«Mujeres al borde del ataque de nervios»: el absurdo de un mundo femenino sin igual

Pepa (Carmen Maura) ama profundamente a Iván (Fernando Guillén) pero sabe que todo ha terminado. Que ya no puede seguir en una eterna mentira y patea el tablero. BASTA. Ella puede ser feliz con un hombre que la valore y que la respete. ¿Qué es esto de estar solicitando migajas y adulaciones?
Ella tiene una carrera (actriz de doblaje), su casa, su independencia económica, así que sola, en la intimidad de su colorido departamento, empieza a tirar una por una las pertenencias de su ahora EX. Se prepara el gazpacho con somniferos y prende fuego la cama. Esa cama en la que en otro tiempo ardía de pasión ahora llena de humo los ambientes. Porque “Mujeres…” es una historia de amor y desamor. De pasión y abandono. De despecho.
Así arranca «Mujeres al borde de un ataque de nervios» (España, 1988) una película mítica y adictiva (creo, y sin exagerar, que la vi 70 veces). Es que en ese ataque de histeria, Pedro Almodóvar crea un micro universo capaz de levantar más que sonrisas. Además estar nominado al Oscar y al Globo de Oro, con esta película llegó a los mercados más ignotos que alguien pudiera siquiera imaginar.

Película coral, con grandes actuaciones, breves algunas, secundarias (Rossy De Palma, Antonio Banderas, María Barranco, Julieta Serrano) pero de lujo, igualmente no logran opacar el peso del personaje de Pepa y la entrega de Maura en cada una de las escenas (casi toda la cinta) e intervenciones.
La cinta no ha perdido su vigencia y la obsesión y maestría con la que fue dirigida, excepto quizás en la visualización de algunos objetos que forman parte del aparato discursivo (contestador automático, vinilos, cabinas telefónicas, etc.) pero que bien podrían ser tomados como una incorporación retro para los más desprevenidos.

Julieta Serrano con pelucón y traje rosa arriba de una moto, Carmen Maura lanzando por las ventanas el teléfono o el disco de vinilo que termina golpeando la cabeza de la nueva amante de Iván, el orgasmo de la novia del hijo de Iván luego de haberse tomado todo el gazpacho suicida, algunos momentos de esta cinta que permanecerán en la historia del cine mundial.
El kitch llevado a la máxima potencia, en cada encuadre, en cada plano, Almodóvar despliega su poética y continúa fortaleciendo su impronta sobre la universalidad de lo “femenino” en el cine y sobre su capacidad de entender a las mujeres mejor que las mujeres.
