«Hijos nuestros»: el misterio de la pasión

Hugo es un taxista que no hace mucho más de su vida que manejar incansables horas su taxi y ver partidos de fútbol como fanático acérrimo de San Lorenzo que es. Su vida parece estar marcada por esa rutina, en la que no sucede mucho más que un poco de contacto físico con una prostituta o una visita obligada a su abuela.
Hasta que lleva a una madre y su hijo adolescente como pasajeros y, a través de una billetera olvidada, Hugo comienza a introducirse en sus vidas. Hay un pasado que nunca fue pisado en la vida de Hugo, y tiene que ver con una carrera prometedora que fugazmente desapareció tras una lesión en el pie.
Es por eso que en el muchacho ve el reflejo de lo que él podría haber sido y de repente se encuentra haciendo todo lo posible para que él tenga esa misma oportunidad y esta vez no la desaproveche. En el medio, Silvia, la madre, da destellos de una posible conexión entre ambos.

Carlos Portaluppi y Ana Katz, quienes ya habían demostrado su química en la película que ella dirigió, Una novia errante, dan vida a este taxista solitario y madre incansablemente trabajadora y algo bohemia. Pero Hugo no puede cuidar una planta ni llegar a una cita, demasiado enfundado en sus propios pensamientos y esa obsesión que tiene con el fútbol.
Dirigida a cuatro manos por Daniel Otero y Nicolás Suárez, Hijos nuestros explora una relación que nunca a llegar a ser del todo relación. Hugo no es el padre de ese chico, y Silvia no puede aceptar que la dejen plantada. Es el propio Hugo quien tiene que trabajar para superar esa frustración de su vida que lo llevó a dejarse estar, siendo lo físico sólo un detalle y más bien poniendo en juego su salud.

La historia de Hijos nuestros es pequeña, demasiado sencilla, y allí radica parte de su encanto. Porque, especialmente tras su resolución, a simple vista amarga y a la vez optimista y llena de vida, deja en evidencia una transformación hasta último momento muy sutil en la vida de este taxista. El fútbol aparece como marco e incluso desarrolla metáforas pero lo cierto es que no es necesario ser fanático o conocedor de aquel deporte para disfrutar de la película (doy fe, que de fútbol no sé nada ni tampoco me interesa).
Otro detalle interesante del film que le aporta humor y originalidad son las incursiones oníricas en la vida de un Hugo al que siempre se lo siente sobrepasado, que no duerme suficiente, y así escucha que le hablan directamente a él desde la televisión o en la iglesia le cantan lo que para él es su himno. A la larga, Hijos nuestros es una de esas valiosas películas del cine nacional que merecen ser más vistas de lo que seguramente su distribución lo permita. Así que recomendaría que no la dejen pasar.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
Muchas veces el cine nacional ha intentado acercarse al mundo del fútbol desde diversos lugares. Muchas son las historias en las que la pasión por la pelota trataron justamente, y con poca suerte, de reflejar ese estado de ensueño en el que los fanáticos caen por su equipo preferido.
En “Hijos Nuestros” (Argentina, 2015) de Daniel Otero y Nicolás Suarez, se detiene en la vida de un personaje un tanto odioso, Hugo (Carlos Portaluppi), un taxista que divide sus días y horas entre el manejo de un taxi y su pasión por San Lorenzo. Mientras recorre las calles de la ciudad arriba del vehículo, piensa qué partido verá al día siguiente, escucha programas de radio sobre fútbol e intenta ser amistoso con los pasajeros.
“Voy para Devoto”, le dice una mujer, y él con la labia y rapidez que caracteriza a los choferes le pregunta “Adentro o Afuera”. Ahí radica el mayor logro del filme, el de poder observar, contemplar y retratar, el universo particular de Hugo, un mundo sin sentido, sólo dado por el fútbol, y en el que no hay nada más que una pelota y once jugadores.

Pero como la película necesita una transformación y un conflicto para poder hacer un giro, porque si no el filme sería un registro cuasi documental del taxista con sus rutinas, un día lleva a Silvia (Ana Katz) y su hijo Julián (Valentín Greco) hasta un partido de fútbol cercano. Al dejarlos, se da cuenta que el joven dejó su billetera por lo que decide volver al club y a partir de ese momento nunca más se despegará de ellos.
“Hijos nuestros” habla sobre la espesura de la soledad, en su peor manifestación, aquella que nunca termina por configurar un contexto para que las personas puedan manejarse y realizarse. Cuando Hugo entra en el universo de Silvia, mucho más luminoso que el de él, con múltiples referencias a religiones y una iconografía cercana a lo popular mucho más fuerte que la de él (en su universo el fútbol ocupa todo) que desestructura su percepción sobre las relaciones.
Hay momentos de un logrado inverosímil que terminan por ser lo más acertado de una propuesta que toma el costumbrismo para ir más allá y dotarlo de un realismo mágico increíble.

La escena en la que el joven hijo de Silvia toma la comunicación es de una belleza y un timming increíble que también termina por desencadenar la tensión posterior ante la prueba en las inferiores de San Lorenzo de éste.
Si las relaciones humanas son complicadas, Otero y Suarez avanzan en el punto queriendo remarcar algunos aspectos decadentes, vulnerables y hasta looser de Hugo y Silvia.
La economía informal, la prostitución, el hambre de pasión, las ganas de superarse pese a todo, son sólo algunos de los tópicos de un filme que no pide permiso para llenar la pantalla de fútbol, y mucho menos, de potenciar la comedia con algunos puntos que resumen el fútbol ya no como deporte, sino como manera de vida.
