«El grillo»: intimidad, a la cordobesa

Matías Herrera Córdoba dirige su primer largometraje de ficción y se centra en una historia pequeña que recae sobre tres personajes. Prácticamente una sola locación es suficiente para plasmar esta pequeña historia, muy teatral, pero donde el teatro no sólo inspira al film sino que vive dentro de él.
Dos mujeres y un hombre que ocasionalmente entra a la casa.
Una actriz del under que ama y reniega de su trabajo. Una mujer viuda que de repente no encuentra a su gata, y se va a pasar la película buscándola y preguntándose por ella. Y un jardinero y ocasional amante. Entre los tres se dibuja algo más que un triángulo, se generan momentos de intimidad agobiante y a veces fluyen entre ellos profundas (y muy poéticas) conversaciones sobre la vida, el teatro, el cine, la muerte.

Se respira teatro toda la película. Los actores hablan como si estuvieran actuando sobre un escenario. Pero más allá de este detalle, no nos aleja como espectadores, no provoca distancia. Quizás esto radique en la forma que se tiene de contar esta película, una historia pequeña pero cargada de emociones y reflexiones, a veces subrayadas por sus personajes y otras, como ese final en el que se abre una puerta y se encuentra lo que estaba perdido, más abiertas a la interpretación del espectador, otro tipo de observador.
Actuada de manera sublime especialmente por las dos mujeres, María Pessacq y Galia Kohan, El grillo transmite diferentes sensaciones a lo largo del film, pero en general está cargado de nostalgia y melancolía. Más allá de sus bellas imágenes y un texto poético y que carga el peso de la película, por momentos se la percibe muy solemne.

La casa como algo más que un hogar, que debería brindar calidez, acá empiezan a sentir que los encierra a los personajes, sobre todo cuando una tormenta parece avecinarse. El grillo es una pequeña película, en este caso filmada con cámara en mano pero de manera muy prolija y con una puesta en escena muy cuidada. Los diálogos cuidados hasta el extremo y las actuaciones de estas dos mujeres son el plato fuerte de una película que homenajea a su manera al cine de Ingmar Bergman.
Anexo Crítica Fernando Sandro
Tan sólo tres personajes le alcanzan a Matías Herrera Córdoba para crear un universo propio en el que enmarca su debut en el largometraje ficcional El Grillo.
Es innegable su teatralidad, es más, quizás respiraría mejor si fuese llevada al teatro creando la conexión directa con el público; pero a su vez, Herrera Córdoba maneja un cuidado de la imagen que la hacen profundamente cinematográfica.
Prácticamente un sola locación, una casa. No como en la reciente y fallida Agosto, en el que el hogar se llenaba de personajes y conflictos, gritos y ruidos, como un hervidero a punto de estallar. Son dos mujeres, y un hombre que entra y sale, intermitentemente. Que mantienen diálogos, cuyo peso varía pero en el general no aportan grandes conflictos, son temas banales aunque abarcadores; y así pasan sus tiempos. Sin embargo, en la contemplación del todo queda la idea de que hay algo más para decir, que no se dice con las palabras, sino con gestos, con la puesta en escena, con los detalles de la imagen, y ahí es donde su director, proveniente del mundo del documental introspectivo, saca su mejor provecho.

Una actriz que llega a esa casa, se instala, y habla de su profesión, le apasiona pertenecer al mundo del teatro under, hacer las cosas desde abajo, pero también se queja de sus dificultades, de la pelusa de la profesión. La dueña de casa, una mujer que parece estancada, que busca a su gato que se le perdió durante toda la película; n o parece tener mucho para aportar, y aun así algo quiere decir. Y el jardinero de la casa, ocasional amante de la dueña de casa, que también mantiene algo así como encuentros con la actriz, personaje que funciona como una suerte de botón de fuga.
Entre los tres se tejen momentos más que relaciones, se crean ocasiones y charlas de palabras grandes y contenidos vacíos.
Herrera Córdoba hace uso de la permanente cámara en mano, precisamente, como si fuese un ojo observador del momento, como si fuese el ´público que desde la butaca observa una obra teatral sobre estos seres alejados de lo exterior.

El Grillo es una obra pequeña, minimalista; que despierta la sensación de opresión, de encierro, que se vuelve sofocante. Como suele suceder con este tipo de films, fluctúan, se arman de retazos de escenas, y algunas funcionaran mejor que otras, y el todo puede resultar algo agobiante.
Con todo, sus pro y sus contras, hay un público deseoso de entrar en la intimidad de un microcosmos, y para ellos puede estar el deleite de este film; un espectáculo preciosista que lleva a prestarle atención a los detalles.
