«Devil’s Due» (El Heredero del diablo): Con el mal en sus entrañas

El found footage se ha convertido en todo un subgénero propio del terror, ya no es una novedad utilizar este tipo de mirada subjetiva. Es cierto que a la vez es más accesible que otro tipo de relato, por lo barato en comparación con uno más formal.
Devil’s due parte de esta idea y no es la única poco novedosa. Los directores son Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett quienes ya han tenido la oportunidad de volcar sus miradas en el cine de terror con la película V/H/S.
Con un elenco desconocido, el relato parte justo antes del casamiento de una muy enamorada pareja, para hacernos testigos de su casamiento y luego de su luna de miel. Pero en un momento, en República Dominicana, tras dejarse llevar por un extraño a una fiesta, la cámara se apaga, aunque registra unas pocas imágenes sobre algo que no está bien.

Partiendo de un proverbio que anticipa la llegada de muchos anticristos, el film es una especie de Rosemary’s baby más aburrido y sin esos climas oníricos y terroríficos. En este caso hay algunos buenos sustos, aunque resaltan las labores de los protagonistas, en especial la de Allison Miller, que es la que va sufriendo toda la transformación: de una joven enamorada llena de ilusiones sobre la vida hasta una persona que lucha dentro de su propio cuerpo con una fuerza superior.
También es un poco caprichosa la manera que tienen de hacer protagonistas a estas cámaras. Al principio se lo entiende, el hombre desea hacer tal como hizo su padre, registrar momentos de su vida para revisionarla dentro de muchos años. Pero luego no es esa cámara la única que va a aparecer, sino que él decide poner más en su casa para vigilarla, a lo reality show, y hasta puede aparecer una cámara de seguridad de un supermercado captando a su protagonista.

En este sentido, el relato tiene poca coherencia, no se entiende quién es esta persona que mira estas cintas, que, si bien en casi su totalidad se encuentran en un orden cronológico, al principio hay un pequeño adelanto de lo que va a pasar al final, el final como resolución de la película, porque si hablamos del epílogo nos seguiremos haciendo preguntas sobre este observador.
Más allá de su divertida forma de publicitar la película, con un muñeco simulando ser un bebé diabólico en una cámara oculta en la calle asustando a diferentes transeúntes, el film carece de buenas ideas haciendo sentir a este género agotado y trillado.
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Anexo Crítica Rolando Gallego
Un atrapante mix entre “El bebé de Rosemary” y la saga de “Actividad Paranormal” es “El heredero del diablo”(USA, 2014) de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett (las mismas mentes detrás de VHS). Si bien la remanida historia del hijo que está por venir y que conlleva una “maldición” ya ha sido contada más de mil veces, en esta oportunidad la búsqueda de una narratividad a partir de la utilización de la cámara en mano, la mediatización de las imágenes de captura directa, como así también la exposición (o construcción para que así sea) de escenas capturadas de manera espontánea, potencian el dramatismo del filme.
Una pareja, los McCall (Allison Miller y Zach Gilford) recién casada, parte a un destino exótico (en este caso República Dominicana, con un trabajo sobre el extrañamiento del lugar digno de documental) y sin saberlo son introducidos en una red de adoración a satán que a través de las mujeres escogidas (Samantha-Miller- será una de ellas) querrán armar e imponer un nuevo orden.

Las sospechas de los McCall comenzarán cuando notarán extraños comportamientos en Samantha y en particular en el momento que el entorno la agrede sin querer, de dulce y tranquila mujer embarazada se transforma en una furia endemoniada que lo único que quiere hacer es proteger a la criatura que se gesta dentro suyo.
>En “El heredero…” no es tanto lo que se cuenta sino cómo se lo hace. La incorporación de las nuevas tecnologías y la utilización del registro pseudodirecto de la realidad hacen que la narración fluya en un eterno directo casi televisivo.
Si no estuviéramos en el cine bien podríamos asistir a un reality de esos que siguen durante horas a celebridades e ignotos en su cotidianeidad. La elección de los encuadres, la ubicación de la cámara, como así también la utilización de las “infrarrojas” (para escenas nocturnas) dinamizan la estructura de la película y la acercan a este tipo de envios.
La eterna lucha del bien y el mal, como así también la construcción del derrotero sobre cómo una pareja comienza a ser integrada dentro de una red de mentiras y conspiraciones y separados, son los temas vectores de la acción.
Ya no importa el qué, sino el cómo, y si bien varios filmes utilizaron esta estrategia discursiva para generar intriga, suspenso y terror, las más recientes fueron malogradas y fallidas. Allí donde justamente esas erraron, “El heredero…” se erige victoriosa. No se va a encontrar la película definitiva sobre esta temática, pero si una nueva aproximación, con una pasión y una intensidad por el género que atrapa, y que además posee la virtud de descubrir que en aquellos momentos que quizás comienza a generar cierto cansancio por el recurso utilizado y la tensión baja, cambia la mediatización de las imágenes hacia otro recurso (ejemplo, de cámara en mano a la utilización del espacio generado por las cámaras de control y seguridad).

Algunas obviedades hacen que no sea perfecta, algo que Bettinelli-Olpin y Gillett sabían a la hora de dirigirla, porque su objetivo no era hacer una obra maestra de género, sino tan solo una nueva aproximación y explotación a la historia de una mujer que espera un hijo, con todos los miedos y ansiedades que eso implica y entretener.
