«Ex-Machina»: el dilema de la creación

Alex Garland debuta con «ExMachina» (UK, 2015) en la realización cinematográfica, una distopía lúgubre en la que un joven científico (Domhnall Gleeson) decide embarcarse en una aventura en la que el encierro lo enfrentará a su propia humanidad cuando se enamore perdidamente de una cyborg (Alicia Vikander) a la que intentará liberar de la trampa en la que se encuentra.
Nathan (Oscar Isaac) será el que controle el destino de Caleb (Gleeson) y la cyborg en un juego de dominación extremo a través de un panóptico que potencia el control y en el que ningún detalle quedará librado al azar.
Como hace un tiempo en «Her» Spike Jonze nos habló de un futuro turbio y sombrío en el que nadie podía siquiera dudar sobre a quién amar y de qué manera, pero que, inevitablemente, las emociones preponderantes torcieron cualquier orden establecido, y así, su protagonista (Joaquín Phoenix) se terminaba enamorando del más avanzado sistema operativo (Scarlett Johanson), aquí, Garland se nutre de un sinfín de historias con las que la ciencia ficción fílmica y la literatura, han intentado denunciar un deterioro notable de las relaciones sociales, pero también de los hombres frente a la máquina y derivados.

Dividida en episodios que retoman la acción de cada uno de los siete días de Caleb dentro del hangar en el que vivirá la prueba, el director va narrando lentamente cómo el vínculo entre la cyborg y éste se fortalece.
También va contando, a través de la mediatización de imágenes, o una puesta en escena presuntuosa y delicada, cómo los vínculos entre los dos hombres del lugar comenzarán a tensionarse cuando Caleb descubra las verdaderas intenciones de Nathan para con él y su entorno.
Megalómano, extremista, border, el personaje de Isaac irá contrastando con la actitud ingenua y pasiva con la que Caleb, en un primer momento, abordará su nueva situación ante la vida al descubrir y descubrirse como parte de un ambiente, el que, a pesar de tratar de ser lo más amigable para él, terminará convirtiéndose en un campo de batalla extrema.
Con acceso restringido a determinados lugares del espacio vital compartido, el encierro comenzará a pesar en el científico, y mucho más cuando la potencia con la que el amor se le presente en forma de máquina, le hará desestabilizar su vínculo con Nathan.

En una sangrienta épica de búsqueda de sentido, como también de posibilidad de lograr él un cambio en los demás, decidirá embarcarse en la arriesgada tarea de engañar al espacio y al inventor del lugar para poder darle a la máquina una chance de relacionarse con el exterior.
En el escenario planteado para la acción, Garland bucea sobre los extremos controles que a diario penden sobre las cabezas de los seres, los que, sin saberlo, asumen seguridad dentro de espacios en los que generalmente se los adoctrina y disciplina.
La manipulación de sentimientos, y la puesta al límite de los sentidos desde la iluminación y la determinación de las líneas mobiliarias, provocan al espectador una reflexión sobre la necesidad de poder aprovechar al máximo aquellos lugares en los que nadie puede ejercer control y dominio.
Porque «Ex Machina» es eso, la búsqueda desesperada de un espacio de creación a pesar de la determinación ontológica y estudiada de los pasos del hombre en sus ambientes, y también la necesidad de completarse con el otro, sea éste una máquina, un sistema operativo, o a la vieja usanza, una persona del sexo opuesto y sus variaciones. Contundente relato de una belleza profunda y nostálgica.
