«Cuando yo te vuelva a ver»: amor de juventud…

La cartelera cinematográfica suele colmarse de títulos románticos, edulcorados, con parejas jóvenes que descubren el amor real por primera vez y no pueden frenar la ardiente pasión que sienten. También aparecen de vez en cuando, películas destinadas al público mayor, en las cuales el amor llega tardíamente (o nuevamente) en parejas de muy entrada edad, y casi siempre se tiñe todo de un aire dramático o tragicómico, haciendo referencia a la vivencia de un amor más propio de los jóvenes dentro de cuerpos que ya no responden de la misma manera (sin olvidarse del casi obligatorio final… amargo, digamos).

Desde este punto de vista, una propuesta como la de Cuando yo te vuelva a ver puede traer algún aire interesante; estamos frente a dos personas, de edad adulta pero no ancianos, que reencuentran su amor, pero de una manera realista, y esta última palabra es fundamental, realista.

Paco (Manuel Callau) está de regreso en nuestro país luego de una larga estadía en España de 30 años con visitas muy esporádicas. El propósito, además de visitar a sus viejos amigos, es salir como padrino de bodas de uno de los antiguos muchachos de la barra, y se hospeda en casa de Félix (Alejandro Awada), otro de los amigos. Por su parte, Margarita (Ana María Picchio) es una abuela viuda, que maneja una empresa de catering con Ethel (Miriam Lanzóni), una amiga de su hija nuevamente embarazada Valeria (Malena Solda) y se la rebusca vendiendo unos tejidos artesanales.


En dicha boda, por supuesto, el catering será de Margarita y Ethel, esta última comienza una suerte de noviazgo con Félix, es así como Paco y Margarita, después de 30 años se van a reencontrar; el resto, aunque obvio y esperable, será mejor que lo descubran ustedes mismos.

Como podrán imaginarse por su premisa de base, Cuando yo te vuelva a ver apunta a una suerte de rama costumbrista del cine argentino, aquel que se caracteriza porque sus espectadores se vean reflejados en la pantalla. La historia no es un cúmulo de originalidad y hasta puede parecer previsible, pero las guionistas Gisela Benenzon & Marcela Sluka apuntan a una simpleza de contenido, a un público que busca pasar un momento agradable y poder ver en la pantalla a gente como uno; el mismo camino toma su director.

Con cuatro películas en su haber, Rodolfo Durán (Cerca de la frontera, Terapias alternativas) se caracteriza por contar relatos envueltos de simplicidad de recursos, quizás un método que “atrasa” algunos años dirán, pero no siempre lo pasado es malo. Cuando yo te vuelva a ver no va a sorprender desde lo técnico (es más, datos como su banda sonora o alguna ambientación antigua le juegan en contra), como así tampoco desde lo narrativo (en donde algún atento puede encontrar hilachas), pero al finalizar se termina con una sonrisa complaciente.


Al contrario de lo que podríamos esperar de su errado afiche, no estamos frente a un drama puro, nos ubicamos en el terreno de la comedia dramática, y ese es el mayor acierto de la película, eludir todos los golpes bajos, los melodramas, mostrar a sus personajes con sentimientos humanos, reales, ante situaciones realistas.

Como es de esperarse las labores actores son más que cumplidoras, aunque hay que decirlo, Picchio copa la pantalla cada vez que aparece. Margarita es un ser triste, opaco (vive sin la luz del sol, casi a oscuras), y la actriz la convierte en entrañable, adorable. Por su parte, Callau cumple un rol de galán maduro y tierno, los cruces entre ellos (cuando al fin se den) serán lo mejor del film.

Cuando yo te vuelva a ver no es un film perfecto, tiene problemas aquí y allá para la mirada aguda, pero la ternura, simpleza y realismo que despierta hace que se le perdone casi todo. La sensación al abandonar la sala es casi la misma a la de haber visto una película redonda.

 

Anexo de crítica por Rolando Gallego

“Cuando yo te vuelva a ver” (Argentina, 2012) de Rodolfo Durán, protagonizada por Ana María Picchio, Manuel Callau y Malena Solda cuenta la historia de un amor, el de Margarita (Picchio) y Paco (Callau), quienes luego de 30 años se reencuentran.

Pero en este volver a ver también aparecen, cuando no, los reproches y entre ambos se genera una vez más una enorme distancia. Margarita y Paco tuvieron en los años setenta del siglo pasado un breve romance, que se vió finalizado por un viaje a España en años conflictivos para nuestra tierra.

Margarita se quedó sola y luego tuvo una hija. Salió adelante armándose una coraza y evitando mostrar debilidades y sentimientos. En la actualidad la conocemos viuda y durante el día cuidando a su nieta en el oscuro y triste (como ella) caserón que posee.


“Dulce Soy” es el emprendimiento de catering para eventos que tiene con su amiga Ethel (Lanzoni), emprendimiento que fortuitamente la lleva a reencontrarse con Paco (quien vuelve al país para ser el padrino de bodas de un amigo). El reencuentro es la bisagra para contar otra historia, primero asistiremos a la vida de dos personas independientes que siempre se quedaron con el “cómo hubiese sido” y continuaron su camino, tristes, mirando hacia adelante y luego a la de una pasión, 30 años después, con arrugas y anteojos a la que hay que ubicar en algún lugar, y decidir como continuarla, o interrumpirla, una vez más.

Con planos simples y cerrados, saltos de eje y poca iluminación la película elige un registro simple para dejar hacer a los actores. Se apoya en el oficio y el carisma de Ana María Picchio, pero se notan algunas deficiencias en el guión, alguna reconstrucción no tan lograda y decidimos, quedarnos sólo con la composición de cada personaje, lo más redondo de un film con altibajos.

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