«Dancing Arabs» (Mis hijos): el conflicto milenario

Eran Riklis, realizador de la conmovedora «Lemon Tree», retoma su óptica sobre las vivencias entre vecinos que prácticamente no se pueden ver. Allí, no hay grietas sino muros, físicos, psíquicos y espirituales. En este caso, los protagonistas serán los encargados de tender puentes y llamar a la fraternidad donde esa palabra es casi un imposible.
«Mis Hijos» o «Dancing Arabs» como se conoció internacionalmente (es una peli de 2014!!), es la historia de un joven árabe, que crece en Palestina y que es enviado por su padre, en la adolescencia, a estudiar a un prestigioso instituto en Jerusalén. El hecho es que este papá, al que Eyad, el joven en cuestión en su niñez mencionaba como
un terrorista fundamentalista en el colegio hecho por el que era castigado por su maestro, quiere que su hijo venza al enemigo desde su corazón, demostrando que los árabes pueden ser más que lavacopas, camareros o fruteros.
Eyad es un genio pero le cuesta relacionarse en territorio hostil hasta que conoce a Yonnatan, y a Nahomí. Uno será su hermano, a pesar de haber nacido a un lado y al otro del muro; la otra, será su primer amor, una relación difícil en todo sentido pero fundamental para tender lazos.

Yonnatan está enfermo de la misma enfermedad que su padre, que ya murió y que a él día a día va disminuyendo y eso significa una maldición en tierra judía.
Por eso también surge el unirse a Eyad. Ambos, como decía anteriormente están ligados por un lazo mayor a la amistad, es genético, son tan parecidos que verdaderamente podrían ser hermanos.
La madre de Yonnatan es la que justifica el título, ya que estos seres, empiezan a mimetizarse y mientras Eyad vive cada día más como Yonnatan, Yonnatan, va muriendo como Eyad. Es la esencia de la película, es una raíz histórica.
Incluso podría decirse, que hay también una escena que marca un punto entre las tres religiones mayoritarias a nivel mundial: cristianismo, musulmanes y judíos.
No es una película de religión, ni de política, ni de filosofía pero tiene un poco de cada uno de estos ingredientes.

El director y el guionista, Sayed Kashua, se las ingenian para crear una historia de juventud, de amistad y al mismo tiempo, abrirnos la ventana a ese universo tan complejo que es Oriente Medio, todos sus conflictos, los incluidos, los desamparados, los que no tienen tierra (a pesar de que tienen una bandera, un territorio y sobre todo una población que lo reclama).
Me pareció bastante atrevido el lenguaje de una canción sobre los hombres y mujeres árabes que buscan la liberación a través del sexo, no por mojigatería sino porque no lo había visto en filmes de estas culturas. También me llamó la atención un semidesnudo femenino, cosa que tampoco es habitual.
Causa impresión ver imágenes de Saddam Hussein en su apogeo y recordar la época de la Guerra del Golfo, lapso en el que transcurre la mayor parte de la película.
Una opción muy interesante, en cuanto a lo cultural y muy digno trabajo de este director, que pinta muy bien los paisajes de la Franja de Gaza, Palestina, Israel, Irán e Irak, siempre en boca del mundo buscando la paz.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
El conflicto palestino/israelí ha sido una eterna fuente de inspiración para el realizador Eran Riklis, quien en sus películas anteriores, pudo reflejar la problemática apoyándose en imágenes potentes, tan fuertes que los diálogos se dejaban en un segundo plano.
Para esta oportunidad en «Mis Hijos» (Israel, 2014), título local de «Dancing Arabs», el realizador toca el tema desde la particular relación de dos amigos enfrentados, sólo en apariencia, por sus orígenes, y la lucha denodada de uno de ellos por superar la estigmatización y la discriminación que a diario sufre.
Basada en la biografía del protagonista Sayed Kashua (Tawfeek Barhom), un joven palestino, o mejor dicho «árabe israelí», y su relación con Yonatan (Michael Moshonov), un joven israelí con una enfermedad que avanza rápidamente, y que exigirá por parte de Sayed una atención especial a pedido de su madre, «Mis Hijos» busca concientizar sobre la problemática de la identidad a pesar de los desafíos coyunturales del lugar en que ambos han nacido.

Así, siguiendo el mandato familiar de ir a estudiar a Israel para poder así cumplir con una formación universitaria de prestigio, la película va narrando de manera acertada los cambios que Sayed comienza a atravesar desde el primer momento que pisa el campus de estudio.
En el lugar, además de relacionarse con Yonatan, siendo una especie de «tutor» o de «apoyo» en los momentos más duros del proceso, conocerá a una joven israelí con la que comenzará una relación clandestina para evitar ser condenados por la pasión que los une, ya que además es hija de un militar extremo.
Sayed deberá debatirse entre el deber ser y el continuo acecho de los controles, quienes en ningún momento lo dejan ser él realmente para así poder complementar su identificación y, de alguna manera, poder superar las diferencias que tanto le apuntan.
De hecho, el joven comenzará a mutarse en uno más de ellos, a vestirse como ellos, a consumir sus productos, su música, olvidando, en el fondo, todos los preceptos que su padre y madre, y, principalmente, su abuela, le han infundido sobre sus orígenes. Pero esto hasta cierto punto, la clave del filme para avanzar narrativamente.

El hábil guión de «Mis hijos» va dejando lugar al conflicto primigenio para profundizar en la psicología de Sayed y Yonatan, y como entre ambos se ayudarán a cada uno cumplir sus objetivos, siendo el cambio de identidad entre ambos la salida para que Sayed pueda terminar sus estudios, pero también para que Yonatan, ya postrado, pueda seguir adelante en la carrera universitaria, logrando su tan ansiado título.
La división del lugar, y el contraste entre ambos, requiere de un análisis aparte, como así también la utilización del archivo, principalmente para la etapa que narra la vida de Sayed junto a sus padres y hermanos de niño, que refuerzan algunas ideas políticas. Allí se potencia la idea de la TV como nexo con el mundo, y también como fuente de información para luego comprender la discriminación que sufrirá Sayed en Israel.
Hay vacíos y lagunas que Riklis supera con habilidad a partir de la incorporación de la historia de amor de Sayed y la joven israelí, un incipiente amor que nace casi tímidamente, pero que con el correr de los días comenzará a pesar en las decisiones de ambos terminando de consolidar este sincero relato de defensa de preceptos y respeto por la diversidad.
