«Jackie»: el largo camino del adiós

Hay veces que una película impacta no por su narración, sino por las interpretaciones de sus protagonistas. Con “Jackie” (USA, 2016), primera incursión en el cine americano de Pablo Larraín estamos ante este caso, ya que la ajustada y calculada actuación de Natalie Portman como Jacqueline Kennedy potencia una propuesta que sin ese aditamento, tal vez, hubiese caído en el cúmulo de biografías que sobre ella y su marido se produjeron en los últimos 30 años.

“Jackie” bucea en las desesperadas horas tras el asesinato de JFK. Larraín inicia el recorrido a partir de la llegada de un periodista (Billy Cudrup) a la mansión en la que se encuentra la mujer para realizarle una entrevista.

Desde el primer momento ella impone sus condiciones, fuma, llora, grita, se emociona, esconde en algunas ocasiones sus verdades, pero en otros se muestra vulnerable y a su vez calculadora, porque si bien se abre, tampoco esa apertura es tan significativa como para permitirle al entrevistador hacer su trabajo.

Larraín no es tan condescendiente con Jackie como se podría imaginar, al contrario, la muestra con sus miserias y con las dudas propias de una mujer que de un momento para otro debe cambiar su destino.

Tangencialmente se tocan algunos tópicos oscuros de la vida de ella y JFK como matrimonio, las peleas por el dinero, la insinuación de amores ocultos, pero rápidamente la historia retoma el punto de partida, el de una mujer en caída a un abismo plagado de políticos, estrellas y gente que quiere tomar una tajada de todo lo que se pone en danza.

Si en “Neruda” el director estaba mucho más preocupado por la forma de narrar, acá la mirada recae mucho más en la historia, la que, claramente, no podría haber encontrado portador más ideal que el de Portman.

La cuidada reconstrucción de época, el juego con el material de archivo (más de uno saldrá del cine con ganas de ver el programa especial de Jacqueline Kennedy mostrando la Casa Blanca), y también la multiplicidad de texturas con las que Larraín juegan, elevan este biopic.

Una serie de personajes secundarios, interpretados por actores como Greta Gerwig, Peter Sarsgaard, Richard E. Grant o John Hurt (en su última participación cinematográfica), configuran la red necesaria para que “Jackie” no quede sola ante todo aquello que le toca vivir.

Hay algunos vicios recurrentes en la obra de Larraín que se repiten también acá, como el salto de eje durante las entrevistas, el abuso del granulado y blanco y negro para algunas escenas cuasi oníricas, pero hay también mucho de crudeza y realidad en algunas escenas claves como la del tiroteo y muerte de Kennedy o la bajada del avión posterior al asesinato.

“Jackie” es una película pequeña, íntima, incómoda por momentos, porque desnuda con planos detalles el dolor de una mujer que tuvo que afrontar una pérdida y reinventarse para salir adelante, imponiéndose a todos aquellos que la querían correr rápidamente de su lugar y sin tiempo para pensar en sí misma.

Anexo de Crítica por Patricia Relats

Esta biopic se enfoca en qué sucedió con ella una vez que asesinaron a Kennedy. Jackie es un símbolo de moda, de estilo, de una renovación en la Casa Blanca en los 60s que la convirtieron en un ícono y por eso un guion que la involucre siempre resulta atractivo.

El film muestra desde la perspectiva de ella, los días que siguen a la pérdida de su marido. El foco más interesante, probablemente, es que parece tan enamorada de su rol y su influencia como de él. La falta de su marido la hace volver a una escala de vida que ya no le resulta atractiva.

Con algunos sets majestuosos y unos planos simétricos hipnotizantes y un vestuario que le ganó una nominación a los Oscars, esta viuda se pasea cual fantasma por esa casa que ya se le escapa. Como si fuera una María Antonieta despidiéndose de su corona.

La dirección de Pablo Larraín es íntima. Con planos cerrados y claustrofóbicos nos metemos en la intimidad de alguien que no quiere que espiemos. Escuchamos respuestas a preguntas que ella no hubiera permitido que se publicaran en un artículo, no que un cura podría revelar.

Esto es lo que hace que Natalie Portman parezca destacarse más de lo que (en la perspectiva de esta cronista), no es más que un sinfín de clichés y tics.

Si bien la lógica es hablar del legado, de lo que se construyó en política mundial a través de este asesinato y cómo pensarlo en el mismo nivel que Lincoln, la película es plástica, dejando al espectador en el mismo estado de sopor en el que se encuentra ella.

Preciosa cáscara, pero cáscara al fin. El problema, es que intenta tener revelaciones: si hasta viene un cura a decirte el sentido de la vida.

No sé tanto de política como para decir el tipo de film que se merecía Kennedy, pero les puedo asegurar que Jackie merecía mucho más. 

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