“El apostáta”: la insoportable levedad del que abandona su religión

Festivalera a más no poder, llega la última película del director uruguayo Francisco Veiroj, “El apóstata” a salas porteñas. De este cineasta (destacado a partir de “La vida útil”), siempre esperamos protagonistas queribles, situaciones oníricas y melancólicas y eso es lo que aquí nuevamente sucede.

“El apóstata” instala un personaje y un conflicto central interesante (el abandono de la religión), pero su abordaje puede verse y sentirse confuso de a ratos, cuando se percibe a Alvaro Ogalla (el hombre en cuestión), perdido y sin respuestas emotivas frente a las situaciones que vive.

Pero vayamos por partes.

La historia es la de Gonzalo, (en la piel de Ogalla, ¿dijimos que también es co-guionista de la obra?)

un hombre de alrededor de 30, sin demasiadas aspiraciones en la vida, eterno estudiante, seductor (aún no sabemos porqué le va bien en este aspecto) y curioso. Cierto día decide que ya ha tenido suficiente de la religión católica y quiere renunciar con todas las letras. Salir por la puerta grande.

Es decir, presentarse y anular su bautismo… Se imaginarán la respuesta corporativa de la iglesia…

Pero ese no es todo el conflicto.

Lo que tenemos en “El apóstata” es un devenir de un particular sujeto, en crisis. O no. Quizas así sea su existencia (lábil, extraña, poco sensorial). Sí podemos decir que Veiroj quiere usarlo como vehículo de las sanas contradicciones que todos tenemos (¿por qué es tan difícil crecer en esta sociedad moderna?) y en ese sentido, algo de su construcción funciona. Hace ruido cuando establece el conflicto con la iglesia (ahí había mucho poder de fuego disponible) pero no tracciona cuando Ogalla transita con letanía por su propia existencia, desde lo emocional (su relación con los demás) y lo amoroso (sus dos propuestas de romance y sexo).

Tenemos algunas escenas muy bien logradas donde Veiroj se luce con su representación onírica y sutil y otras, donde esperamos que algo suceda… y no sucede.

Quizás pequemos de esperar siempre que las cosas tengan un efecto, y esto aquí no siempre sucede. Tal vez por eso, “El apóstata” me pareció una película jugada e incompleta. Riesgosa, pero a la vez, despareja. Como evento, creo que hay que verla, aunque no salgas del cine totalmente satisfecho. Como la vida misma, esta es un construcción dinámica y abandonar, con todas las letras, no es nunca un proceso fácil del que salimos indemnes.

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