«Lolo» (El hijo de mi novia): Edipo parisino

Algunos conocerán a Julie Delpy en su rol de actriz por la Celine de la trilogía de Richard Linklater, otros habrán ampliado su espectro para descubrir a una directora que regresa a su Francia natal para filmar delicadas películas que realzan con humor ciertas características de la sociedad de ese país. En Lolo, su quinto largometraje, probablemente el más accesible, vuelve a hacer uso de ese estilo entre ácido y analítico que la caracteriza y acerca al célebre Woody Allen.
En triple rol de directora, guionista (junto a Eugénie Grandval) y protagonista, Delpy es Violette una parisina de buen pasar de vacaciones en la costa francesa. Aburguesada, aburrida, en plan descanso exótico (eso que suelen hacer la gente de cierta posición económica cuando abandona las ciudades), conoce a Jean-René (el humorista Danny Boon), un hombre de pueblo, nerd de la computación y alejado del ámbito “fashionista” de Violette.
Los opuestos se atraen lo que comienza siendo algo ocasional termina enseriándose quizás demasiado rápido, ya que Jean-René se muda a París sin medir demasiado las consecuencias.

Allí el hombre chocará con un ambiente que no es el suyo, con una ciudad que lo rechaza –o el rechaza a la ciudad –; y para peor con la sorpresa que Violette le tiene guardado, su hijo Lolo (Vincent Lacoste), de 19 años no quiere saber nada con que su madre forme pareja y está dispuesto a todo para arruinar la relación cual pretendiente celoso.
Este marco es el ideal para que Delpy despliegue una catarata de (in)directas sobre el mundo pretendidamente intelectual, frío, y plástico de París, en contraposición del personaje de Boon (un cúmulo de otros personajes que ya le vimos hacer, no por desmerecido en su labor). Con algunos enredos similares a los de Ladrones de Medio Pelo de Allen, los choques que se producen son por lejos, lo mejor de la película.
El personaje de Lolo engloba gran parte de lo que esa sociedad es; posesivo, sectario, caprichoso, elitista, ciertamente inmaduro e irracional. Lolo se comporta más de una vez hacia su madre, y en definitiva hacia los demás, como el nene que ya no es y no quiere reconocer que dejó de ser. Teme a lo diferente, hacia el que viene de afuera a alterar el orden.

El personaje de Violette también representa a aquel condescendiente, permisivo, que acepta las reglas aunque dice hacerlo contra voluntad. Lentamente la película abordará mayor espacio para la relación de Lolo con su madre, quedando el personaje de Jean-René, y por consiguiente Dany Boon, relegado a un virtual segundo plano. La sátira es dejada de lado y Delpy se inclina por un drama que intenta ser profundo desde el análisis de la psiquis de esta relación retroalimentada.
Como si la actriz/directora quisiera abordar los dos aspectos de la carrera de Woody en una sola película, el de la comedia liviana y el del drama analítico. Ninguno de los dos polos es incorrecto, Delpy se mueve bien en ambos, pero desentona el ensamble. En el medio hay necesariamente cosas que quedan en el camino. Simpática, sofisticada, liviana y profunda a la vez; Lolo: El hijo de mi novia cierra mejor su primer tramo cuando tiene claro hacia dónde apunta.
Cuando puede ser mordaz sin necesidad de tomarse demasiado en serio. Cuando pega el volantazo, en cierta medida vuelve a encaminarse, pero en el giro evidentemente tumbó algunos elementos.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
La nueva incursión de Julie Delpy como directora es un festival para aquellos que gustan del cine que permite un entretenimiento sin caer en lugares comunes y minimizar al espectador o menospreciarlo. Ella, quizás por estar parada a ambos lados de la realización, sabe (lo ha hecho hasta ahora) cómo generar discursos narrativos eficientes evitando cliches y tomando de los géneros con los que trabaja lo mejor de cada uno.
Así, en “Lolo, el hijo de mi novia” (Francia, 2015) Delpy se pone en la piel de una cuarentona que en un viaje junto a unas amigas conoce a Jean-René (Dany Boon), alguien con quien pensó que no iba a tener piel pero con quien termina continuando el romance en París, en donde ella vive y a donde él se muda.

Ambos tienen hijos y saben que lograr el ensamble será difícil, por lo que en una primera etapa de la relación dejan librado a la suerte eso de conocer a sus familias y el convivir. Pero cuando Lolo (Vincent Lacoste) conozca al futuro candidato de su madre, la guerra comenzará entre ambos, por lo que silenciosamente implementará acciones para que ambos se separen.
“Lolo, el hijo de mi novia” avanza a paso de confusión, de gag, de la irrefrenable fuerza de Lolo por evitar que su madre pueda lograr una relación seria con Jean-René. Entre ambos existirá un vínculo de amor/odio en el que sólo la posibilidad de la renuncia de uno al amor de Violette (Delpy) será esencial para sostener el ritmo de la película.
El timming que la directora le imprime, como el logrado juego interpretativo entre el hijo de la novia y el novio, son tan sólo dos de los puntos que tiene a favor “Lolo, el hijo de mi novia”, película que además profundiza por contraste con la nostalgia de algo que no se tiene y que se debe encontrar una vez más para poder seguir apostando a la vida y al amor.

Mientras Lolo quiere destruir todo, no se percata, que además de separar a su madre de su conquista, lo que realmente está haciendo es poner en evidencia su imposibilidad de superar algunas cuestiones psicológicas que lo atan a esa enfermiza relación.
Si hay algo que se le puede cuestionar a Delpy es que la recurrencia y la alevosía con la que Lolo castiga a Jean-René, pueden cansar al espectador, pero si tomamos que ese punto de partida es, justamente, el quid de la cuestión del filme, también debemos aceptar las reglas de juego que propone.
La música juega un papel esencial, como también la ciudad, un París que Delpy conoce tan bien, y al que le sigue regalando hermosas imágenes para que aquellos que no vivimos queramos ir siempre, sea con ella, o con alguna compañía, a pesar de los intentos de su hijo por separarnos
