«Enchanted» (Encantada): de por qué las princesas no se ven en el mundo real

La primera película que vi en cine fue “La Sirenita”. Me acuerdo que mamá nos llevó al cine a mis hermanas y a mí y a partir de ese momento fue amor a primera vista. La sala de cine siempre me pareció el lugar perfecto para soñar y Disney fue el gran culpable de direccionar mis sueños hacia lugares poco variables: el amor verdadero, mucha música, amigos fieles y todos nos casamos al atardecer. Encontrarme años más tarde frente a lo que le pasa a esta princesa que es arrancada de la fantasía para llegar al mundo real, fue una flecha directa al corazón.
La película empieza como la típica historia de Disney: una dulce chica que vive sola en el bosque y sueña encontrar a su media naranja, el príncipe heredero que está dispuesto a dejarse enamorar sin demasiados tapujos y la madrastra del chico que no está muy convencida de querer dejar escapar la corona. Cuando ellos se conocen y deciden casarse, la astuta (y bruja) madrastra la envía al lugar donde no existen los “felices para siempre”. Y así aterriza en Manhattan.

A partir de eso, Giselle imprime su visión al mundo real y, si bien no siempre sale del todo airosa, demuestra un poco su ingenuidad por un lado, y lo contagioso de su postura optimista. Su mejor amiga pasa a ser una nena de seis años y, junto a ella, irán cambiando la vida a su alrededor. Cuando los dos mundos chocan, sólo el más fuerte saldrá airoso.
Con interpretaciones memorables, Amy Adams encabeza este cast como la adorable Giselle, logrando imprimir su dulzura, su nulo sarcasmo y la sonrisa presente todo el tiempo y su príncipe James Madsen que es, probablemente, el mejor trabajo de su carrera como este príncipe que una vez que abandona la animación dista de su gallarda vida. Patrick Dempsey hace de Robert, el padre de una niña que no está seguro de querer hacerse cargo de Giselle, pero por otro lado no le da el alma para dejarla sola en esa ciudad.

La película sabe explotar la parodia sin que la película pierda alma: amamos a esta princesa y reconocemos en ella miles de otras (vive en un bosque sola como Aurora, se refleja en las burbujas al limpiar como Cenicienta, cuando baila el vals se la enfoca desde la araña como a Bella) y no por tratar irónicamente el asunto, son personajes amorfos. Los gags están muy bien pensados en este paso del mundo de fantasía al real que van desde el descubrimiento del televisor hasta que uno está hace cinco minutos en la ciudad y ya es taxista.
No hay manera de no creer en la magia aún desde las profundidades de cualquier ciudad después de verla. Sin duda, merecía estar en este espacio como N-Clásico.
