«Marty Supreme» (Marty Supremo): Un buscavidas

Tras separarse artísticamente y tomar cada uno su propio rumbo, los hermanos Safdie (directores de Uncut Gems y Good time) se dedicaron cada uno a dirigir su primera película en solitario. Benny hizo La máquina junto a The Rock y el resultado fue bastante decepcionante más allá de las interpretaciones. Y entonces apareció la película de Josh: Marty Supreme. Protagonizada por el cada vez más ascendente Timothée Chalamet; con solo 30 años ha llegado lejos pero todo indica que aún le queda un buen sendero por recorrer.

It’s my own design
It’s my own remorse
Help me to decide
Help me make the most of
Freedom and of pleasure
Nothing ever lasts forever
Everybody wants to rule the world

Marty Supreme podría ser la historia de un tipo cualquiera. Pero Marty, aunque su vida a simple vista sea bastante ordinaria, no es cualquier joven. Sus ambiciones y perseverancias son enormes. Sabe que su vida no puede ser solamente eso, que aspira a la grandeza. En la entrega de los premios SAGs del año pasado, donde Chalamet ganó como actor por su trabajo en Un completo desconocido, en su discurso declaró: «Sé que a la gente no le suele gustar hablar de esto, pero yo quiero ser uno de los grandes. Me inspiran los grandes». Probablemente ya estaba metido de lleno en el personaje y lo cierto es que personaje y actor se mueven con la confianza propia de quien sabe a lo que está destinado.

¿A qué está destinado Marty? Por ahora trabaja en una tienda de zapatos, tiene un amorío con su amiga de la infancia ya casada y deposita en el tenis de mesa su ambición y entusiasmo. Desde el primer momento, Josh lo presenta como lo que nunca dejaremos de verlo: es seductor, egocéntrico, egoísta, manipulador… y con esa impulsividad propia de los jóvenes que no pueden evitar siempre tirarse a la pileta, sin pensar en las consecuencias. Su característica de tramposo la traslada más allá del juego y en algún momento será él quien reciba un poco de su propia medicina.

Su meta es simple y al mismo tiempo ambiciosa: que su habilidad lo lleve a viajar con los gastos cubiertos y ser reconocido como un ganador. Quiere un reconocimiento que además le sea redituable. Pero cuando un deportista japonés lo derrota, su objetivo se convertirá en revancha.

Con un ritmo similar a Uncut Gems, Marty Supreme se mueve a la par de su protagonista acelerado, siempre corriendo, ya sea por llegar a aquello que desea como por escaparse de aquello en lo que se metió. La Nueva York de comienzos de los 50s es el marco ideal donde a su alrededor va desfilando toda una gama de personajes.

Odessa A’zion y Gwyneth Paltrow, la morocha y la rubia, la avasallante y con conocimiento de calle y la refinada y acomodada mujer de experiencia. Ambas actrices dan vida a estas mujeres que seducen y son seducidas por Marty. Una es la mencionada amiga de la infancia, a la que Marty deja embarazada y de la cual no le será tan sencillo separarse. La otra es una mujer adinerada que supo conocer la fama y de la que Marty se aprovecha mientras ella también un poco se permite ser aprovechada. Una es una joven actriz que, más allá de su condición de las ahora llamadas nepo-babies, viene pisando fuerte (se la puede ver en la serie reciente «I love LA»). Y con Paltrow se marca una especie de regreso, agradeciendo que aceptara proyectos por fuera de Marvel, que nunca la supo aprovechar ni siquiera.

Y si de mujeres y actrices hablamos, también hay que destacar la participación de Fran Drescher como esa madre algo dejada de lado.

La película está inspirada en la figura del tenista de mesa Marty Reisman. No obstante no se trata de una biopic ni lo retrata con fidelidad. Es como una excusa para reimaginarse un personaje pero también una época. Escrita junto a Ronald Bronstein, se aleja de la estructura de una biopic y cuenta con un protagonista moralmente reprochable, con el cual es difícil sentirse identificado, y a quien al mismo tiempo queremos seguir acompañando en esa lucha incansable. Lo que hace Chalamet resulta muy efectivo, con un personaje encerrado en su obsesión.

La banda sonora anacrónica de Daniel Lopatin acompaña sin invadir esa euforia con la que se narra y le imprime un estilo propio. A la banda sonora se le suman clásicos como Forever Young, Can’t Take My Eyes Off You y Everybody Wants to Rule the World.

Marty Supreme deja en evidencia que quien estaba detrás del pulso narrativo y vibrante de las películas de los Safdie era Josh. No es que sea una competencia, o quizás sí, pero es muy superior a la olvidable La máquina. Una película enorme, y no solo por su duración de dos horas y media, que aunque por momentos parezca querer estancarse en realidad nunca pierde su ritmo y energía. No propone ningún tipo de redención moral, solo expone la historia de un hombre incansablemente persistente.

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