«Fuocoammare»: el deseo de una tierra nueva

Muy pocas películas pueden transmitir  con contundencia, solidez y sencillez,  un tema de urgencia que se impone en las agendas mediáticas como “Fuocoammare: Fuego en el mar” (Italia, 2016) de Gianfranco Rosi, que triunfo en el último Festival Internacional de Cine de Berlín como mejor filme.

Rosi construye un relato potente sobre los movimientos migratorios, en este caso puntual sobre el de los inmigrantes que llegan de manera ilegal a Lampedusa en Italia, pero bien podría trasladarse esta mirada hacia otras latitudes, ya que la desesperación que muestran las imágenes son plausibles de ubicar en otras regiones en donde las diferencias sociales puedan abrir la posibilidad de los mismos.

El foco puesto en un niño, al igual que en la extraordinaria “Homeland (Iraq Year Zero)” de Abbas Fahdel, posibilita un tratamiento que, por momentos, evita trabajar directamente sobre la crudeza del diario accionar de las autoridades policiales de la zona para asistir a los cientos de miles de personas que diariamente, hacinados, llegan a la costa en busca de un futuro mejor.

En las rutinas del niño, hijo de un pescador, en el constante estímulo para el pueblo de un locutor, y en las tareas diarias de una anciana mujer “Fuocoammare…” va organizando su relato, una narración directa que coloca ante el lente una realidad que invita a la reflexión y la denuncia.

En la canción “Fuego en el mar” solicitada por una mujer para su sobrino, hay un paralelo hacia la búsqueda de un lugar que necesita que se siga fortaleciendo a pesar de los embates que desde el afuera el pueblo recibe.

Alejados de la globalización, los niños juegan con gomeras y recuperan su instinto en espacios abiertos inmensos llenos de vegetación. Allí luchan, se rien, hacen sus tareas, mientras que avanza la marea y con ella los cuerpos con los que convivirán en el corto plazo.

Entre el ir y venir el documental va consolidando su apuesta y propuesta, una dolorosa construcción sobre la otredad, la que, exiliándose de lugares tan disímiles como Nigeria o Siria, y que aún sin saber cuál será el destino al que llegarán, deciden pagar grandes sumas de dinero para poder escapar.

El mar, fuente para los lampedusanos de trabajo, pero en este caso para los migrantes, el gigante que los fagocitará y los devolverá en otra instancia personal, es el espacio ideal para que Rosi observe y detalle todo lo que allí acontece.

Si el niño se sube a un bote, es para que su padre lo inste a continuar con una profesión que heredará sin siquiera mediar la posibilidad de pensar otro futuro para él, y si los refugiados reciben a los especialistas que los asistirán y los llevarán a tierra firme, es porque saben que al menos un lugar mejor podrán encontrar para desarrollarse.

Entre esos dos polos, en tensión, es en donde “Fuocoammare: Fuego en el mar” urde su tejido de sentido, uno que exige una pronta resolución, tan urgente como cada uno de esos cuerpos que inertes se apilan en la bodega del bote en el que se apresuraron a alejarse de su patria, en la que el hacinamiento y la desesperación terminó por darles un nuevo hogar, pero alejados de los otros.

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