá un accidente raro y el “espíritu” de Tom quedará atrapado en el hermoso gatito hasta que pueda cumplimentar su objetivo de portarse bien, hacer sus necesidades dentro de sus piedritas y… ah, no. Digamos que la idea es que desarrolle una actitud altruista hacia su familia. Digamos.
La película muestra lo que toda infantil ofrece, algunos gags físicos divertidos, situaciones encontradas y algo de humor para adultos. Pero poco.

Y para más, tiene escenas donde el drama se impone. Se genera cierta tensión en la sala y los chicos se miran extrañados. Les cuesta entender algunas cuestiones (la lucha corporativa que se desata cuando Tom deja de dirigir la empresa, por ejemplo) y en otras, no logran reirse y disfrutarla con soltura.
“Nine lives” partía de una idea que quizás en el Norte podría funcionar. Aquí, en el sur y sin la voz de Spacey, se hace más difícil. Pero si los gatos son lo tuyo, quizás puedas pasar a ver si compartís mi opinión. Eso si, llevá un niño con vos, así justificás la salida.
